Queridísimos:
Mi cordial y afectuosa bienvenida a vosotros, muchachos del
"Pequeño Coro del Antoniano", a vuestros queridos padres y a los buenos padres
franciscanos. Sé que habéis deseado mucho este encuentro, para manifestarme
vuestro afecto y vuestro entusiasmo. Me siento feliz también yo de poderos
satisfacer con esta audiencia aunque sea breve.
Ante todo quiero manifestaros mi aprecio por la merecida "fama"
que habéis adquirido en estos años con vuestras simpáticas interpretaciones
musicales, que han agradado no sólo a vuestros pequeños coetáneos, sino también
a los adultos. Y esto porque en vuestras canciones, con mucha sencillez, dais
frecuentemente voz armoniosa y concorde a los sentimientos de los que vive el
hombre y que pertenecen a su ser más profundo: el amor y la solidaridad hacia
los otros, especialmente hacia los más necesitados, el afecto y la gratitud
hacia los que hacen el bien, el valor de la amistad, la necesidad de justicia,
de verdad, el deseo de la belleza, el respeto a la naturaleza...
Vuestro canto, límpido y cristalino, se eleve siempre para
exaltar estos valores; pero vuestro canto y vuestro corazón se eleven
especialmente para exaltar, adorar, dar gracias a Dios Padre, por todo lo que ha
hecho y continúa haciendo por nosotros.
"Cantaré al Señor mientras viva, / tocaré para mi Dios
mientras exista: / que le sea agradable mi poema; / y yo me alegraré con el
Señor", así exclama el Salmista (Sal 103 [104] 33 s.).
¡La alegría! Sed portadores y transmisores de ella. Es verdad:
el canto es el lenguaje más elevado con el que el hombre expresa sus
sentimientos, la esperanza, la espera, el amor, la angustia, el dolor, pero
especialmente la alegría. ¡Cantad siempre la alegría! La alegría de vivir, de
estar en paz con vosotros mismos, con los otros, con Dios. Sed siempre buenos;
sed siempre amigos, hermanos sinceros de Jesús; realizad, según vuestras
posibilidades, las enseñanzas del Evangelio comunicad esta alegría cristiana a
vuestras pequeños compañeros y condiscípulos; dádsela a los mayores, que a
veces parecen haber perdido el sentido de la verdadera alegría.
A todos vosotros, a vuestros padres, a los padres franciscanos,
mis felicitaciones y mi particular bendición apostólica.
© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana