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MENSAJE DEL PAPA JUAN
PABLO II A LOS PARTICIPANTES EN EL CONGRESO INTERNACIONAL DE LA ACCIÓN
CATÓLICA
1. "¡Duc in altum, Acción católica! Ten la valentía del futuro". Esta fue
la invitación que dirigí a los delegados de la XI asamblea nacional de la Acción
católica italiana, el 26 de abril de 2002. Me alegra constatar que se ha querido
adoptar esa exhortación mía como compromiso y como lema para el Congreso
internacional sobre la Acción católica, que se inaugurará en Roma el 31 de
agosto de 2004, por iniciativa del Foro internacional de la Acción católica y de
la Acción católica italiana, en colaboración con el Consejo pontificio para los
laicos.
Deseo dirigir mi más cordial saludo a todos los dirigentes y consiliarios de la
Acción católica de los diversos países reunidos en la Domus Pacis. En
particular, saludo con afecto fraterno a los señores cardenales y a los
venerados hermanos en el episcopado que han querido participar en este
importante acontecimiento.
2. "Tener la valentía del futuro" es una actitud que no nace de una elección
voluntarista, sino que toma consistencia e impulso de la memoria del don valioso
que ha sido, desde su fundación, la Acción católica. Nacida de una "inspiración
providencial", según mi predecesor el Papa Pío XI de venerada memoria, ha sido
fuerza unitiva, estructuradora y propulsora de la corriente contemporánea de "promoción
del laicado" que se confirmó de modo solemne en el concilio Vaticano II. En
ella, generaciones de fieles han madurado su vocación a lo largo de un
itinerario de formación cristiana que los ha llevado a la plena conciencia de su
corresponsabilidad en la construcción de la Iglesia, estimulando su celo
apostólico en todos los ambientes de vida. ¡Cómo no recordar, en esta ocasión,
que el decreto conciliar sobre el apostolado de los laicos reconoció esta
benemérita tradición, recomendándola vivamente! (cf.
Apostolicam actuositatem,
20). La exhortación apostólica postsinodal
Christifideles laici, así como
mis numerosas intervenciones con ocasión de las diversas asambleas de la Acción
católica italiana, han recogido con empeño las recomendaciones conciliares,
favoreciendo la superación de algunas situaciones de ofuscamiento y de
dificultad.
Hoy deseo repetir una vez más: ¡la Iglesia tiene necesidad de la Acción
católica! La memoria no debe reducirse a un recuerdo nostálgico del pasado, sino
que debe llevarnos a tomar conciencia de un valioso don que el Espíritu Santo ha
hecho a la Iglesia, una herencia que, en esta alba del tercer milenio, está
llamada a suscitar nuevos frutos de santidad y de apostolado, extendiendo la
"plantatio" de la Asociación a muchas otras Iglesias locales de diversos
países.
3. Ha llegado el momento del nuevo impulso que testimonian vuestras realidades
multiformes. Son muchos los indicios que permiten esperar el kairós de
una nueva primavera del Evangelio. Esta gran responsabilidad, que os compromete
a todos vosotros, junto con vuestros pastores, y que implica a la Iglesia entera,
requiere una humilde y valiente decisión de "recomenzar desde Cristo", con la
certeza de estar sostenidos por la fuerza omnipresente del Espíritu. En esta
gran tarea se pueden implicar todos los fieles laicos conscientes de su vocación
bautismal y de los tres compromisos -sacerdotal, profético y real- que brotan de
ella. Confiando en la gracia de Dios y sostenidos por un vivo sentido de
pertenencia a la Iglesia como "casa y escuela de comunión", los laicos se ponen
a la escucha de las enseñanzas y de las directrices de los pastores, para poder
ser sus colaboradores eficaces en la edificación de las comunidades eclesiales a
las que pertenecen.
Todo cristiano tiene el compromiso de testimoniar cuánto ha cambiado su vida por
la gracia y cómo está animada por la caridad. "Esto será posible si los fieles
laicos saben superar en sí mismos la fractura entre el Evangelio y la vida,
restableciendo en su vida familiar cotidiana, en el trabajo y en la sociedad, la
unidad de vida que en el Evangelio encuentra inspiración y fuerza para
realizarse en plenitud" (Christifideles laici, 34). La Acción católica ha
sido siempre, y debe seguir siendo, crisol de formación de fieles que,
iluminados por la doctrina social de la Iglesia, están comprometidos en primera
línea en la defensa del don sagrado de la vida, en la salvaguardia de la
dignidad de la persona humana, en la realización de la libertad educativa, en la
promoción del verdadero significado del matrimonio y de la familia, en el
ejercicio de la caridad hacia los más necesitados, en la búsqueda de la paz y de
la justicia, y en la aplicación de los principios de subsidiariedad y
solidaridad a las diversas realidades sociales que interactúan entre sí.
4. Sé que vuestro congreso, iniciado en Roma, proseguirá con la peregrinación a
Loreto y culminará, el domingo 5 de septiembre, en la vega de Montorso, con la
celebración de la santa misa, durante la cual tendré la alegría de inscribir en
el catálogo de los beatos a algunos miembros de la Acción católica que fueron en
su vida modelos convincentes de coherencia evangélica.
Por tanto, me dispongo a peregrinar de nuevo a ese querido santuario de Loreto,
centro internacional de espiritualidad mariana, donde elevaré a María santísima
mi oración a fin de que, con la gracia del Espíritu Santo, estéis siempre
dispuestos a pronunciar vuestro fiat a la voluntad de Dios,
convirtiéndoos en testigos del misterio de Cristo para la salvación del mundo.
A la vez que deseo abundantes frutos a los trabajos del congreso, con vistas a
una presencia cada vez más incisiva de la Acción católica al servicio del reino
de Cristo, envío a todos una especial bendición apostólica.
Castelgandolfo, 10 de agosto de 2004
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