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AUDIENCIA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO
II A LAS DELEGACIONES DE ARGENTINA Y CHILE
Viernes
23 de abril de 1982
Excelentísimos Señores Subsecretario y Embajadores, y demás miembros de las
distinguidas Delegaciones acreditadas para el desarrollo de los trabajos de la
Mediación,
Las preocupaciones de cada día y en especial de las últimas semanas
por el grave conflicto entre una de vuestras Naciones y otra grande y no menos
querida, no me han hecho olvidar el compromiso asumido, hace ya más de tres años,
de ayudar vuestros Países a encontrar la solución al diferendo en la zona
austral.
A propósito de dicho conflicto, que ha tenido y sigue teniendo los
ánimos en suspenso ante el temor de un lamentable enfrentamiento bélico, me he
expresado repetidamente y en público durante los últimos veinte días,
manifestando el deseo vivo —que ahora renuevo— de que se encuentre, gracias a
la buena voluntad de ambas Partes, una solución satisfactoria basada en la
justicia y en el derecho internacional, que excluya el recurso a la fuerza.
En
este momento no quiero alargarme sobre este tema, aunque sigo en ansia y no ceso
de suplicar al Señor: “Dona nobis pacem”, danos, y consérvanos la paz.
Me
refiero ya, sin más, al objeto específico de nuestra reunión de hoy.
Señoras y
señores,
Bien sabéis que desde los primeros días de mi Pontificado tuve una
preocupación muy viva y un empeño constante no solamente por evitar que el
diferendo entre vuestros dos Países llegase a degenerar en un desgraciado
conflicto armado, sino también por encontrar la manera de resolver
definitivamente esa controversia.
Todos damos gracias a la Providencia porque no
permitió que sucediera algo irreparable en aquellos candentes meses de noviembre
y diciembre de 1978. Recordáis, queridos hijos de Argentina y de Chile, que
entonces hice mías vuestras ansias y no ahorré esfuerzos para dar a vuestras dos
Naciones toda la ayuda posible. Después, al recibir la solicitud de los dos
Gobiernos, acompañada de compromisos concretos y exigentes, acepté la tarea de
mediar con vistas a sugerir y proponer una solución justa y equitativa, y por lo
tanto honorable, que cerrase definitivamente el diferendo.
1. No es necesario
que me detenga en consideraciones sobre el camino laborioso recorrido durante
estos tres últimos años ante quienes, como vosotros, distinguidos miembros de
las dos delegaciones, han soportado el peso del oscuro trabajo de cada día.
Todos pensábamos y esperábamos llegar al final feliz en mucho menos tiempo. No
ha sido así y, en cambio, durante este duro período se ha mantenido el ansia de
los dos pueblos y no ha decaído el interés de la opinión pública, incluso a
nivel mundial. Por otra parte, se han verificado a veces, por desgracia, hechos
no del todo conformes con el espíritu de los compromisos asumidos al pedir mi
mediación: hechos que aumentaron la preocupación de todos e hicieron temer la
vuelta a una psicosis de enfrentamiento.
Todo un conjunto de circunstancias
impulsa ahora a acelerar el paso y a multiplicar los intentos para que las
afirmaciones de buena voluntad, sinceras y repetidas por ambas Partes, se
traduzcan en realidades concretas y satisfactorias. Por eso deseo haceros hoy un
llamamiento caluroso, afectuoso y cordial: es necesario que saquéis el mayor
fruto posible del tiempo a nuestra disposición; es preciso no dejar pasar más
días sin intentar aprovechar todas nuestras posibilidades.
2. Durante estos tres
años han sido muy numerosas las conversaciones con la Oficina de la mediación,
la cual me ha tenido muy al corriente de este asunto, que siempre ha sido objeto
de mi especial interés. Conocéis mis intervenciones personales. Os recuerdo
únicamente las más significativas: mis encuentros con vosotros en septiembre de
1979 y en noviembre y diciembre del año siguiente.
En esa última ocasión, el 12
de diciembre de 1980, entregué a los Señores Ministros de Relaciones Exteriores
de vuestros Países mi Propuesta, después de haber ilustrado —en un discurso
público, de resonancia internacional— los criterios que la inspiraban.
— El
anhelo de promover la paz;
— el acuciante deseo de ver establecidas
permanentemente entre vuestros pueblos relaciones óptimas, conformes con su
radical y perenne hermandad;
— la ilusión de poder señalar a vuestras Naciones
como ejemplo orientador para el mundo entero en este problema particular; todo
esto me guió cuando —atendiendo a voces autorizadas de los Países que
representáis, que así me lo pedían— me decidí a proponer un arreglo honroso,
que podría tener las características de una transacción entre los derechos y las
aspiraciones argentinos y chilenos.
Teniendo presente la “buena disposición” que
vuestros Gobiernos declararon en la solicitud de mediación, “para considerar las
ideas que la Santa Sede pueda expresar” “sobre todos los aspectos controvertidos
del problema de la zona austral, con el ánimo de contribuir a un arreglo
pacífico y aceptable para ambas Partes” (n. 10 del primer Acuerdo de Montevideo,
es decir de la solicitud de mediación) y recordando también la permanencia del
marco previsto para dicha mediación (n. 8 del mismo Acuerdo), me parece ahora
oportuno participaros algunos deseos relacionados con la solución del diferendo,
que sigue teniendo tantas repercusiones negativas en la vida de vuestras
Naciones.
a) En primer lugar, os propongo que ahora reanudéis vuestras
conversaciones conjuntas y entréis ya en la fase conclusiva de los trabajos, con
objeto de lograr, a través de un diálogo exhaustivo y sereno, la fructificación
idónea de mi Propuesta, mediante la estipulación de un Tratado – naturalmente,
aceptable para ambas Partes – que desarrolle el texto concreto y completo de la
misma.
Quisiera, por ello, que los Gobiernos de vuestras dos Naciones —unidas
inseparablemente por la naturaleza y, como subrayé en diciembre de 1980, jamás
enfrentadas por una guerra— tuvieran a bien impartiros las instrucciones
oportunas para activar un diálogo profundo y eficaz entre vosotros con esa
finalidad, por cierto ayudados por quienes he designado para asistiros.
La
estipulación de ese Tratado de paz y amistad perennes
—deberá ser el
coronamiento de vuestras conversaciones;
— constituirá la conclusión
irreformable de una divergencia enojosa, excluyendo también la hipótesis de
reivindicaciones futuras;
—y sellará el comienzo de una colaboración de veras
más estrecha y fecunda entre dos pueblos hermanos.
Creo que la consideración de
tal realidad, tan deseable como prometedora, os alentará de por sí a hacer lo
posible por superar las dificultades que de ahora en adelante podáis encontrar y
os persuadirá de que vale la pena aceptar sacrificios, que no lesionan intereses
fundamentales, renunciando aún a aspiraciones consideradas, en sí mismas,
legítimas.
Se trata de un bien tan precioso que no puede por menos de animar a
aceptar esta visión realista de las cosas, aunque ella tenga aspectos dolorosos,
sobre todo si son examinados fuera del contexto general del arreglo propuesto.
b) La propuesta presentada a vuestros Gobiernos ofrece todo un mosaico de temas
concretos, cuyo desarrollo completo será el premio subsiguiente a los esfuerzos
que deberéis realizar. Me parece, sin embargo, que recibiríais un gran estímulo
si alcanzarais desde el comienzo algo que os confirme la bondad de vuestra tarea.
A tal fin, considero que sería muy conveniente que intentarais concordar cuanto
antes aquello que debe ser un cimiento sólito de esa amistad fecunda que
consagrará el Tratado final, y que además evite un “vacuum iuris” – un vacío de
derecho – en vuestro sistema particular de arreglo de controversias, al caducar
el Tratado suscrito en 1972. Me refiero, como podéis suponer, a las normas
relativas al arreglo pacífico de posibles controversias presentes y futuras.
Para ello, recordando el pasado en lo que haya tenido de útil y positivo, pero
dejando aparte discusiones estériles y prejuicios sobre la eficacia o ineficacia
de los diferentes dispositivos experimentados hasta ahora, os ruego que
dediquéis una atención preferente – sin ser exclusiva – a desarrollar el primer
punto específico de la Propuesta, es decir, la cláusula del Tratado final
relativa a un sistema para el arreglo pacífico de las controversias en cualquier
sector de vuestras relaciones mutuas, que, por consiguiente, excluya, de manera
explícita, el recurso a la fuerza o a la amenaza del uso de la fuerza.
Os pido
que estudiéis el tema y presentéis fórmulas encaminadas a conciliar vuestros
respectivos puntos de vista, como también lo hará la Oficina de la mediación. Se
trata de un tema fundamental, al que atribuyo una importancia preponderante. El
logro de un entendimiento rápido en este punto y la seguridad de que no habrá
jamás, por ningún motivo, enfrentamientos violentos entre vuestros dos Países
constituiría además una base muy adecuada para abordar en un clima de mayor
serenidad otras cuestiones más complicadas o complejas.
c) Con referencia a este
clima, que debe facilitar vuestras negociaciones, me voy a permitir renovaros el
llamamiento que os hice el pasado día 1° de febrero por medio de mi
representante, sobre la observancia del segundo Acuerdo de Montevideo. Me
referiré solamente al último de los tres compromisos que en tal ocasión
asumieron vuestros Gobiernos, compromiso que comporta el abstenerse de adoptar
medidas que puedan alterar la armonía en cualquier sector de las relaciones
mutuas. Se trata de un compromiso que encierra dificultades ciertas por lo que
se refiere a la determinación de su alcance preciso en cada sector, sobre todo
en aquellos que están más intimamente relacionados con los problemas del
diferendo austral. Considero, sin embargo, que es un compromiso fundamental;
cumplido de buena fe, debería llegar a evitar toda actitud molesta o menos
amistosa de una Parte para con la otra; por otro lado, de producirse una tal
actitud, debería impedir que ésta llegara a constituir un incidente.
Por
desgracia, episodios desagradables se han producido entre vuestros dos Países
incluso inmediatamente después de mi último llamamiento, al que vuestros
Gobiernos dieron una respuesta esperanzadora. Los mismos medios de comunicación
social han subrayado las repercusiones negativas que pueden tener tales
episodios. De repetirse en el futuro, podrían ellos poner en peligro no sólo el
clima deseable para los trabajos, sino incluso la continuidad de la mediación.
Ciertamente, al aceptar ésta no podía pensar que sus trabajos se iban a tener
que desarrollar en circunstancias desfavorables. Pensaba entonces que el
compromiso antes aludido suponía la consolidación temporal de unas condiciones
de convivencia idóneas y que incluso mejoraba las existentes durante las
negociaciones bilaterales de los meses precedentes, ya que se trataba de un
compromiso asumido a petición de mi enviado. Estaba convencido, en efecto, de
que ese compromiso —tan valorado por mí a la hora de aceptar la mediación—
tenía la virtualidad suficiente para configurar las mejores condiciones
generales de convivencia en todos los sectores y ámbitos hasta llegar al arreglo
definitivo del diferendo.
Se ha puesto de manifiesto, sin embargo, que hay
divergencias sobre determinados aspectos muy importantes con vistas a asegurar
esa convivencia y evitar tales episodios. Por ello, con abstracción de los
puntos de vista mantenidos con relación a normas de comportamiento acordadas con
anterioridad a la solicitud de mediación, pido ahora a vuestros Gobiernos —por
medio vuestro— que reflexionen muy seriamente sobre este problema y, con el
mejor ánimo de comprensión y de concordia, se esfuercen por cumplir y hacer
cumplir escrupulosamente ese compromiso. Para facilitar este cometido, me vais a
permitir que dé algunas indicaciones que, a mi modo de ver, pueden ayudar a
evitar nuevos episodios o, por lo menos, a reducir su alcance, en el
entendimiento de que esto no afectará positiva o negativamente a las posiciones
de las Partes, ni creará precedentes invocables con vistas al arreglo final del
diferendo: con ellas se persigue únicamente mejorar y garantizar lo más posible
las condiciones de convivencia que considero adecuadas y necesarias para el buen
desarrollo de los trabajos de la mediación.
A tal fin, convendrá que vuestros
Gobiernos tengan presente la realidad del pasado y también las experiencias que
hicieron posible una buena convivencia. Refiriéndome en particular a la
convivencia en la zona austral, sometida a la mediación y por consiguiente
pendiente de un acuerdo completo y definitivo sobre todos los problemas que la
misma mediación abarca, les ruego que se esfuercen por evitar innovaciones que
afecten al objeto del diferendo (es decir, a las cuestiones terrestres,
marítimas y aéreas incluidas en el ámbito de la mediación: las cuales, en virtud
del principio “nihil innovetur”, no deben sufrir variaciones unilaterales).
Desde un punto de vista general, será oportuno que ambos Gobiernos procuren
controlar siempre la gestión de los hechos susceptibles de llegar a
transformarse en incidentes: para ello, traten de evitar que esos hechos sean
magnificados y procuren que autoridades y organismos inferiores no se pronuncien
precipitadamente sobre los mismos —aunque caigan dentro de sus respectivas
competencias—– y se limiten a informar al respecto a las autoridades
gubernamentales, las cuales, en definitiva, son las responsables de la gestión
de todo lo que pueda relacionarse con el desarrollo de la mediación; de todas
formas, es de desear que, de producirse tales hechos, todo termine con una
señalación y deploración, concebida en términos que no repercutan en las buenas
relaciones entre los dos Pases.
Ruego, en fin, a los dos Gobiernos que ellos
mismos y, por instrucción suya, las autoridades y organismos inferiores extremen
la prudencia y fomenten el sentido de autolimitación en lo que consideran
ejercicio o defensa de derechos legítimos, sobre todo en la zona sometida a la
mediación, con objeto de no dar lugar a ningún tipo de roces con la otra Parte.
Todo ello, también, en el entendimiento de que tal actitud no supone el desistir
de esos derechos, ni crea precedentes.
3. Dije a su tiempo que el texto de la
Propuesta comportaba que unos y otros moderasen o temperasen las peticiones
propias, porque de otro modo seria imposible llegar a un acuerdo. Evidentemente,
este criterio es aplicable también con relación a todo lo anterior.
Os invito,
por tanto, Señores Embajadores y demás miembros de ambas Delegaciones, a que os
hagáis intérpretes de estas ideas, ante quienes os han acreditado para esta
noble misión, y también de mi apremiante y afectuoso llamamiento para que,
recibidas las instrucciones pertinentes, podáis trabajar decididamente en un
clima de comprensión y de concordia.
Cuan conveniente sería que la opinión
pública de vuestros Pases pudiera tener una presentación adecuada de las
ventajas que perseguimos y percibiera también mi vivo deseo de que las ideas que
acabo de expresar ayuden por igual a ambas Partes para el mejor desarrollo de la
mediación. Este es uno de los objetivos de mi llamamiento de hoy y me agradaría
mucho que mis palabras no dieran lugar a interpretaciones o suposiciones que,
por no ser conformes con ese deseo de ayuda indiscriminada, puedan perjudicar la
marcha solícita y serena de los trabajos que debéis llevar a cabo.
Tened
presentes en vuestras mentes las esperanzas que vuestros pueblos están
alimentando desde el 8 de enero de 1979, cuando recibieron con entusiasmo la
aparición de una gran promesa de paz entre Chile y Argentina. No podemos
desilusionarlos. Sois conscientes de la importancia de los próximos meses. De
aquí, mi invitación a la mayor solicitud posible, que corresponde —estoy seguro— a vuestro común deseo de poner pronto el broche final a tantos desvelos y
esfuerzos. Tened la certeza de que encomiendo a Dios, Dador de todo bien,
vuestro programa de trabajo y cada uno de vosotros, para que El, luz de todas
las luces, ilumine vuestra actividad personal.
Mi cordial Bendición acompaña este recuerdo en la oración.
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