MENSAJE DEL SANTO PADRE CON OCASION DE
LA XXIX JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN POR LAS VOCACIONES
Venerados hermanos en el episcopado; queridos hermanos y hermanas
de todo el mundo:
1. "Los discípulos estaban llenos de alegría y de Espíritu
Santo" (Hch 13, 52). Así leemos en la liturgia del cuarto
domingo de Pascua; y, en efecto, toda comunidad, cuando ve aumentar el número
de los que descubren el tesoro escondido del reino de los cielos y dejan todo
para dedicarse únicamente a las cosas del Señor (cf. Mt
13, 44), se siente llena de la alegría que proviene de la palabra de Dios
y de la misteriosa acción de su Espíritu.
Confortada, pues, con estas palabras del libro sagrado y con esta
experiencia, la Iglesia celebra cada año una Jornada especial de oración
por las vocaciones, confiando en la promesa de que todo lo que pedirá al
Padre en el nombre del Señor él se lo dará (cf. Jn
16, 23).
En vísperas ya de la próxima celebración, deseo
invitaros este año a rezar para que el Espíritu induzca a un número
cada vez mayor de fieles, especialmente jóvenes, a comprometerse en el
amor de Dios "con todo el corazón, con toda el alma y con todas las
fuerzas" (Dt 6, 5; cf. Mc 12, 30; Mt 22, 37), para
servirlo en las especiales formas de vida cristiana que se actúan en
la consagración religiosa. Ésta se expresa de diversas
maneras, bien en el estado sacerdotal, bien en la profesión de los votos,
en la elección de los monasterios o de las comunidades apostólicas,
o bien en el estado seglar.
2. El concilio Vaticano II ha reconocido que este "don especial"
es un signo de elección, porque permite a quienes lo acogen conformarse más
profundamente a "aquel género de vida virginal y pobre que Cristo,
el Señor, escogió para sí y la Virgen Madre abrazó"
(cf. Lumen gentium, 46).
Mi venerado predecesor Pablo VI pudo afirmar que la vida consagrada es "testimonio
privilegiado de una búsqueda constante de Dios, de un amor único e
indiviso por Cristo, de una dedicación absoluta al crecimiento de su
reino. Sin este signo concreto, se corre el peligro de que se enfríe la
caridad que anima a la Iglesia, que se atenúe la paradoja del Evangelio,
que la 'sal' de la fe se diluya en un mundo en fase de secularización"
(Evangelica testificatio, 3).
La vocación de las personas consagradas, en efecto, implica la
proclamación activa del Evangelio en obras apostólicas y en
servicios de caridad correspondientes a un mondo de actuar auténticamente
eclesial.
La Iglesia durante el decurso de su historia ha sido siempre vivificada y
confortada por muchos religiosos y religiosas, testigos del amor sin límites
hacia el Señor Jesús, mientras en tiempos más próximos
a nosotros ha encontrado una válida ayuda en muchas personas consagradas
que, viviendo en el siglo, han querido ser para el mundo levadura de santificación
y fermento para iniciativas inspiradas en el Evangelio.
3. Debemos afirmar con fuerza que también hoy es necesario el
testimonio de la vida consagrada, para que el hombre no olvide nunca que su
dimensión verdadera es la eterna. El hombre ha sido destinado a habitar
en los "nuevos cielos y nueva tierra" (2 P 3, 13), y proclamar
que la felicidad definitiva se nos da sólo con el Amor infinito de Dios.
¡Cómo se empobrecería cada vez más nuestro mundo,
si se debilitara la presencia de existencias consagradas a este Amor! Y ¡cómo
se empobrecería cada vez más la sociedad, si no fuera inducida a
levantar la mirada hacia donde están las verdaderas alegrías!
También la Iglesia se empobrecería más y más, si
faltara quien manifestase concretamente y con fuerza la perenne actualidad del
don de la propia vida por el reino de los cielos.
El pueblo cristiano tiene necesidad de hombres y mujeres que en la ofrenda
de sí al Señor encuentran la plena justificación de su
propia existencia y asumen así la misión de ser "luz de las
gentes" y "sal de la tierra", constructores de esperanza para
cuantos se preguntan por la perenne novedad del ideal cristiano.
4. No podemos ocultar que en algunas regiones está disminuyendo el número
de quienes aceptan el consagrarse a Cristo. De aquí la necesidad de un
creciente compromiso de oración y de iniciativas adecuadas para impedir
que tal coyuntura pueda tener graves consecuencias para el pueblo de Dios.
Invito, por lo tanto, a los hermanos en el episcopado a promover,
especialmente entre el clero y los seglares, el conocimiento y la estima de la
vida consagrada. Procuren que en los seminarios, sobre todo, no falten cursos e
instrucciones acerca del valor de la consagración religiosa.
Exhorto, luego, a los sacerdotes a que no renuncien nunca a
proponer a los jóvenes tan alto y noble ideal. Todos sabemos lo
importante que es la tarea de un guía espiritual para que los gérmenes
de vocación sembrados "a manos llenas" por la gracia, puedan
desarrollarse y madurar.
A los catequistas les recomiendo que presenten con coherente
solidaridad en la doctrina este don divino que el Señor ha hecho a su
Iglesia.
A los padres les digo, confiando en su sensibilidad cristiana,
nutrida de fe viva, que podrán ellos gustar la alegría del don
divino, que entrará en su casa, si un hijo o una hija es llamado por el
Señor a su servicio.
A los teólogos y a los escritores de disciplinas religiosas
les dirijo una calurosa invitación para que se esfuercen en ilustrar el
significado teológico de la vida consagrada según la tradición
católica.
A los educadores les recomiendo que presenten con frecuencia las
grandes figuras de los consagrados, religiosos y seglares, que han servido a la
Iglesia y a la sociedad en los más diversos campos.
A las familias religiosas y a los institutos de vida seglar les
recuerdo que la primera y más eficaz pastoral vocacional es el
testimonio, cuando éste se manifiesta con una vida llena de alegría
en el servicio al Señor.
Exhorto, igualmente, a los miembros de los institutos de vida
contemplativa a considerar que el verdadero secreto de la renovación
espiritual y de la fecundidad apostólica de la vida consagrada radica en
la oración. Rico es el patrimonio espiritual y doctrinal que los
contemplativos poseen, mientras que el mundo precisamente en tal riqueza busca
una respuesta a los interrogantes constantemente suscitados por nuestra época.
Pero sobre todo me dirijo a los jóvenes de hoy, y les digo: "Dejaos
seducir por el Eterno", repitiendo la palabra del antiguo profeta: "Me
has seducido, Señor...; me has agarrado y me has podido" (Jr
20, 7).
Dejaos fascinar por Cristo, el Infinito aparecido en medio de vosotros de
forma visible e imitable. Dejaos atraer por su ejemplo, que ha cambiado la
historia del mundo y la ha orientado hacia una meta exaltante. Dejaos amar por
la caridad del Espíritu, que quiere apartar vuestros ojos de los modelos
terrenos, para comenzar en vosotros la vida del hombre nuevo, creado según
Dios en la justicia y en la santidad verdadera (cf. Ef 4, 24).
Enamoraos de Jesucristo, para vivir su misma vida, de manera que nuestro
mundo pueda tener vida en la luz del Evangelio.
5. Confiamos a la Virgen María la gran causa de la vida consagrada. A
ella, Madre de las vocaciones, siguiendo la invitación de su palabra, "haced
lo que él os diga" (Jn 2, 5), le pedimos:
Oh Virgen María, a ti encomendamos nuestra juventud, en especial los
jóvenes llamados a seguir más de cerca a tu Hijo.
Tú conoces cuántas dificultades tienen ellos que afrontar, cuántas
luchas, cuántos obstáculos.
Ayúdales para que también ellos pronuncien su "sí"
a la llamada divina, como tú lo hiciste a la invitación del Ángel.
Atráelos a tu corazón, para que puedan comprender contigo la
hermosura y la alegría que les espera, cuando el Omnipotente les llama a
su intimidad, para constituirlos en testigos de su Amor y hacerlos capaces de
alegrar a la Iglesia con su consagración.
Oh Virgen María, concédenos a todos nosotros poder alegrarnos
contigo, al ver que el amor que tu Hijo nos ha traído es acogido,
custodiado y amado nuevamente. Concédenos poder ver también en
nuestros días las maravillas de la misteriosa acción del Espíritu
Santo.
Con mi bendición.
Vaticano, 1 de noviembre de 1991, solemnidad de Todos los Santos,
decimocuarto año de mi pontificado.
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