Señor Presidente,
señoras y señores representantes de los Estados
miembros:
1. La tercera Sesión extraordinaria de la Asamblea General
dedicada al desarme, a la cual tengo el honor de dirigir este mensaje, se reúne
en un momento en el que diversas indicaciones de la vida internacional permiten
esperar una conclusión positiva de los esfuerzos realizados para progresar,
gracias a un desarme efectivo, en el camino de la cooperación y de la paz.
La comunidad internacional parece dudar hoy, y con razón, entre
la inquietud frente a los conflictos locales que se agudizan y la esperanza que
suscita especialmente la determinación de las dos grandes potencias del
hemisferio norte de lograr varios acuerdos de desarme.
Pero el proyecto de desarme no alcanzaría su objetivo si la
aspiración hacia la paz no fuese compartida por todas las naciones y si éstas no
deseasen comprometerse todas en un común proceso de reducción de las tensiones y
de las amenazas de guerra. Ahora bien, la paz requiere, por su misma naturaleza,
una profundización de los valores éticos que dan cohesión a las relaciones entre
los pueblos y los Estados. Para que la paz sea realidad, es necesario que la
humanidad recurra a sus recursos espirituales más profundos y universales.
La invitación de vuestro estimado Secretario General para que me
dirija a vuestra Asamblea, que enlaza con las hechas a mi predecesor Pablo en
1978, y a mí mismo en 1982, muestra además la importancia que concedéis a estos
aspectos, en relación con los cuales la Santa Sede tiene un título
universalmente reconocido para hacer oír su voz.
Es natural que un tema tan íntimamente ligado a la causa de la
paz como el desarme haya atraído desde siempre la atención de la Santa Sede. Los
principios morales que la Iglesia saca del Evangelio y que tienen sus raíces en
la conciencia de todo hombre, son válidos, a sus ojos, para todas las
comunidades hermanas y en todas las circunstancias. La paz es un bien al que
todo ser humano aspira, sean cuales sean sus raíces culturales o los sistemas
sociales a los que pertenece.
2. El desarme no es un fin en sí mismo. El fin es la paz, para
la cual la seguridad es uno de los factores esenciales. Ahora bien, la evolución
de las relaciones internacionales hace hoy aparecer el desarme como una
condición esencial, si no la primera, para la seguridad, puesto que abre el
camino, por un fenómeno de sinergia, a la eclosión de los otros factores de
estabilidad y de paz. En efecto, a nadie le ha de pasar inadvertido que el tipo
de seguridad sobre el que reposa desde hace varios decenios nuestro planeta —el
del equilibrio del terror por medio de la disuasión nuclear— es una seguridad
con riesgos demasiado elevados. Esta toma de conciencia ha de empujar a las
naciones a abordar con urgencia una nueva fase en sus relaciones, la misma por
la cual trabajáis vosotros con vistas a eliminar definitivamente el espectro de
una guerra nuclear y de todo conflicto armado.
La progresiva eliminación, equilibrada y controlada, de las
armas de destrucción en masa y la estabilización de los sistemas de defensa de
los diferentes países al más bajo nivel posible de armamento, es un objetivo
sobre el que se debería obtener el necesario consenso, como un primer paso hacia
el aumento de la seguridad.
3. La segunda Sesión extraordinaria consagrada al desarme no
pudo llegar a los esperados resultados, en buena medida, parece ser, por las
tensiones entonces existentes en las relaciones Este-Oeste. La mejora de estas
mismas relaciones a la que asistimos no puede dejar de repercutir favorablemente
sobre los esfuerzos de la comunidad internacional entera. La firma del Tratado
de Washington el pasado diciembre ha de recibirse como una gran novedad, sobre
todo porque las mismas partes han declarado —como lo confirma su actual
encuentro en la cumbre, en Moscú— que no era más que un comienzo, y no un punto
de llegada en el camino del efectivo desarme.
Si las negociaciones entre las dos superpotencias permiten
esperar, a breve plazo, la conclusión de nuevos acuerdos de desarme, estos
éxitos no nos hacen olvidar la importancia de un acercamiento multilateral
complementario en la cuestión del desarme: por el contrario, no hacen más que
destacarla. Este acercamiento tiene el mérito de intensificar los esfuerzos con
vistas al desarme en una triple y permanente dirección:
— examinar todos los aspectos interdependientes del desarme, no
sólo nuclear, sino también químico y convencional;
— comprometer a todas las naciones para que asuman sus
responsabilidades en la preparación y aplicación de las medidas de desarme;
— reforzar el consenso en torno a los principios éticos a
observar y a las prioridades para una acción internacional concreta.
Si bien el diálogo multilateral y global resulta más difícil que
la negociación bilateral, solo aquél permite ver la trama del desarme en toda su
complejidad. En seguida aparecerá claro que, si el proceso de desarme tiene por
fin la seguridad y la paz, no se pueden ignorar las causas profundas que
condicionan la paz.
El esfuerzo de desarme no puede, pues, concernir tan sólo
algunos países ni concentrarse en un único tipo de armamento. Ha de apuntar a
hacer desaparecer todas las amenazas que pesan sobre la seguridad y sobre la
paz, tanto a nivel regional como mundial.
4. Un plan de desarme global ha de adoptarse sin restricciones,
con la voluntad de pasar, al menos, de una situación peligrosa de sobrearmamento
ofensivo a una situación de equilibrio de armas defensivas al nivel más bajo
compatible con la seguridad común.
a) La primera decisión que se impone es evidentemente la de
parar la carrera de armamentos. Esta exigencia concierne tanto a los productores
como a los compradores de armas. Es cierto, que mientras los diversos países se
vean obligados a dotarse de medios de defensa adecuados para disuadir o repeler
una eventual agresión, será inevitable que los modernicen o renueven. Pero más
allá de este límite, todo crecimiento o perfeccionamiento de los armamentos
hipotecaría la posibilidad misma de llegar al deseado fin, y debe, pues, ser
decididamente virado.
b) Se trata más bien de proceder a la reducción equilibrada o a
la eliminación de las armas existentes. Es lo que las superpotencias han
declarado que quieren hacer, proponiéndose disminuir a la mitad sus arsenales
estratégicos. Hay que desear que este movimiento comenzado pueda consolidarse y
extenderse a todos los países, tomando rápidamente en consideración las amenazas
que aún hacen pesar los desequilibrios tácticos, convencionales y otros.
c) Las discusiones que se desarrollan en el seno de la
Conferencia de desarme sobre la eliminación de las armas químicas, han
registrado un evidente progreso, que desearíamos vivamente desembocase en una
nueva Convención internacional. Si hay un campo en el cual un acuerdo
multilateral se impone, es evidentemente el de este tipo de arma indigna de la
humanidad. El hecho de que esta arma haya podido ser usada de nuevo
recientemente, muestra la urgencia de búsquedas más eficaces para precisar mejor
los métodos de control internacional, que garanticen no sólo que las armas
químicas no produzcan va, sino también que los stocks existentes sean
destruidos. Es importante que todos los Estados sin excepción adhieren lealmente
a una Convención así. Para todos, la renuncia a las armas químicas. así como a
las armas bacteriológicas y a todas las armas de destrucción de masa, es antes
de nada una cuestión de moral.
d) No puedo aquí dejar en silencio la amenaza que supone el
comercio de armas, cuyas nefastas consecuencias se hacen sentir en las guerras
que se prolongan entre países en desarrollo. Si el derecho es impotente para
defender a los países débiles, corresponde a la sociedad internacional
comprometerse eficazmente, conforme a la Carta de vuestra Organización, para que
se tomen las medidas apropiadas, aptas para prevenir posibles agresiones.
5. Todo esfuerzo internacional de desarme ha de recibir su
eficacia de los principios fundamentales de la convivencia pacífica. Es así
como, saludando con satisfacción, el 1 de enero de 1985, la reanudación por
parte de las dos grandes potencias, de negociaciones con vistas al desarme,
sugerí dar cuerpo a una “nueva filosofía de las relaciones internacionales”, que
orienten la acción en una doble dirección:
— la primera es una invitación a los Estados a poner en cuestión
sus egoísmos nacionales y sus ideologías expansionistas, que les empujan a
autoafirmarse con la negación de la diferencia y con el miedo de los demás;
— la segunda es asumir solidariamente la carga que suponen las
profundas condiciones de la paz: el respeto de los derechos humanos y el
desarrollo.
La reducción y eliminación de las armas no son, en efecto, más
que el resultado visible de otro proceso de desarme más profundo, el de los
espíritus y los corazones, según la expresión ya empleada por mis predecesores.
Nadie duda, por otra parte, que el desarme ha de ir acompañado
por una intensificación del esfuerzo de desarrollo. La Conferencia internacional
que tuvo lugar en 1987 en la sede de vuestra Organización, sobre el tema de la
relación entre el desarme y el desarrollo, ha tenido como resultado constatar,
entre otras cosas, que el efectivo desarme puede crear un clima nuevo favorable
a las transferencias de recursos y tecnológicas hacia los países en desarrollo.
Transferir capitales y conocimientos que crean empleos y mejoran las condiciones
de existencia de los hombres, contribuye más eficazmente a la seguridad que
vender armas.
El desarme con miras al desarrollo es una cuestión de elección
ética y de voluntad política concertada. Deseo vivamente que la comunidad
internacional haga esta elección. dado que el desarme con miras al desarrollo
comporta la reducción de las diferencias entre el Norte y el Sur, y atenúa al
mismo tiempo una de las causas del desequilibrio mundial más cargada de amenazas
para la paz.
6. La causa de la paz requiere, pues, hoy prioridad, no sólo de
un suplemento de saber estratégico o tecnológico, sino un suplemento de
conciencia y de fuerzas morales. Las más altas tradiciones religiosas y
filosóficas, a las cuales hacen referencia los pueblos que representáis,
contienen recursos espirituales suficientes para dar impulso y ánimo a todos
aquellos que no se cansan de construir y reconstruir la convivencia pacífica
entre las naciones. La “nueva filosofía de las relaciones internacionales” a la
cual he aludido, no es sinónimo de utopía, se inspira en el supremo realismo de
la solidaridad y de la esperanza.
¡ Que Dios bendiga vuestros trabajos para asegurar al mundo la
paz!
Vaticano, 31 de mayo de 1988.