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MENSAJE DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II A UNA CONFERENCIA
SOBRE LA PROHIBICIÓN DE MINAS ANTIPERSONALES
A su excelencia el señor embajador
WOLFGANG PETRITSCH
Representante permanente de Austria
ante la Organización
de las Naciones Unidas en Ginebra
Presidente de la primera Conferencia
de examen de la Convención de Ottawa
"sobre la prohibición de empleo,
almacenamiento, producción y traslado
de minas antipersonales y sobre su destrucción"
1. Al reunirse en Nairobi la primera Conferencia de examen de la Convención de
Ottawa "sobre la prohibición de empleo, almacenamiento, producción y traslado de
minas antipersonales y sobre su destrucción", quisiera dirigirle, excelencia, mi
saludo cordial, expresando, por medio de usted, mi viva gratitud a todas las
delegaciones presentes. Me alegran las decisiones pertinentes que se han tomado
y las acciones que los gobiernos ya han emprendido para erradicar de manera
definitiva este terrible azote de los tiempos modernos. En esta feliz ocasión,
deseo vivamente que los Estados firmantes se esfuercen por respetar y renovar de
manera clara sus compromisos, redoblando sus esfuerzos para lograr los objetivos
de la Convención. Cinco años después de su entrada en vigor, esta Convención ha
llegado a ser, para los países que la han ratificado, una norma fundamental e
ineludible, que refuerza la aplicación estricta del derecho internacional
humanitario y sigue siendo un ejemplo palpable de solidaridad entre las naciones
y entre los pueblos.
2. Hay que alegrarse de los progresos realizados en la puesta en práctica de
esta norma. Son reales y numerosos. La Santa Sede, que fue uno de los primeros
en ratificar la Convención, quiere contribuir de manera activa a su aplicación,
en un diálogo sincero y constructivo con los demás Estados firmantes. Con vistas
a esta importante asamblea, la Santa Sede ha lanzado una campaña de
sensibilización de las Iglesias locales ante el problema de las minas
antipersonales, difundiendo numerosas informaciones sobre este grave problema,
solicitando un compromiso activo a este respecto y, además, pidiendo, oraciones
por las víctimas de las minas antipersonales y por el éxito de la Conferencia.
Es importante proseguir los esfuerzos, en particular en los campos de la
destrucción de los depósitos de municiones, la desactivación de minas y la
reinserción socioeconómica de las víctimas de estas armas. Las minas
antipersonales matan y mutilan a numerosas víctimas inocentes, y también
perjudican gravemente la economía de los países en vías de desarrollo,
privándolos de numerosas tierras cultivables aún minadas, que son esenciales
para la supervivencia de esas naciones. Es necesario que esto cese. La
aplicación estricta de la Convención es una oportunidad dada a la familia de las
naciones de construir una humanidad renovada y pacífica.
3. Conviene suscitar una cooperación bilateral y multilateral cada vez más
fecunda entre los países afectados por este azote y los que no lo están, entre
los países pobres y los países ricos, tomando las decisiones políticas que
resultan necesarias, así como las disposiciones financieras relacionadas con
ellas, manifestaciones del compromiso sincero y concreto de los Estados
firmantes en el proceso actual. Por esta razón, el respeto de los términos
impuestos por la Convención es otra garantía de su eficacia a largo plazo.
Cuando los Estados se unen, en un clima de comprensión, de respeto mutuo y de
cooperación, para oponerse a una cultura de muerte y edificar con confianza una
cultura de la vida, la causa de la paz progresa en la conciencia de las personas
y de la humanidad entera. Cuando las negociaciones multilaterales y la
cooperación internacional llegan a la aplicación de medidas concretas que
permiten a las poblaciones, entre las que se encuentran numerosos niños, vivir
con seguridad y dignidad, triunfa la humanidad.
4. Desde esta perspectiva, la atención especial dedicada a las víctimas de las
minas antipersonales es fundamental, incluso una vez acabada la destrucción de
los depósitos y la desactivación. Es necesario que la vigilancia de la comunidad
internacional no se limite a las ayudas económicas concedidas; también debe
procurar que las personas se conviertan en protagonistas de su propio desarrollo,
mediante acciones de sensibilización ante los peligros de las minas
antipersonales, de rehabilitación de las personas discapacitadas, de seguimiento
psicológico, de reinserción en la sociedad y de educación en la paz, así como
mediante una mayor utilización de los medios de comunicación social para
aumentar la conciencia de la opinión pública internacional. En lo que respecta a
las familias de las víctimas y las comunidades en las que viven, la Iglesia
católica está comprometida directamente, en colaboración con las organizaciones
no gubernamentales y la "Campaña internacional para prohibir las minas
terrestres", a los que quiero felicitar por su acción y por el papel decisivo
que han desempeñado en la adopción de la Convención de Ottawa y en su aplicación
en el ámbito internacional, nacional y local.
5. A la vez que expreso mis cordiales deseos de fecundidad para esta asamblea,
quisiera hacer de nuevo un apremiante llamamiento para la universalización de la
Convención de Ottawa, invitando a las naciones que aún dudan en adherirse a ella
a dirigirse al campo de la paz, neutralizando definitivamente estos artefactos
de muerte.
Excelencia, la Santa Sede, por su parte, seguirá dando su apoyo a esta noble
causa, para que se logren plenamente los objetivos de la Convención. Ojalá que
los frutos de las reflexiones que se hagan en esta asamblea, las orientaciones
que surjan de ella y las decisiones que se tomen en ella, abran a miles de
hombres, mujeres y niños la perspectiva de un futuro lleno de esperanza, con
seguridad y dignidad.
Vaticano, 22 de noviembre de 2004
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