MENSAJE DEL SANTO PADRE PARA LA XXXVI JORNADA MUNDIAL DE ORACION POR LAS VOCACIONES
25 DE ABRIL DE 1999 - IV DOMINGO DE PASCUA
Tema: "EL PADRE LLAMA A LA VIDA ETERNA"
¡Venerables Hermanos en el Episcopado, Queridísimos Hermanos y Hermanas!
La celebración de la Jornada Mundial de Oración por las
Vocaciones, programada para el 25 de abril de 1999, cuarto domingo de
Pascua, constituye un anual reclamo a considerar con atención un
aspecto fundamental de la vida de la Iglesia: la llamada al ministerio
sacerdotal y a la vida consagrada.
En el camino de preparación al Gran Jubileo, el año 1999
abre «los horizontes del creyente según la visión
misma de Cristo: la visión del "Padre celestial" (cfr
Mt 5,45)» (Tertio millennio adveniente, 49) e invita
a reflexionar sobre la vocación que constituye el verdadero
horizonte de cada corazón humano: la vida eterna.
Propiamente en esta luz se revela toda la importancia de las vocaciones al
sacerdocio y a la vida consagrada con las cuales el Padre celestial, de
quien «viene toda dádiva perfecta y todo don perfecto»
(Sant 1,17), continúa enriqueciendo a su Iglesia.
Un himno de alabanza brota espontáneo del corazón: "Bendito
sea Dios, Padre del Señor nuestro Jesucristo" (Ef
1,3) por el don, también en este siglo que está llegando a
su fin, de numerosas vocaciones al ministerio sacerdotal y a la vida
consagrada en sus diversas formas.
Dios continúa manifestándose Padre a través de
hombres y de mujeres que, impulsados por la fuerza del Espíritu
Santo, testimonian con la palabra y con las obras, e incluso con el
martirio, su entrega sin reservas al servicio de los hermanos. Mediante el
ministerio ordenado de Obispos, presbíteros y diáconos, él
ofrece garantía permanente de la presencia sacramental de Cristo
Redentor (cfr Christifideles laici,22), haciendo crecer la
Iglesia, gracias a su específico servicio, en la unidad de un solo
cuerpo y en la variedad de vocaciones, ministerios y carismas.
El ha derramado abundantemente el Espíritu en sus hijos de adopción,
poniendo de manifiesto en las diversas formas de vida consagrada su amor
de Padre, que quiere abarcar la humanidad entera. Es un amor, el suyo, que
espera con paciencia y acoge con gozo a quien se ha alejado; que educa y
corrige; que sacia el hambre de amor de cada persona. El continúa
mostrando horizontes de vida eterna que abren el corazón a la
esperanza, aun a pesar de las dificultades, del dolor y de la muerte,
especialmente por medio de cuantos han abandonado todo por seguir a
Cristo, consagrándose enteramente a la realización del
Reino.
En este 1999 dedicado al Padre celestial, quisiera invitar a todos los
fieles a reflexionar sobre las vocaciones al ministerio ordenado y a la
vida consagrada, siguiendo los pasos de la oración que Jesús
mismo nos enseñó, el "Padre nuestro".
1. "Padre nuestro, que estás en el cielo"
Invocar a Dios como Padre significa reconocer que su amor es el
manantial de la vida. En el Padre celestial el hombre, llamado a ser su
hijo descubre «haber sido elegido antes de la constitución
del mundo, para ser santo e irreprensible en su presencia por la caridad»
(Ef,1,4). El Concilio Vaticano II recuerda que «Cristo...
en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor,
manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la
sublimidad de su vocación» (Gaudium et spes, 22).
Para la persona humana la fidelidad a Dios es garantía de fidelidad
a sí mismo y, de esta manera, de plena realización del
propio proyecto de vida.
Toda vocación tiene su raíz en el Bautismo, cuando el
cristiano, "renacido por el agua y por el Espíritu"
(Jn 3,5) participa del acontecimiento de gracia que a las orillas
del río Jordán manifestó a Jesús como "hijo
predilecto" en el que el Padre se había complacido (Lc
3,22). En el Bautismo radica, para toda vocación, el manantial de
la verdadera fecundidad. Es necesario, por tanto, que se preste especial
atención para iniciar a los catecúmenos y a los pequeños
en el redescubrimiento del Bautismo, y conseguir establecer una auténtica
relación filial con Dios.
2. "Santificado sea tu nombre"
La vocación a ser "santos, porque él es santo"
(Lv 11,44) se lleva a cabo cuando se reconoce a Dios el puesto que
le corresponde. En nuestro tiempo, secularizado y también fascinado
por la búsqueda de lo sagrado, hay especial necesidad de santos
que, viviendo intensamente el primado de Dios en su vida, hagan
perceptible su presencia amorosa y providente.
La santidad, don que se debe pedir continuamente, constituye la
respuesta más preciosa y eficaz al hambre de esperanza y de vida
del mundo contemporáneo. La humanidad necesita presbíteros
santos y almas consagradas que vivan diariamente la entrega total de sí
a Dios y al prójimo; padres y madres capaces de testimoniar dentro
de los muros domésticos la gracia del sacramento del matrimonio,
despertando en cuantos se les aproximan el deseo de realizar el proyecto
del Creador sobre la familia; jóvenes que hayan descubierto
personalmente a Cristo y quedado tan fascinados por él como para
apasionar a sus coetáneos por la causa del Evangelio.
3. "Venga a nosotros tu Reino"
La santidad remite al "Reino de Dios", que Jesús
representó simbólicamente en el grande y gozoso banquete
propuesto a todos, pero destinado sólo a quien acepta llevar la "vestidura
nupcial" de la gracia.
La invocación "venga tu Reino" llama a la
conversión y recuerda que la jornada terrena del hombre debe estar
marcada por la diuturna búsqueda del reino de Dios antes y por
encima de cualquier otra cosa. Es una invocación que invita a dejar
el mundo de las palabras que se esfuman para asumir generosamente, a pesar
de cualquier dificultad y oposición, los compromisos a los que el
Señor llama.
Pedir al Señor "venga tu Reino" conlleva, además,
considerar la casa del Padre como propia morada, viviendo y actuando según
el estilo del Evangelio y amando en el Espíritu de Jesús;
significa, al mismo tiempo, descubrir que el Reino es una "semilla
pequeña" dotada de una insospechable plenitud de vida,
pero expuesta continuamente al riesgo de ser rechazada y pisoteada.
Que cuantos son llamados al sacerdocio o a la vida consagrada acojan con
generosa disponibilidad la semilla de la vocación que Dios ha
depositado en su corazón. Atrayéndoles a seguir a Cristo con
corazón indiviso, el Padre les invita a ser apóstoles
alegres y libres del Reino. En la respuesta generosa a la invitación,
ellos encontrarán aquella felicidad verdadera a la que aspira su
corazón.
4. "Hágase tu voluntad"
Jesús dijo: "Mi alimento es hacer la voluntad del que me
envió y acabar su obra" (Jn, 4,34). Con estas
palabras, él revela que el proyecto personal de la vida está
escrito por un benévolo designio del Padre. Para descubrirlo es
necesario renunciar a una interpretación demasiado terrena de la
vida, y poner en Dios el fundamento y el sentido de la propia existencia.
La vocación es ante todo don de Dios: no es escoger, sino ser
escogido; es respuesta a un amor que precede y acompaña. Para quien
se hace dócil a la voluntad del Señor la vida llega a ser un
bien recibido, que tiende por su naturaleza a transformarse en ofrenda y
don.
5. "Danos hoy nuestro pan de cada día"
Jesús hizo de la voluntad del Padre su alimento diario (cfr Jn,
4,34), e invitó a los suyos a gustar aquel pan que sacia el hambre
del espíritu: el pan de la Palabra y de la Eucaristía.
A ejemplo de María, es preciso aprender a educar el corazón
a la esperanza, abriéndolo a aquel "imposible" de Dios,
que hace exultar de gozo y de agradecimiento. Para aquellos que responden
generosamente a la invitación del Señor, los acontecimientos
agradables y dolorosos de la vida llegan a ser, de esta manera, motivo de
coloquio confiado con el Padre, y ocasión de continuo
descubrimiento de la propia identidad de hijos predilectos llamados a
participar con un papel propio y específico en la gran obra de
salvación del mundo, comenzada por Cristo y confiada ahora a su
Iglesia.
6. "Perdona nuestras ofensas como también nosotros
perdonamos a los que nos ofenden"
El perdón y la reconciliación son el gran don que ha hecho
irrupción en el mundo desde el momento en que Jesús, enviado
por el Padre, declaró abierto "el año de gracia del
Señor" (Lc 4,19). El se hizo "amigo de
los pecadores" (Mt 11,19), dio su vida "para la
remisión de los pecados" (Mt 26,28) y, por fin,
envió a sus discípulos al último confín de la
tierra para anunciar la penitencia y el perdón.
Conociendo la fragilidad humana, Dios preparó para el hombre el
camino de la misericordia y del perdón como experiencia que
compartir -se es perdonado si se perdona- para que aparezcan en la vida
renovada por la gracia los rasgos auténticos de los verdaderos
hijos del único Padre celestial.
7. "No nos dejes en la tentación, y líbranos del
mal"
La vida cristiana es un proceso constante de liberación del mal y
del pecado. Por el sacramento de la Reconciliación el poder de Dios
y su santidad se comunican como fuerza nueva que conduce a la libertad de
amar, haciendo triunfar el bien.
La lucha contra el mal, que Cristo libró decididamente, está
hoy confiada a la Iglesia y a cada cristiano, según la vocación,
el carisma y el ministerio de cada uno. Un rol fundamental está
reservado a cuantos han sido elegidos al ministerio ordenado: obispos,
presbíteros y diáconos. Pero un insustituible y específico
aporte es ofrecido también por los Institutos de vida consagrada,
cuyos miembros «hacen visible, en su consagración y total
entrega, la presencia amorosa y salvadora de Cristo, el consagrado del
Padre, enviado en misión» (Vita consecrata, 76).
¿Cómo no subrayar que la promoción de las vocaciones
al ministerio ordenado y a la vida consagrada debe llegar a ser compromiso
armónico de toda la Iglesia y de cada uno de los creyentes? A éstos
manda el Señor: «Rogad al Dueño de la mies para que
envíe obreros a su mies» (Lc, 10,2).
Conscientes de esto, nos dirigimos unidos en la oración al Padre
celestial, dador de todo bien:
8. Padre bueno, en Cristo tu Hijo nos revelas tu amor, nos abrazas como a tus hijos y nos ofreces la posibilidad de descubrir en tu voluntad los rasgos de nuestro verdadero rostro.
Padre santo, Tú nos llamas a ser santos como tú eres santo. Te pedimos que nunca falten a tu Iglesia ministros y apóstoles santos que, con la palabra y los sacramentos, preparen el camino para el encuentro contigo.
Padre misericordioso da a la humanidad descarriada hombres y mujeres que, con el testimonio de una vida transfigurada a imagen de tu Hijo, caminen alegremente con todos los demás hermanos y hermanas hacia la patria celestial.
Padre nuestro, con la voz de tu Espíritu Santo, y confiando en la materna intercesión de María, te pedimos ardientemente: manda a tu Iglesia sacerdotes, que sean valientes testimonios de tu infinita bondad.
¡Amén!
En el Vaticano, 1º de octubre de 1998, memoria de Santa Teresa
del Niño Jesús, Doctora de la Iglesia.
Juan Pablo II
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