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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL CONGRESO INTERNACIONAL SOBRE LA
VIDA CONSAGRADA
Amadísimos hermanos y hermanas:
1. Os saludo cordialmente a todos vosotros, llamados por Dios con una especial
vocación a seguir más de cerca a Cristo.
Al final del Congreso internacional sobre la vida consagrada que se ha celebrado
durante estos días en Roma, es para mí motivo de alegría poder enviaros un
mensaje especial a todos los que habéis participado en él: a los presidentes de
las Conferencias de superiores y superioras mayores, a los superiores y
superioras generales, y a todos vosotros, consagrados y consagradas, que os
habéis reunido en estos días para interrogaros sobre problemas y perspectivas
que caracterizan hoy vuestra elección de vida.
2. Los hombres de nuestro tiempo a veces se han empobrecido tanto interiormente,
que ni siquiera son capaces de darse cuenta de su pobreza. Nuestra época nos
pone ante formas de injusticia y explotación, ante prevaricaciones egoístas de
personas y de grupos, que resultan inauditas. De aquí deriva que en muchos se
produzca el "oscurecimiento de la esperanza" del que hablé en la exhortación
apostólica
Ecclesia in Europa (cf. n. 7).
En esta situación, los consagrados y las consagradas están llamados a dar a la
humanidad desorientada, cansada y sin memoria, testimonios creíbles de la
esperanza cristiana, "haciendo visible el amor de Dios, que no abandona a
nadie", y ofreciendo "al hombre desorientado razones verdaderas para seguir
esperando" (ib., 84). "Si nos fatigamos y luchamos es porque tenemos
puesta la esperanza en Dios vivo" (1 Tm 4, 10).
3. Ante una sociedad en la que el amor a menudo no encuentra espacio para
expresarse en gratuidad, los consagrados y las consagradas están llamados a
testimoniar la lógica del don desinteresado: en efecto, su elección se traduce
"en el radicalismo del don de sí mismo por amor al Señor Jesús y, en él, a cada
miembro de la familia humana" (Vita consecrata, 3).
La vida consagrada debe convertirse en custodia de un patrimonio de vida y
belleza capaz de saciar toda sed, vendar toda llaga y ser bálsamo para toda
herida, colmando todo deseo de alegría y de amor, de libertad y de paz.
4. "Pasión por Cristo, pasión por la humanidad": este es el tema que ha guiado
vuestra reflexión durante el Congreso. En él se expresa bien vuestro compromiso
de recomenzar continuamente desde Cristo para aprender a amar al prójimo como lo
amó él, que "no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate
por muchos" (Mc 10, 45).
La mística carmelita santa María Magdalena de Pazzi, en sus éxtasis de amor por
el Esposo divino, llamaba a las almas de los consagrados y de las consagradas a
amar al Amor, al Amor no amado: "Oh almas creadas de amor y por amor, ¿por qué
no amáis al Amor?"; y suplicaba al Amado: "Oh Amor no amado ni conocido. Oh
Amor, haz que todas las criaturas te amen a ti, Amor" (PR 2, 188-189).
Esta pasión, este celo por Cristo y por las almas, esta sed inextinguible del
amor divino y este deseo de llevarle a él a todos los hombres, deben alimentar
constantemente vuestro compromiso de conversión personal, de santidad y de
evangelización.
5. Todos vosotros, consagrados y consagradas, estáis llamados a seguir más de
cerca a Cristo, a tener en el corazón sus mismos sentimientos (cf. Flp 2,
5), a aprender de él, manso y humilde de corazón (cf. Mt 11, 29), a
cumplir como él la voluntad del Padre (cf. Jn 6, 38), a seguirlo por el
camino de la cruz.
Este es el único camino del discípulo. No existen otras sendas. Cada día es
preciso emprender, con corazón alegre y agradecido, el camino estrecho siguiendo
al Maestro, para sacar la energía necesaria del manantial de donde brota el agua
de la vida que no muere.
Es necesario abrir el corazón al soplo vital del Espíritu, competir
recíprocamente en el amor fraterno y en el servicio, abrir las puertas a los
débiles, a los que se encuentran solos o se ven marginados. Así, el testimonio
de vuestra vida casta, pobre y obediente llegará a ser, en el alba de este
tercer milenio cristiano, transparencia del rostro amoroso de Cristo.
6. Vosotros, vírgenes por el reino de los cielos, más que cualquier otra
persona, estáis llamados a revestiros de Cristo, de sus sentimientos de
humildad, de mansedumbre y de paciencia. Que vuestro voto de castidad recuerde
la fecundidad de una relación esponsal entre la criatura y su Creador, y sea
signo de que existe un espacio en el corazón del hombre que sólo Dios puede
colmar.
Llamados a participar con alegría en la pobreza de Cristo, que siendo rico se
hizo pobre por nosotros para hacernos ricos con su pobreza (cf. 2 Co 8,
9; Mt 8, 20), testimoniad con vuestro desprendimiento la proyección de
todo vuestro ser hacia el cielo, "donde no hay polilla ni herrumbre que corroan,
ni ladrones que socaven y roben" (Mt 6, 20).
Sed siempre obedientes en Cristo. Que vuestras comunidades sean comunidades
responsables, en las que los cargos de algunos no sean motivo para que los demás
se desinteresen; comunidades en las que todos practiquen el discernimiento, la
caridad que edifica y la corrección fraterna. Mostrad al mundo cómo la renuncia
a la propia voluntad, a los propios proyectos, en la libertad, el amor y la
fidelidad al Evangelio, es fuente de felicidad y abre el camino a la plena
realización de sí mismos.
7. Cuando uno se siente inmensamente amado, no puede participar en el misterio
del Amor que se dona, limitándose a contemplarlo desde lejos. Es necesario
dejarse abrasar por las llamas que consumen el holocausto. Y convertirse en
amor.
La apertura del corazón y de la inteligencia, antes que de las manos, os ha
puesto desde siempre a vosotros, consagrados y consagradas, en la vanguardia del
compromiso para afrontar los diversos tipos de pobreza que caracterizan las
situaciones concretas. También hoy debéis estar dispuestos a responder a los
desafíos que se plantean a todos los hombres de buena voluntad, a los creyentes,
hombres y mujeres, a la Iglesia y a la sociedad.
A lo largo de los siglos el amor a los hermanos, en especial a los más
indefensos, a los jóvenes y a los niños, a los que han perdido el sentido de la
vida y se sienten rechazados por todos, ha impulsado a los consagrados y a las
consagradas a la entrega sin reservas. Seguid entregándoos por el mundo, siempre
conscientes de que la única medida del amor es amar sin medida.
Con este amor de predilección a los más pequeños contagiad a todos aquellos con
los que os encontréis, en particular a los laicos que piden compartir vuestro
carisma y vuestra misión. Estad siempre dispuestos a escuchar las nuevas
llamadas del Espíritu, tratando de descubrir, junto con los pastores de las
Iglesias particulares donde estáis llamados a vivir, las urgencias espirituales
y misioneras del momento actual.
A la vez que os exhorto a mantener siempre fija la mirada en Jesús, el que
inicia y consuma la fe (cf. Hb 12, 2), a vosotros y a todos los
consagrados y consagradas del mundo os envío una especial y afectuosa bendición
apostólica.
Vaticano, 26 de noviembre de 2004
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