Queridos hermanos e hijos:
Siento honda satisfacción en encontrarme con los Directores nacionales de las
Obras Misionales Pontificias. Sé que cada año os reunís con mons. Simon
Lourdusamy, Presidente del Consejo Superior de estas Obras, para decidir la
repartición de los fondos que vosotros contribuís a recaudar y que se
distribuyen íntegramente a las comunidades cristianas necesitadas de ayuda. Es
la primera vez que tengo la oportunidad de recibiros y animaros.
La obra de solidaridad qua lleváis a cabo es magnífica y necesaria. Es típica de
la caridad efectiva que debe reinar entre todos los miembros del Cuerpo Místico
de Cristo. Es una expresión concreta de la comunión eclesial, de la que hoy se
habla con grata insistencia. Encontramos ya un ejemplo de ella en la primera
generación cristiana, cuando el Apóstol Pablo invitó a las Iglesias a contribuir
a la colecta en favor de los "santos" de Jerusalén que pasaban entonces por una
situación material crítica. Es sobre todo necesaria para continuar la
evangelización con medios adecuados en las Iglesias jóvenes o en las Iglesias
que sufren necesidad.
Ciertamente, el dinamismo misionero radica en las personas, animadas del
Espíritu de Pentecostés, ansiosas de llevar la Buena Nueva a sus hermanos y
hermanas del mundo, por la sencilla razón de que están en juego su salvación y
la voluntad de Cristo. Puede existir también una vitalidad religiosa que, aun
disponiendo de medios pobres, se apoya en la santidad de los evangelizadores y
en la participación activa de los cristianos. Pero precisamente el verdadero
celo no puede dispensarse de buscar, no el lujo y la comodidad, sino al menos
una subsistencia decorosa y una justa remuneración de los obreros del
Evangelio; medios catequéticos dignos de la educación, adaptada y profunda, en
la fe; posibilidades de formar convenientemente a los sacerdotes, a las
religiosas, a los catequistas, a las familias y a los apóstoles seglares;
estructuras de coordinación pastoral que faciliten el intercambio, la
reflexión, una acción concertada, una atención particular a los jóvenes, la
asistencia de los indigentes, la fundación de centros de renovación espiritual,
etc.
Ahora bien, toda esta ayuda la deben aportar los cristianos mismos: en primer
lugar los de la comunidad interesada, la cual ha de hacer cuanto está en su mano
para proveer a sus propias necesidades y también los de las comunidades más
dotadas de bienes materiales. Estas comunidades, al abrirse generosamente a la
solidaridad misionera —trátese de personas particulares, familias, parroquias o
diócesis—, se benefician también ellas mismas del dinamismo apostólico; se
hacen testimonio de la vitalidad religiosa de las más jóvenes, y esto puede
estimular su renovación. Es preciso asimismo que la opinión pública comprenda
bien esta necesidad de ayudar a las Iglesias de misión. Este es vuestro principal cometido. Con la fundación de las
grandes Obras Misionales, en el siglo pasarlo, se suscitó un
magnífico movimiento. Hoy se constata con frecuencia una admirable generosidad,
pero es necesario que veléis por mantenerla y desarrollarla, asociando a ella
en concreto, eventualmente con nuevos métodos, las jóvenes generaciones. Pues
constatáis quizás que algunas comunidades, por otra parte ricas, permanecen
demasiado preocupadas por las dificultades económicas del momento y en sus
propios problemas, o se muestran poco conscientes del deber misionero, aun
sintiéndose al mismo tiempo sensibles a la miseria material de los países
afectados por el hambre.
Las Obras Misionales Pontificias que vosotros dirigís a nivel nacional deben pues
realizar en primer lugar este trabajo de educación a la caridad, y a la
caridad misionera. Quiero aseguraros lo mucho que la Iglesia universal aprecia
vuestra acción específica y, como presidente de todas las Iglesias en la
caridad, os doy en su nombre las más rendidas gracias. No os desaniméis nunca.
Perfeccionad vuestra acción. Consolidad incesantemente la cooperación
misionera.
De esta manera, no sólo preparáis el clima para más amplia
generosidad, para la participación y el intercambio extendidos al plano de los medios, sino suscitáis vocaciones misioneras. El IV domingo
de Pascua hemos rezado por las vocaciones. Si bien éstas son necesarias por
doquier, lo son mucho más en los territorios de misión donde, a falta de una
esforzada y sistemática evangelización, el terreno permanece incluso o hasta,
lamentablemente, se convierte en teatro de ideologías ajenas a la fe cristiana.
Sí, vuestro propósito educador debe tender también a suscitar vocaciones
misioneras, de sacerdotes, de religiosos, de religiosas, de laicos, en las
viejas comunidades cristianas y en las jóvenes comunidades; estas últimas, a
cuyos directores de las Obras Misionales tengo la satisfacción de saludar,
experimentan precisamente en muchas partes un despertar ejemplar de vocaciones.
¡Que el Espíritu Santo ilumine y fortalezca vuestro celo! ¡Que la Virgen María
os obtenga las gracias necesarias para disponer las almas a la caridad! Recibid
mi afectuosa bendición apostólica.
© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana