MENSAJE DEL SANTO PADRE CON OCASION DE
LA XXVIII JORNADA MUNDIAL DE ORACION POR LAS VOCACIONES
Venerables hermanos en el episcopado, amadísimos hermanos y
hermanas de todo el mundo:
1. Consciente de que toda vocación es un don de Dios, que hay que
pedir en la oración y merecer con el testimonio de la propia vida, me
dirijo a vosotros, como todos los años, para invitar a toda la gran
familia de los católicos a participar espiritualmente en la XXVIII
Jornada mundial de Oración por las Vocaciones, que celebraremos el próximo
21 de abril.
Esta jornada es desde hace tiempo una ocasión privilegiada para
reflexionar no sólo sobre la vocación al sacerdocio o a la vida
consagrada, sino también sobre el deber, que atañe a toda la
comunidad cristiana, de favorecer el nacimiento de estas vocaciones y colaborar
en la percepción, clarificación y maduración de la llamada
interior de Dios (cf. Optatam totius, 2).
Este año deseo llamar vuestra atención sobre aquella faceta
fundamental de la experiencia religiosa de cada cristiano, que es la
catequesis. En efecto, ésta es la base para cualquier diálogo
vocacional auténtico y libre con el Padre celestial. En la catequesis
la Iglesia guía a los fieles, mediante un itinerario de fe y conversión,
hacia la escucha responsable de la Palabra de Dios y la generosa disponibilidad
a acoger sus exigencias intrínsecas. De este modo la catequesis trata de
favorecer el encuentro personal con Dios, formando discípulos atentos del
Señor, partícipes de su misión universal. La catequesis se
revela así como el camino específico para descubrir no sólo
el designio salvífico de Dios y el significado último de la
existencia y de la historia, sino también como el proyecto particular que
él tiene sobre cada uno en la perspectiva de la venida de su Reino al
mundo.
"La catequesis tiende pues a desarrollar la inteligencia del misterio
de Cristo a la luz de la Palabra, para que el hombre entero sea impregnado por
ella. Transformado por la acción de la gracia en nueva criatura, el
cristiano decide así seguir a Cristo y, en el seno de la Iglesia, aprende
cada vez más a pensar como él, a juzgar como él, a actuar
de acuerdo con sus mandamientos, a esperar como él nos invita a ello"
(Catechesi tradendae, 20).
2. El camino de la catequesis alcanza una meta particularmente importante
cuando se convierte en escuela de oración, es decir, cuando capacita
para el coloquio apasionado con Dios, Creador y Padre; con Cristo, Maestro
y Salvador; con el Espíritu Santo vivificador. Gracias a este
coloquio, lo que se escucha y se aprende no queda sólo en la mente, sino
que conquista el corazón y tiende a traducirse en la vida. En efecto, la
catequesis no puede limitarse a anunciar las verdades de la fe, sino que debe
procurar suscitar la respuesta del hombre a fin de que cada uno asuma su propio
cometido en el plan de la salvación y se muestre disponible a ofrecer la
propia vida para la misión de la Iglesia, incluso en el sacerdocio o en
la vida consagrada, siguiendo más de cerca a Cristo.
Es necesario que los creyentes, especialmente los jóvenes, sean
guiados para comprender mejor que la vida cristiana es ante todo respuesta a la
llamada de Dios y a reconocer, en esta perspectiva, el carácter peculiar
de las vocaciones para el ministerio sacerdotal o diaconal; las vocaciones
religiosas, misioneras, consagradas en la vida seglar y la importancia que
tienen para el reino de Dios.
3. En este contexto los catequistas deben sentirse responsables
ante la Iglesia y ante los destinatarios del mensaje. Sus enseñanzas,
orientadas a conducir al hombre moderno a descubrir a Dios Amor como creador,
redentor y santificador, guiará a los niños y jóvenes a
considerar el deber de todo cristiano de ayudar a la Iglesia a cumplir su misión,
la cual sólo puede realizarse gracias a la aportación de los
diversos ministerios y carismas, con los que la ha dotado el Espíritu
Santo; procurará hacer descubrir que el sacerdocio ministerial es un gran
don gratuito, ofrecido por Dios a su Iglesia, en una comunión más íntima
con el sacerdocio de Cristo (cf. Lumen gentium, 10); presentará
en su debida óptica el valor de la virginidad y del celibato eclesiástico,
como vías evangélicas que llevan a la consagración total a
Dios y a la Iglesia y que multiplican la fecundidad del amor espiritual
cristiano (cf. Perfectae caritatis, 12).
Los responsables de la catequesis deben respetar siempre la integridad del
anuncio del Evangelio, que comprende también la llamada a seguir más
de cerca a Cristo. Que se conviertan en inteligentes ejecutores del llamamiento
que mi predecesor Pablo VI dirigió en su último mensaje para esta
jornada: "Dad a conocer estas realidades, enseñad estas verdades,
hacedlas comprensibles, estimulantes, atrayentes como lo sabía hacer Jesús,
Maestro y Pastor. Que nadie por culpa nuestra ignore lo que debe saber para
orientar, en sentido diverso y mejor, la propia vida" (Insegnamenti di
Paolo VI, XVI, 1978, pág. 259).
4. Deseo que mis palabras lleguen a todos aquellos que el Espíritu
Santo llama a colaborar con él: a los padres, a los sacerdotes, a los
religiosos y a los numerosos seglares comprometidos en las tareas
educativas. Deseo, de modo particular, que esta exhortación llegue al
corazón y a la mente de tantos catequistas, que en las diversas Iglesias
particulares colaboran generosamente con los pastores en la gran obra de
evangelización de las nuevas generaciones.
Queridos catequistas: vuestra misión es importante y
delicada. De vuestro servicio depende el crecimiento y madurez cristiana de los
niños y jóvenes confiados a vosotros. En la Iglesia hay necesidad
de catequesis para el conocimiento de la palabra de Dios, de los sacramentos, de
la liturgia y de los deberes propios de la vida cristiana. Pero, especialmente
en algunos momentos de la edad evolutiva, hay necesidad de catequesis para la
orientación en la elección del estado de vida. Sólo
a la luz de la fe y de la oración es posible descubrir el sentido y la
fuerza de la llamada divina.
Vuestro ministerio de catequistas ha de ser realizado desde la fe,
alimentado por la oración y sostenido por una vida cristiana coherente.
Procurad estar bien formados al hablar a los jóvenes de hoy, como
pedagogos válidos y creíbles al presentar el ideal evangélico
como vocación universal y al ilustrar el sentido y el valor de las
diversas vocaciones a la vida consagrada.
A los obispos y a los presbíteros les pido que mantengan
siempre viva la dimensión vocacional de la catequesis, cuidando en modo
particular la formación espiritual y cultural de los catequistas, y
apoyando sus planteamientos vocacionales con el eficaz testimonio de una vida
rica en santidad pastoral.
A las familias religiosas masculinas y femeninas les pido que
consagren el máximo de sus capacidades y posibilidades a la obra específica
de la catequesis, cooperando para que ésta no sea un momento aislado del íter
pastoral, sino que se enmarque en un plan orgánico y amplio. Los
esfuerzos dedicados a la catequesis han sido siempre pagados con creces por la
Providencia con el don de nuevas y santas vocaciones. Animo de modo particular a
los religiosos educadores y responsables de escuelas católicas a mostrar
en toda su grandeza el valor de la vocación sacerdotal, religiosa y
misionera en sus proyectos educativos.
Exhorto a los padres a colaborar con los catequistas creando un
ambiente familiar impregnado de fe y de oración, de modo que puedan
orientar la vida entera de sus hijos según las exigencias de la vocación
cristiana. Toda llamada particular es, en realidad, un gran don de Dios que se
hace presente en sus hogares.
Por último, la comunidad cristiana en su conjunto, esfuércese
en reconocer con auténtica pasión misionera los gérmenes de
vocación que el Espíritu Santo no cesa de suscitar en los
corazones, y trate de crear, especialmente con la plegaria asidua y confiada, un
clima adecuado para que los adolescentes y los jóvenes puedan sentir la
voz de Dios y responder a ella con generosidad y valentía.
"Oh Jesús, Buen Pastor de la Iglesia, a ti te encomiendo a
nuestros catequistas; que bajo la guía de los obispos y de los sacerdotes
sepan conducir a cuantos les han sido confiados a descubrir el auténtico
significado de la vida cristiana como vocación, para que, abiertos y
atentos a tu voz, te sigan generosamente.
«Bendice nuestras parroquias; transfórmalas en comunidades
vivas, donde la oración y la vida litúrgica, la escucha atenta y
fiel de tu Palabra, la caridad generosa y fecunda, vengan a ser el terreno
favorable para el nacimiento y el desarrollo de una mies abundante de
vocaciones.
»Oh María, Reina de los Apóstoles, bendice a los jóvenes,
hazlos partícipes de tu dócil saber escuchar la voz de Dios y ayúdalos
a pronunciar, como tú, un "sí" generoso e incondicional
al misterio de amor y de elección al cual les llama el Señor».
Vaticano, 4 de octubre, fiesta de san Francisco de Asís, del año
1990, duodécimo de mi Pontificado.
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