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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II
AL NUEVO EMBAJADOR DE
NICARAGUA ANTE LA SANTA SEDE
Jueves 7 de diciembre de 1978
Señor Embajador,
Con sincero agrado doy la bienvenida a Vuestra Excelencia, que me presenta las
Cartas Credenciales, como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de
Nicaragua ante la Santa Sede.
Sé bien –y las palabras que Vuestra Excelencia acaba de pronunciar son
también
una prueba de ello– que el pueblo de Nicaragua está cordialmente unido a
esta Sede Apostólica por enraizados vínculos de cercanía espiritual,
dimanantes de una presencia ya secular de la Iglesia en aquellas tierras,
siempre solidaria con sus hombres y su historia. Quiero por ello atestiguar aquí
mi estima y confianza hacia su noble País, del cual sigo de cerca, y no sin
preocupación, la marcha diaria de sus acontecimientos.
A través de su continua presencia evangelizadora, la Iglesia, “sacramento de
salvación”, no hace otra cosa que cumplir su misión de servicio a los
hombres, para hacer presente entre ellos el reinado de Dios, que no sólo es
reinado de paz, de justicia y de amor. Nace de ahí su solicitud constante y
sacrificada por avivar en las conciencias también la preocupación de
perfeccionar esta tierra, donde crece la familia humana. Bienes tan entrañables como son la dignidad humana, la unión fraterna, la
libertad, frutos excelentes de la naturaleza y del esfuerzo humano, son
propagados por la tierra en el Espíritu del Señor y de acuerdo con su mandato.
Promover estos valores inalienables de la persona, crear en torno a ella las
condiciones de vida espiritual, social y cultural, sin sombra de discriminación,
para que cada individuo asuma responsablemente las multiformes exigencias de
convivencia humana y se obligue a sí mismo en la construcción cada vez más
positiva de la comunidad, todo esto constituye el molde indispensable de una
sociedad ordenada y pacífica.
En esta búsqueda activa del bien común, la Iglesia en Nicaragua, desea seguir
participando desinteresadamente, con los medios que le son propios. Ella quiere
ofrecer su cooperación para el desarrollo de todos, mediante una formación
completa, sobre todo en el campo moral, conforme a la vocación cristiana,
capacitándolos para satisfacer sus legítimas aspiraciones, no sólo
individuales, sino también familiares y comunitarias.
Señor Embajador, pidiendo al Señor, dador de todo bien, que haga realidad
estos propósitos para que sean fuente diaria de concordia y de efectiva
colaboración pacífica, invoco también el favor divino sobre el pueblo de
Nicaragua, sobre sus responsables y de manera especial, en este día, sobre
Vuestra Excelencia, deseándole acierto en el cumplimiento de su alta y noble
misión.
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