1. Montecassino... ¿Qué os dice esta palabra a todos
vosotros, presentes hoy en este cementerio? Os dice muchísimo: habla
de la victoria obtenida allí, y también del precio que
tuvieron que pagar por ella los polacos, combatiendo como aliados de otras
naciones. Esa alianza fue la consecuencia de los acontecimientos que se
iniciaron el 1 de septiembre de 1939. La República polaca buscaba
por aquel entonces aliados en Occidente, porque era consciente de que ella sola
no podía afrontar la invasión de la Alemania hitleriana. Pero quizá
no sólo por esa razón. Los polacos se daban cuenta de que la lucha
que debían afrontar, no sólo constituía un imperativo
patriótico para defender la independencia del Estado que habían
reconquistado hacía poco, sino también revestía un
significado más amplio para toda Europa. Europa debía
defenderse de la misma amenaza de la que se defendía Polonia. El sistema
nacionalsocialista era contrario -por decirlo así- al "espíritu
europeo". No se podían intentar ininterrumpidamente soluciones
aparentes para ese problema. Esos intentos tuvieron como consecuencia nuevas víctimas
con la invasión de Checoslovaquia. Ciertamente se habrían
verificado resultados similares, si Europa no se hubiera decidido a dar un paso
firme incluso en sentido militar. Por eso, la decisión que tomó la
República polaca en 1939 fue justa. En efecto, resultaba claro que no
era posible defender Europa sin decidirse por una guerra defensiva, cuyo
primer eslabón fue precisamente Polonia, en 1939.
2. La victoria de Montecassino tuvo lugar casi cinco años
después, el 18 de mayo de 1944. Estaba a punto de terminar la terrible
guerra mundial, que no sólo había atravesado casi enteramente
Europa, sino que también había implicado en su vorágine a
algunos Estados extraeuropeos, sobre todo a Estados Unidos, en la formación
de los aliados, y a Japón, con el así llamado Eje. Para comprender
lo que sucedió en Montecassino, se necesita introducir en nuestra reflexión
otra fecha del pasado: el 17 de septiembre de 1939, cuando Polonia, que
se defendía desesperadamente de la invasión del oeste, fue atacada
por el este. Y eso perjudicó el curso de los acontecimientos de aquel
septiembre polaco, dando inicio a una doble ocupación, con los
campos de concentración hitlerianos en occidente y los soviéticos
en oriente. En el este se consumó el drama de Katyn, que sigue
siendo hasta hoy un testimonio singular de la lucha que empezó allí.
Para comprender los hechos de Montecassino, es preciso tener ante los
ojos también ese capítulo oriental de nuestra historia, porque
el ejército comandado por el general Wladyslaw Anders, que desempeñó
un papel tan importante en la batalla de Montecassino, estaba formado en gran
parte por polacos que habían sido deportados a la Unión Soviética.
Además de ellos, había soldados y oficiales que habían
pasado clandestinamente desde la Polonia ocupada a occidente, a través de
Hungría, con la intención de continuar allí la lucha por la
independencia de su patria. Montecassino fue una etapa importante de esa lucha.
Los soldados que participaron en esa batalla estaban convencidos de que, contribuyendo
a la solución de los problemas de toda Europa, recorrían el camino
que los llevaba a la Polonia independiente.
3. Vosotros, que habéis combatido aquí, lleváis en el
corazón el recuerdo de todos vuestros compañeros de armas.
Habéis venido aquí para visitar el cementerio militar polaco de
Montecassino, donde reposan también el general Wladyslaw Anders y el
arzobispo Józef Gawlina, pastor fiel del ejército polaco en los
campos de batalla. Aquí reposan muchos de vuestros compañeros:
soldados y oficiales cuyos nombres no son sólo polacos, sino también
ucranios, bielorrusos o judíos. Todos tomaron parte en la lucha por esa
gran causa, como testimonian los cementerios de Montecassino, Loreto,
Bolonia o Casamassima. Nuestro recuerdo y nuestra oración se dirigen a
los caídos que, en el momento de dar su vida, pensaron en sus seres
queridos que estaban en Polonia. Su muerte fue el testimonio de la disposición
que caracterizaba por aquel entonces a toda la sociedad: dar la vida por la
santa causa de la patria.
No podemos olvidar que en el mismo año 1944, algunos meses más
tarde, estalló la insurrección de Varsovia, episodio
correspondiente al de la batalla de Montecassino. Los polacos que estaban en su
patria consideraron que había que comenzar esa batalla, para manifestar
que Polonia luchaba, desde el primer día hasta el último, por
defender no sólo su libertad, sino también el futuro de Europa y
del mundo. Estaban convencidos de que el ejército soviético,
que ya se hallaba cerca de Varsovia, junto con las fuerzas polacas que habían
surgido en el territorio de la Unión Soviética, contribuiría
de modo decisivo al éxito de la insurrección de Varsovia. Pero por
desgracia no fue así. Sabemos que Polonia, a causa de la insurrección
de Varsovia, pagó un precio altísimo: no sólo la muerte de
miles de polacos y polacas de mi generación, sino también la
destrucción casi total de la capital.
4. Con esa imagen de hace cincuenta años ante nuestros ojos, tenemos
que repetir una vez más esta palabra: Montecassino, nombre que encierra
un significado mucho más antiguo que el que se le atribuyó en
1944. Hay que volver atrás quince siglos, a los tiempos de san Benito.
Precisamente en Montecassino se erigió una de aquellas abadías
benedictinas que iniciaron la formación de Europa. Los
historiadores demuestran que gracias al principio benedictino ora et labora,
tras la caída del imperio romano de occidente y las migraciones de los
pueblos, empezó a nacer esta Europa, cuyas bases civiles y culturales se
han conservado hasta hoy. Ésta es la Europa cristiana. San Benito
en occidente, al igual que san Cirilo y san Metodio en oriente, contribuyó
a la cristianización de Europa durante el primer milenio. Más aún:
las naciones europeas les deben los comienzos de su cultura y de esta civilización
occidental que, desarrollándose a lo largo de los siglos, se ha extendido
también a otros continentes.
¿Qué representa, desde este punto de vista, la batalla de
Montecassino? Fue el enfrentamiento de dos "proyectos": uno,
tanto en oriente como en occidente, tendía a desarraigar a Europa de
su pasado cristiano, ligado a sus patronos y, en especial, a san Benito; el
otro tendía a defender la tradición cristiana de Europa y "el
espíritu europeo". El hecho de que la abadía de
Montecassino haya sido arrasada reviste el valor de un símbolo. Cristo
dice: "Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo;
pero si muere, da mucho fruto" (Jn 12, 24). Se comprende que la
antigua abadía de Montecassino tenía que ser destruida para
que, sobre sus ruinas, comenzara una vida nueva para toda Europa. Y, en
cierto sentido, así sucedió. Sobre las ruinas de la segunda guerra
mundial comenzó la construcción del edificio de la Europa unida, y
sus primeros constructores se inspiraron decididamente en las raíces
cristianas de la cultura europea.
5. Los polacos no pudimos tomar parte directamente en la reconstrucción
cristiana de Europa, emprendida en Occidente. Nos quedamos con las ruinas de
nuestra capital. Aunque éramos aliados de los vencedores, nos hallábamos
en la situación de los derrotados a los que, durante más
de cuarenta años, se les impuso el dominio desde el este en el ámbito
del bloque soviético. Y así, para nosotros, la lucha no terminó
en 1945; fue necesario reanudarla desde el principio. También a nuestros
vecinos les ocurrió lo mismo. Por eso, junto con el recuerdo de la
victoria de Montecassino, hay que afirmar hoy la verdad sobre todos los
polacos y polacas, que en un Estado aparentemente independiente, fueron
víctimas de un sistema totalitario. En su patria dieron su vida por
la misma causa por la que murieron los polacos en 1939, después durante
toda la ocupación y, por último, en Montecassino y en la
insurrección de Varsovia. Hay que recordar a cuantos murieron también
a manos de las instituciones polacas y de los servicios de seguridad, que
siguieron al servicio del sistema impuesto desde el este. Es preciso
recordarlos, por lo menos antes Dios y ante la historia, para no ofuscar la
verdad sobre nuestro pasado en este momento decisivo de la historia. La
Iglesia recuerda a sus mártires en los martirologios. No se puede
permitir que en Polonia, especialmente en la Polonia contemporánea, no se
reconstruya el martirologio de la nación polaca.
6. Ése es el precio que hemos pagado por nuestra independencia
actual. Si después de la primera guerra mundial fue necesario combatir
para que Polonia volviera a aparecer en el mapa de Europa, después de la
segunda guerra mundial nadie tenía dudas a ese respecto. La nación
polaca había pagado un precio muy alto; había recuperado su
derecho a existir como Estado con esfuerzos y sufrimientos tan grandes, que ni
siquiera nuestros enemigos -digámoslo: nuestros dudosos amigos
del este y del oeste- pudieron poner en tela de juicio ese derecho. Hay que
decir esto también hoy, con ocasión del gran aniversario de la
batalla de Montecassino, porque reviste un significado fundamental para nuestro
presente polaco y europeo. Y si no se puede separar el "hoy" del
pasado, de toda la historia y, especialmente, de los cincuenta años
que acaban de pasar, tampoco se puede olvidar que cada "hoy"
humano introduce a un futuro humano. ¿Cómo será el mañana
de Polonia y de Europa? Muchos elementos encierran buenas promesas para ese mañana.
Al parecer, Europa se ha separado de los peligrosos sistemas que la han dominado
durante este siglo XX, y es común la voluntad de una coexistencia pacífica
entre las naciones. ¿Es ésta también la voluntad de construir
su futuro en el espíritu de Montecassino? Montecassino representa un símbolo
purificado por la experiencia de la historia. Pero ¿acaso no debemos
sentir miedo de no ser capaces de sacar las justas conclusiones de esa
experiencia, dejándonos engañar por otros espíritus,
que tienen poco en común con el de Montecassino o que, incluso, se oponen
a él, hasta el punto de ser responsables, quizá, de su destrucción
sistemática?
Por ese motivo, no podemos concluir nuestra meditación con ocasión
del 50º aniversario de la victoria de Montecassino sin mencionar esa advertencia
para el futuro y, al mismo tiempo, sin pedir a Dios que permanezca con
nosotros y nosotros con él. Hemos de orar, para que sepamos hacer
buen uso de la libertad reconquistada a un precio tan alto; para volver
a la herencia de san Benito y de san Cirilo y san Metodio, copatronos de
Europa del este y del oeste.
A ellos, como a todos los patronos de nuestra nación, especialmente
al que constituye el símbolo de nuestro siglo, el santo mártir de
Auschwitz, Maximiliano María Kolbe, y también a la Madre de Jasna
Góra, Reina de Polonia, encomiendo a todos los presentes y a toda nuestra
patria, al final del segundo milenio y en vísperas del comienzo del
tercero.
Os bendiga Dios omnipotente, Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Vaticano, 18 de mayo de 1994.