MENSAJE DEL SANTO PADRE PARA LA XXXIII
JORNADA MUNDIAL DE ORACION POR LAS VOCACIONES
Venerables hermanos en el episcopado; amadísimos hermanos y
hermanas del mundo entero:
1. Las vocaciones en la comunidad cristiana.
Lo mismo que la semilla da fruto abundante en buen terreno, de igual
modo las vocaciones nacen y maduran generosamente en la comunidad cristiana.
En efecto, en ella se manifiesta el misterio del Padre que llama, del Hijo
que envía y del Espíritu que consagra: «La vocación,
llamada de Dios, nace en una experiencia de comunidad y genera un compromiso con
la Iglesia universal y con una determinada comunidad» (Documento
declarativo del primer Congreso continental latinoamericano sobre las vocaciones,
24).
Es preciso, por tanto, que en cada nivel se manifieste, se desarrolle y
crezca un profundo sentido eclesial, una generosa apertura a las necesidades
pastorales del pueblo de Dios, una colaboración mutua y sincera entre el
clero secular y regular, para sostener el camino de fe de los hombres y mujeres
que desean seguir a Jesús, consagrándose a él con corazón
indiviso.
2. «También vosotros, cual piedras vivas, entráis
en la construcción de un edificio espiritual» (1 P 2, 5).
Se necesita partir desde las comunidades para preparar el terreno fértil,
en el que la acción de Dios pueda extenderse con fuerza, y su llamada ser
acogida y comprendida. «Ciertamente urge en todas partes rehacer el
entramado cristiano de la sociedad humana. Pero la condición es que se
rehaga la cristiana trabazón de las mismas comunidades eclesiales» (Christifideles
laici, 34).
En realidad, el vasto campo de la acción pastoral en favor de las
vocaciones, en algunos aspectos, no está todavía valorado
plenamente, aunque va aumentando una actitud de mayor conciencia de esta dimensión
de la vida cristiana, y se multiplican las iniciativas para realizarla. El
descubrimiento de la propia vocación, cualquiera que sea, no debe hacer
que se ignoren las demás opciones evangélicas necesarias para la
identidad de la Iglesia, instrumento e imagen del reino de Dios en el mundo.
Sólo las comunidades cristianas vivas saben acoger con prontitud las
vocaciones y después acompañarlas en su desarrollo, como madres
que velan por el crecimiento y la felicidad del fruto de sus entrañas. «La
pastoral vocacional tiene como sujeto activo, como protagonista, a la comunidad
eclesial como tal, en sus diversas expresiones: desde la Iglesia universal a la
Iglesia particular y, análogamente, desde ésta a la parroquia y a
todos los estamentos del pueblo de Dios» (Pastores dabo vobis, 41).
Pero nuestras comunidades necesitan creer aún más en la
importancia que reviste la propuesta de los múltiples proyectos de vida
cristiana y de las funciones eclesiales, ministerios y carismas, suscitados por
el Espíritu en el transcurso de los siglos y reconocidos como legítimos
y auténticos por los pastores de la Iglesia. También ahora, cuando
la sociedad se transforma rápidamente y en profundidad, en las
comunidades de los creyentes, la propuesta cristiana debe superar todo tipo de
resignación pasiva y dar con confianza y valentía sentido pleno a
la existencia mediante el anuncio de la presencia y de la acción de Dios
en la vida del hombre.
Hoy, frente a los desafíos del mundo contemporáneo, se
necesita mayor audacia evangélica para realizar el compromiso de promoción
vocacional según la invitación del Señor a pedir
insistentemente obreros para la difusión del reino de Dios (cf. Mt
9, 37-38).
3. «Vosotros que en otro tiempo no erais pueblo, ahora sois
pueblo de Dios» (1 P 2, 10).
La vocación cristiana, don de Dios, es patrimonio de todos.
Tanto los casados como los consagrados son elegidos por Dios para anunciar el
Evangelio y comunicar la salvación; no por sí solos, sino en la
Iglesia y con la Iglesia. «Evangelizar no es para nadie un acto individual
y aislado, sino profundamente eclesial» (Evangelii nuntiandi, 60).
A la llamada universal de Dios a vivir y testimoniar el anuncio de salvación
responden vocaciones especiales con misiones específicas dentro de la
Iglesia; son fruto de una gracia especial y requieren un gran esfuerzo moral y
espiritual. Son las vocaciones al sacerdocio, a la vida religiosa, a la acción
misionera y a la vida contemplativa.
Estas vocaciones especiales exigen respeto y acogida, plena disponibilidad
para poner en juego la propia existencia, y una constante oración de súplica.
Suponen, además, una amorosa atención y un sabio y prudente
discernimiento de los brotes de vocación presentes en el corazón
de muchos adolescentes y jóvenes. «Es muy urgente, sobre todo hoy,
que se difunda y arraigue la convicción de que todos los miembros de la
Iglesia, sin excluir ninguno, tienen la responsabilidad de cuidar las vocaciones»
(Pastores dabo vobis, 41).
Piensan algunos que, puesto que Dios sabe a quién llamar y cuándo
llamar, a nosotros no nos queda sino esperar. Éstos, en realidad, olvidan
que la suprema iniciativa divina no exime al hombre del compromiso de
corresponder. De hecho, muchos llamados alcanzan la certeza de la elección
divina a través de circunstancias favorables, determinadas también
por la vida de la comunidad cristiana.
En muchos jóvenes, desorientados por el consumismo y por la crisis de
ideales, la búsqueda de un auténtico estilo de vida puede madurar,
si cuenta con el apoyo del testimonio coherente y gozoso de la comunidad
cristiana, en la disponibilidad para escuchar el grito del mundo ávido de
verdad y de justicia. Es fácil, entonces, que el corazón se abra
para acoger con generosidad el don de la vocación a la consagración.
4. «Hermanos, considerad cómo fuisteis llamados» (1
Co 1, 26).
La Iglesia debe manifestar su imagen auténtica en el esfuerzo diario
de fidelidad a Dios y a los hombres. Cuando realiza esa misión con
profunda armonía, viene a ser el terreno propicio para el nacimiento de
opciones valientes de compromiso sin reservas en favor del Evangelio y del
pueblo de Dios.
A través de la vocaciones especiales el Señor asegura a la
Iglesia continuidad y vigor y, al mismo tiempo, la abre a las nuevas y antiguas
necesidades del mundo para ser signo del Dios vivo y para contribuir a la
construcción de la ciudad de los hombres en la perspectiva de la «civilización
del amor».
Toda vocación nace, se alimenta y se desarrolla en la Iglesia y a
ella está vinculada por origen, desarrollo, destino y misión. Por
esta razón las comunidades diocesanas y parroquiales están
llamadas a reforzar el compromiso en favor de las vocaciones al sacerdocio y a
la vida consagrada, sobre todo, con el anuncio de la Palabra, con la celebración
de los sacramentos y con el testimonio de la caridad. Deben, además,
tener en cuenta algunas condiciones indispensables para una auténtica
pastoral vocacional.
Es preciso, ante todo, que la comunidad sepa ponerse en actitud de
escucha de la palabra de Dios para acoger la luz divina que orienta el corazón
del hombre. La sagrada Escritura es guía segura cuando se lee, se acoge y
se medita en la Iglesia. El acercamiento a las vicisitudes de los protagonistas
bíblicos y, sobre todo, la lectura del Evangelio proporcionan momentos de
iluminaciones sorprendentes y de opciones personales radicales. Cuando la Biblia
llega a ser el libro de la comunidad, es más fácil
escuchar y recibir la voz de Dios que llama.
Es necesario, además, que las comunidades sepan orar intensamente
para poder realizar la voluntad de Dios, subrayando el primado de la vida
espiritual en la existencia diaria. La oración ofrece grandes energías
para aceptar la invitación del Señor a ponerse al servicio del
bien espiritual, moral y material de los hombres. La experiencia litúrgica
es el camino principal para educar a la oración. Cuando la liturgia queda
aislada, corre el riesgo de empobrecerse; sin embargo, si va acompañada
de profundos y prolongados momentos de oración personal y de silencio,
pasados en la presencia del Señor, se convierte en camino seguro que
conduce a la comunión con Dios. Es preciso hacer de la liturgia el centro
de la existencia cristiana, a fin de que, a través de ella, se cree la
atmósfera favorable para las grandes decisiones.
Asimismo, la comunidad debe ser sensible a la dimensión misionera,
haciéndose responsable de la salvación de cuantos todavía
no conocen a Cristo, Redentor del hombre: en la sensibilidad misionera viva y
profunda hallamos otro requisito para el nacimiento y la consolidación de
las vocaciones. Si la comunidad vive intensamente el mandato del Señor: «Id,
pues; enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del
Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28, 19), no
faltarán dentro de ella jóvenes generosos que se ofrezcan para
asumir personalmente la tarea de proclamar a los hombres de nuestro tiempo, a
menudo desalentados o indiferentes, el anuncio del Evangelio antiguo y siempre
actual.
Por último, la comunidad debe estar abierta al servicio de los
pobres. El estilo de humildad y de abnegación, propio de la opción
en favor de los pobres, al manifestar el rostro más auténtico de
la comunidad cristiana comprometida en todos sus estamentos para ayudar a los
hermanos probados por la necesidad y por el sufrimiento, contribuye a crear un
ambiente particularmente favorable a la acogida del don de la vocación.
En efecto, «el servicio de amor es el sentido fundamental de toda vocación
(...). Por eso, una pastoral vocacional auténtica no se cansará
jamás de educar a los niños, adolescentes y jóvenes al
compromiso, al significado del servicio gratuito, al valor del sacrificio, a la
entrega incondicional de sí mismos» (Pastores dabo vobis,
40).
5. «Como el Padre me envió, también yo os envío»
(Jn 20, 21).
La pastoral vocacional compromete a todos los miembros de la Iglesia. En
primer lugar, a los obispos, que hacen presente, con su ministerio de
pastores, al Señor Jesús en la comunidad y son los garantes de la
autenticidad de los dones del Espíritu a través del discernimiento
de los carismas. A ellos compete promover cualquier actividad adecuada en favor
de las vocaciones, recordando a todos los fieles este compromiso fundamental,
cuya expresión principal sigue siendo la oración. En la Iglesia,
memoria y sacramento de la presencia y de la acción de Jesucristo que
invita a seguirlo, los obispos anuncien, en la predicación y en los demás
actos de magisterio, la gracia de los ministerios ordenados y de las varias
formas de vida consagrada; inviten a todos a responder a la propia llamada con
docilidad generosa a la voluntad divina; mantengan vivo el espíritu de
oración, y soliciten la corresponsabilidad de las personas y de los
grupos; sostengan, guíen y coordinen, mediante la acción de los
directores diocesanos y de otras personas competentes, el Centro diocesano para
la pastoral vocacional.
Junto al obispo, los presbíteros, tanto diocesanos como
religiosos, desempeñan un papel de importancia primordial. Animando
las comunidades eclesiales, pueden contribuir en gran medida a suscitar y
orientar las vocaciones con el consejo espiritual y con el ejemplo de una vida
vivida con gozo en favor de sus hermanos. A su responsabilidad está
confiado, a menudo, el delicado deber de animar a los muchachos y muchachas que
Dios llama: éstos deberán poder encontrar en ellos guías
espirituales seguros y competentes, así como testigos auténticos
de una vida completamente entregada al Señor.
Asimismo, es importante la labor de los catequistas, que tienen con
frecuencia un contacto prolongado y directo con los niños, los
adolescentes y los jóvenes, sobre todo a lo largo de la preparación
para los sacramentos de la iniciación cristiana. También ellos
tienen el deber de mostrar el valor y la importancia de las vocaciones
especiales en la Iglesia, contribuyendo, de este modo, a hacer que los creyentes
vivan plenamente la llamada que Dios les dirige para el bien de todos.
Quisiera, por último, dirigirme a vosotros, queridos jóvenes,
y repetiros con afecto: sed generosos en dar vuestra vida al Señor. ¡No
tengáis miedo! Nada debéis temer, porque Dios es el Señor
de la historia y del universo. Dejad que crezca en vosotros el deseo de
proyectos grandes y nobles. Cultivad sentimientos de solidaridad, pues son signo
de la acción divina en vuestro corazón. Poned a disposición
de vuestras comunidades los talentos que la Providencia os ha regalado. Cuanto más
generosos seáis en entregaros a Dios y a los hermanos, tanto más
descubriréis el auténtico sentido de la vida. ¡Dios espera
mucho de vosotros!
6. «Rogad al dueño de la mies...» (Mt 9, 38).
Concluyo estas reflexiones invitándoos, amadísimos hermanos y
hermanas, a encomendar vuestras comunidades al Señor en la oración,
para que, reunidas a ejemplo de la primera comunidad cristiana en la escucha
asidua de la palabra de Dios y en la invocación del Espíritu
Santo, y por la intercesión de la Virgen María, sean bendecidas
con abundancia de vocaciones a la vida sacerdotal y religiosa.
Al Señor Jesús elevo mi ferviente súplica para obtener
el don precioso de numerosas y santas vocaciones:
Señor, tú has querido salvar a los hombres y has fundado la
Iglesia como comunión de hermanos, reunidos en tu amor.
Continúa pasando entre nosotros y llama a aquellos que has elegido
para ser voz de tu santo Espíritu, fermento de una sociedad más
justa y fraterna.
Alcánzanos del Padre celestial los guías espirituales que
necesitan nuestras comunidades: verdaderos sacerdotes del Dios vivo que,
iluminados por tu palabra, sepan hablar de ti y enseñar a hablar contigo.
Haz crecer tu Iglesia mediante un florecimiento de consagrados, que te
entreguen todo, para que tú puedas salvar a todos.
Que nuestras comunidades celebren en el canto y en la alabanza la Eucaristía,
como acción de gracias a tu gloria y bondad, y sepan caminar por los
senderos del mundo para comunicar el gozo y la paz, dones preciosos de tu
salvación.
Vuelve, Señor, tu rostro hacia la humanidad entera y manifiesta tu
misericordia a los hombres y mujeres que en la oración y en la rectitud
de vida te buscan sin haberte encontrado todavía: muéstrate a
ellos como camino que conduce al Padre, verdad que hace libres y vida que no
tiene fin.
Concédenos, Señor, vivir en tu Iglesia, con espíritu de
fiel servicio y de total entrega, a fin de que nuestro testimonio sea creíble
y fecundo. Amén.
A todos os envío con afecto una especial bendición apostólica.
Castelgandolfo, 15 de agosto de 1995, solemnidad de la Asunción
de la bienaventurada Virgen María.
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