Queridos hermanos:
Con ocasión del II Encuentro mundial con las familias, mi pensamiento
se dirige a vosotros, que os encontráis en el centro penitenciario «Frei
Caneca». Os confieso que sufro con vosotros por la privación de la
libertad. Puedo imaginar lo que eso significa. Sufro aún más
porque comprendo que las familias de muchos de vosotros no pueden contar con
vuestra presencia de padres e hijos, a veces los únicos que podrían
librarlas del desamparo. Por eso, deseo aseguraros que la Iglesia permanece a
vuestro lado en este tiempo de prueba. Cristo quiere estar con vosotros, sosteniéndoos
con su palabra y con la certeza de su amistad.
Hoy el Papa se dirige a vosotros con esta carta, para testimoniaros el amor
de Cristo y la atención de la comunidad eclesial. Cristo y los Apóstoles
experimentaron la realidad de la «cárcel», y san Pablo fue
encarcelado varias veces. Jesús, en el evangelio, afirma: «estuve en
la cárcel y vinisteis a verme» (Mt 25, 36). Él se
solidariza con vuestra condición y estimula a todos los que comparten
vuestro problemas.
También su muerte en la cruz constituye un testimonio supremo de amor
y acogida. Crucificado entre dos condenados al mismo castigo, asegura la salvación
al buen ladrón arrepentido: «En verdad te digo, hoy estarás
conmigo en el paraíso» (Lc 23, 43). Acto de extrema
misericordia, de extrema donación, capaz de infundir confianza también
a quien se siente totalmente perdido. Con ese gesto de perdón, el Señor
habla a la humanidad de todos los tiempos.
El plan de salvación es para todos. Nadie debe sentirse excluido.
Cristo conoce lo más íntimo de cada persona, y con su justicia
supera toda injusticia humana, con su misericordia vence el mal y el pecado. Así
pues, dejad que el Señor habite en vuestro corazón. Confiadle
vuestra prueba. Él os ayudará a soportarla. De forma oculta y
silenciosa, podéis participar en el Encuentro que las familias viven en Río
de Janeiro. En efecto, mediante vuestra oración, vuestros sacrificios y
vuestra renovación personal, contribuís al éxito de esta
gran fiesta de las familias y a la conversión de vuestros hermanos.
Deseo aprovechar la ocasión para animar a la Dirección y a los
funcionarios de este centro penitenciario a promover de la mejor manera posible
la convivencia humana, que deberá estar marcada siempre por el respeto a
la dignidad humana y al bien común de la sociedad.
Permitidme, por último, manifestar mi aprecio por la pastoral
penitenciaria de Río de Janeiro, deseando que este servicio de la archidiócesis
siga ofreciendo consuelo humano y orientación religiosa a quienes
atraviesan momentos difíciles en su vida.
Queridos amigos, dejad que os diga hoy: «¡Ánimo! El Señor
está con vosotros. No os desesperéis. Haced de este tiempo de
dolor un tiempo de reparación y purificación personal.
Reconciliaos con Dios y con vuestro prójimo». Con la ayuda de
vuestras familias, de vuestros amigos y de la Iglesia, que hoy está
especialmente a vuestro lado, os deseo que podáis encontrar un lugar en
la sociedad, para que sigáis sirviéndola como buenos ciudadanos y
hombres responsables para el bien común.
Por la intercesión de María, nuestra Madre, Consuelo de los
afligidos, os bendigo de todo corazón a vosotros y a vuestras familias.
Vaticano, 30 de septiembre de 1997.