MENSAJE DEL SANTO PADRE PARA LA XXXI
JORNADA MUNDIAL DE ORACION POR LAS VOCACIONES
A los venerados hermanos en el episcopado y a todos los queridos fieles
del mundo entero:
La celebración de la Jornada mundial de oración por las
vocaciones coincide, este año, con un importante acontecimiento eclesial:
La inauguración del "primer congreso continental latinoamericano
sobre el cuidado pastoral en favor de las vocaciones de especial consagración
en el continente de la esperanza".
Dicha asamblea se propone desarrollar un profundo trabajo de examen, de
animación y de promoción vocacional. Al mismo tiempo que expreso
mi gran estima por esta iniciativa pastoral, orientada al bien espiritual no sólo
de la América Latina, sino de la Iglesia entera, invito a todos a
ayudarla con la oración unánime y confiada.
La Jornada mundial se inserta, además, en el Año internacional
de la familia. Esta circunstancia me ofrece la oportunidad de llamar la atención
sobre la estrecha relación que existe entre familia, educación y
vocación y, muy en particular, entre familia y vocación sacerdotal
y religiosa.
Al dirigirme a las familias cristianas deseo, por tanto, confirmarlas en su
misión de educar a las jóvenes generaciones, esperanza de la
sociedad y de la Iglesia.
1. "Este misterio es grande" (Ef 5, 32)
A pesar de los profundos cambios históricos, la familia sigue siendo
la más completa y la más rica escuela de humanidad, en la que se
vive la experiencia más significativa del amor gratuito, de la fidelidad,
del respeto mutuo y de la defensa de la vida. Su tarea específica es la
de custodiar y transmitir, mediante la educación de los hijos, virtudes y
valores, a fin de edificar y promover el bien de cada uno y el de la comunidad.
Esta misma responsabilidad compromete, con mayor razón, a la familia
cristiana por el hecho de que sus miembros, ya consagrados y santificados en
virtud del bautismo, están llamados a una particular vocación
apostólica por el sacramento del matrimonio (cf. Familiaris
consortio, 52, 54).
La familia, en la medida que adquiere conciencia de esta genuina vocación
suya y responde a ella, llega a ser una comunidad de santificación, en la
que se aprende a vivir la mansedumbre, la justicia, la misericordia, la
castidad, la paz, la pureza del corazón (cf. Ef 4, 1-4; Familiaris
consortio, 21); llega a ser lo que, con otras palabras, san Juan Crisóstomo
llama iglesia doméstica, esto es, el lugar en el que Jesucristo
vive y obra la salvación de los hombres y el crecimiento del reino de
Dios. Sus miembros, llamados a la fe y a la vida eterna, son "partícipes
de la naturaleza divina" (2 P 1, 4), se alimentan en la mesa de la
palabra de Dios y de los sacramentos, y se manifiestan con aquel modo evangélico
de pensar y de obrar que les abre a la vida de la santidad sobre la tierra y de
la felicidad eterna en el cielo (cf. Ef 1, 4-5).
Los padres, desde la más tierna edad de sus hijos, manifestándoles
cuidado amoroso, les comunican, con el ejemplo y con las palabras, una sincera y
auténtica relación con Dios, hecha amor, fidelidad, oración
y obediencia (cf. Lumen gentium, 35; Apostolicam actuositatem, 11).
Los padres, pues, fomentan la santidad de los hijos, y hacen sus corazones dóciles
a la voz del buen Pastor, que llama a cada hombre a seguirle y a buscar en
primer lugar el reino de Dios.
A la luz de esta perspectiva de gracia divina y de responsabilidad humana,
la familia puede ser considerada como un "jardín" o como el "primer
semillero" donde las semillas de vocación, que Dios esparce a manos
llenas, encuentran las condiciones para germinar y crecer hasta su plena madurez
(cf. Optatam totius, 2).
2. "No os conforméis a los criterios de este mundo"
(Rm 12, 2)
La tarea de los padres cristianos es muy importante y delicada, porque están
llamados a preparar, cultivar y defender las vocaciones que Dios suscita en su
familia. Deben, por tanto, enriquecerse ellos mismos y su familia con valores
espirituales y morales, tales como, una religiosidad convencida y profunda, una
conciencia apostólica y eclesial, y un exacto conocimiento de la vocación.
En realidad, el paso decisivo que debe dar toda familia es el de acoger al
Señor Jesús como centro y modelo de vida y, en él y por él,
tomar conciencia de ser lugar privilegiado para un auténtico crecimiento
vocacional.
La familia llevará a cabo tal tarea, si es constante en el empeño
y si cuenta siempre con la gracia de Dios. San Pablo, en efecto, afirma que "es
Dios quien obra el querer y el obrar según su beneplácito" (Flp
2, 13), y que "el que comenzó la buena obra, la llevará a
cabo hasta el día de Cristo Señor" (Flp 1, 6).
Pero, ¿qué sucede cuando la familia se deja arrastrar por el
consumismo, el hedonismo y el secularismo que turban e impiden la realización
del plan de Dios?
¡Qué doloroso es constatar casos, desdichadamente numerosos, de
familias deshechas por semejantes fenómenos y por sus devastadores
efectos! Es ésta, sin duda, una de las preocupaciones más grandes
de la comunidad cristiana. Y son, sobre todo, las familias mismas las primeras
en pagar las consecuencias del generalizado desorden de las ideas y de la moral;
pero también la Iglesia las sufre, y la sociedad se resiente por ellas.
¿Cómo pueden los hijos, dejados huérfanos moralmente, sin
educadores ni modelos, crecer en la estima de los valores humanos y cristianos?
¿Cómo pueden desarrollarse en un clima tal las semillas de vocación
que el Espíritu Santo continúa depositando en el corazón de
las jóvenes generaciones?
La fuerza y la estabilidad del entramado familiar cristiano representan la
condición primera para el crecimiento y maduración de las
vocaciones sagradas, y constituyen la respuesta más adecuada a la crisis
vocacional: "Cada Iglesia local y, en términos más
particulares, cada comunidad parroquial, -dije en la exhortación Familiaris
consortio-, debe adquirir más viva conciencia de la gracia y de la
responsabilidad que recibe del Señor en orden a promover la pastoral de
la familia. Todo proyecto de pastoral orgánico, en cada nivel, nunca debe
prescindir de tomar en consideración la pastoral de la familia" (n.
70).
3. "Rogad, pues, al Dueño de la mies que mande obreros a
su mies" (Mt 9, 38)
La pastoral vocacional encuentra su ámbito primero y natural en la
familia. Los padres, en efecto, deben saber acoger como una gracia el don que
Dios les hace al llamar a uno de sus hijos al sacerdocio o a la vida consagrada.
Tal gracia se pide en la oración, y se acoge positivamente cuando se
educa a los hijos para que comprendan toda la riqueza y el gozo de consagrarse a
Dios.
Los padres que aceptan con sentimientos de gratitud y gozo la llamada de uno
de sus hijos o de sus hijas a la especial consagración por el reino de
los cielos, reciben, con esa llamada, una prueba particular de la fecundidad
espiritual de su unión, viéndola enriquecida con la experiencia
del amor vivido en el celibato y en la virginidad.
Estos padres descubren con asombro que, gracias a la vocación sagrada
de sus hijos, el don de su amor se ha multiplicado más allá de las
limitadas dimensiones humanas.
Para formar a las familias en el conocimiento de este importante aspecto de
su misión, es necesaria una acción pastoral orientada a hacer de
los cónyuges y padres "testigos y cooperadores en la fecundidad de
la Madre Iglesia, como signo y participación de aquel amor con el que
Cristo amó a su Esposa y se entregó por ella" (Lumen
gentium, 41).
La familia es el vivero natural de las vocaciones. La pastoral familiar,
pues, debe prestar una especialísima atención al aspecto específicamente
vocacional del propio compromiso.
4. "Quien tiene responsabilidad en la comunidad demuestre
solicitud y diligencia" (Rm 12, 8)
Caminar en pos de Cristo hacia el Padre es el programa vocacional más
apropiado. Si los sacerdotes, las religiosas y los religiosos, los consagrados,
los misioneros y los laicos comprometidos se ocuparan de la familia e
intensificasen las formas de diálogo y de búsqueda evangélica
común, la familia se enriquecería con los valores que la ayudarían
a ser el primer seminario de vocaciones de especial consagración.
Los sacerdotes, tanto diocesanos como religiosos, deben conocer la
problemática de la vida familiar para poder instruir mediante el anuncio
de la palabra de Dios a los esposos cristianos en sus responsabilidades específicas,
de modo que, bien formados en la fe, sepan acompañar a sus hijos,
posiblemente llamados, a darse a Dios sin reservas.
Todas las personas consagradas que estén próximas o se
relacionen con las familias por causa de su servicio apostólico en las
escuelas, hospitales, centros de asistencia o parroquias, ofrezcan gozoso
testimonio de su donación total a Cristo, y sean para los esposos
cristianos, con una vida según los votos de castidad, pobreza y
obediencia, testimonio y reclamo de los valores eternos.
La comunidad parroquial debe sentirse responsable de esta misión
de la familia, y sostenerla con planes operativos a largo plazo, sin preocuparse
demasiado por los resultados inmediatos.
Confío a los cristianos comprometidos, a los catequistas y a los
jóvenes esposos la catequesis en las familias. Con su generoso y fiel
servicio harán gustar a los niños la primera experiencia religiosa
y eclesial.
Mi pensamiento se dirige especialmente a los venerables hermanos en el
episcopado, como primeros responsables de la promoción vocacional,
para pedirles que pongan gran empeño en que el cuidado de las vocaciones
vaya orgánicamente unido con la pastoral familiar.
Oremos
¡Oh, Sagrada Familia de Nazaret!, comunidad de amor de Jesús,
María y José, modelo e ideal de toda familia cristiana, a ti
confiamos nuestras familias.
Abre el corazón de cada hogar a la fe, a la acogida de la palabra de
Dios, al testimonio cristiano, para que llegue a ser manantial de nuevas y
santas vocaciones.
Dispón el corazón de los padres para que, con caridad solícita,
atención prudente y piedad amorosa, sean para sus hijos guías
seguros hacia los bienes espirituales y eternos.
Suscita en el alma de los jóvenes una conciencia recta y una voluntad
libre, para que, creciendo en sabiduría, edad y gracia, acojan
generosamente el don de la vocación divina.
Sagrada Familia de Nazaret, haz que todos nosotros, contemplando e imitando
la oración asidua, la obediencia generosa, la pobreza digna y la pureza
virginal vividas en ti, nos dispongamos a cumplir la voluntad de Dios, y a
acompañar con prudente delicadeza a cuantos de entre nosotros sean
llamados a seguir más de cerca al Señor Jesús, que por
nosotros "se entregó a sí mismo" (cf. Ga 2, 20).
Amén.
Dado en el Vaticano, el 26 de diciembre, fiesta de la Sagrada Familia,
del año 1993, décimo sexto de mi pontificado.
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