MENSAJE DEL SANTO PADRE PARA LA XXIX
JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ
1 Enero 1996
1. Al final de 1994, Año internacional de la familia, dirigí a
los niños de todo el mundo una carta, pidiéndoles que rezasen para
que la humanidad llegue a ser cada vez más familia de Dios, capaz
de vivir en concordia y paz. Además, no he dejado de expresar mi viva
preocupación por los niños víctimas de los conflictos bélicos
y de otras formas de violencia, llamando la atención de la opinión
pública mundial sobre estas graves situaciones.
Al inicio del nuevo año, mi pensamiento se dirige una vez más
a los niños y a sus legítimas aspiraciones de amor y serenidad.
De entre ellos siento el deber de recordar particularmente a los marcados
por el sufrimiento, quienes a menudo llegan a adultos sin haber
experimentado nunca lo que es la paz. La mirada de los pequeños debería
ser siempre alegre y confiada; sin embargo con frecuencia está llena de
tristeza y miedo: ¡ya han visto y padecido demasiado en los pocos años
de su vida!
¡Demos a los niños un futuro de paz! Ésta es la
llamada que dirijo confiado a los hombres y mujeres de buena voluntad, invitando
a cada uno a ayudar a los niños a crecer en un clima de auténtica
paz. Es un derecho suyo y es un deber nuestro.
Niños víctimas de la guerra
2. Tengo presente la gran cantidad de niños que he podido encontrar a
lo largo de mi pontificado, especialmente en los viajes apostólicos a
cada continente. Niños serenos y llenos de alegría. Pienso en
ellos al inicio del nuevo año. Deseo a todos los niños del mundo
que comiencen con gozo el año 1996 y que puedan transcurrir una niñez
serena, ayudados en ello por el apoyo de adultos responsables.
Quisiera que en todas partes la relación armónica entre
adultos y niños favoreciese un clima de paz y de auténtico
bienestar. Lamentablemente, no son pocos en el mundo los niños víctimas
inocentes de las guerras. En los últimos años han sido heridos y
muertos a millones: una verdadera masacre.
La especial protección establecida para la infancia por las normas
internacionales ha sido ampliamente inobservada y los conflictos regionales e
interétnicos, multiplicados de un modo excesivo, hacen vana la tutela
prevista por las normas humanitarias (cf. Convención de las Naciones
Unidas del 20 de noviembre de 1989 sobre los derechos de los niños, en
particular el art. 38; Convención de Ginebra del 12 de agosto de 1949
para la protección de las personas civiles en tiempo de guerra, art. 24;
Protocolos I y II del 12 de diciembre de 1977, etc). Los niños han
llegado incluso a ser blanco de los francotiradores, sus escuelas destruidas
premeditadamente y bombardeados los hospitales donde son curados. Ante
semejantes y monstruosas aberraciones, ¿cómo no levantar la voz para
una condena unánime? La muerte deliberada de un niño constituye
una de las manifestaciones más desconcertantes del eclipse de todo
respeto por la vida humana (cf. carta encíclica Evangelium vitae,
n. 3, 25 de marzo de 1995: AAS 87 [1995] 404).
Además de los niños asesinados, quiero también recordar
a los mutilados durante los conflictos bélicos y a consecuencia de los
mismos. Finalmente, mi pensamiento se dirige a los niños sistemáticamente
perseguidos, violentados y eliminados durante las llamadas «limpiezas étnicas».
3. No hay sólo niños que sufren la violencia de las guerras;
no pocos de ellos son obligados a ser sus protagonistas. En algunos países
del mundo se ha llegado a obligar a chicos y chicas, incluso muy jóvenes,
a prestar servicio en las formaciones militares de las partes en lucha.
Seducidos por la promesa de comida e instrucción escolar, son conducidos
a campamentos aislados, donde padecen hambre y malos tratos, y donde son
instigados a matar incluso a personas de sus propias poblaciones. A menudo son
enviados como avanzada para limpiar los campos minados. ¡Evidentemente su
vida vale muy poco para quien se sirve así de ellos!
El futuro de estos niños con armas está con frecuencia
marcado. Después de años de servicio militar, algunos son
simplemente licenciados y enviados a casa, y a menudo no logran reintegrarse en
la vida civil. Otros, avergonzándose de haber sobrevivido a sus compañeros,
acaban cayendo en la delincuencia o en la droga. ¡Quién sabe los
fantasmas que continuarán turbando sus ánimos! ¿Podrán
alguna vez desaparecer de su mente tantos recuerdos de violencia y de muerte?
Merecen un vivo reconocimiento aquellas organizaciones humanitarias y
religiosas que se esfuerzan por aliviar sufrimientos tan inhumanos. También
se debe agradecimiento a las personas de buena voluntad y a las familias que
ofrecen acogida amorosa a los pequeños que han quedado huérfanos,
prodigándose por sanar sus traumas y favorecer su reinserción en
sus comunidades de origen.
4. El recuerdo de millones de niños asesinados, los ojos tristes de
tantos de sus coetáneos que sufren cruelmente nos invitan a emplear
todas las vías posibles para salvaguardar o restablecer la paz,
haciendo cesar los conflictos y las guerras.
Con anterioridad a la IV Conferencia mundial sobre la mujer, celebrada en
Pekín el pasado mes de septiembre, invité a las instituciones
caritativas y educativas católicas a adoptar una estrategia coordinada y
prioritaria en relación con las niñas y las jóvenes,
especialmente las más pobres (cf. Mensaje a la delegación
de la Santa Sede para la IV Conferencia mundial sobre la mujer, 29 de agosto de
1995: L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española,
1 de septiembre de 1995, p. 2). Deseo ahora renovar esa llamada, extendiéndola
de modo particular a las instituciones y organizaciones católicas que se
dedican a los menores: ayudad a las niñas que han sufrido a causa de la
guerra o de la violencia; enseñad a los chicos a reconocer y respetar la
dignidad de la mujer; ayudad a la infancia a redescubrir la ternura del amor de
Dios, que se hizo hombre y que, muriendo, dejó al mundo el don de su paz
(cf. Jn 14, 27).
No me cansaré de repetir que, desde las más altas
organizaciones internacionales a las asociaciones locales, desde los jefes de
Estado hasta el ciudadano corriente, todos estamos llamados, tanto diariamente
como en las grandes ocasiones de la vida, a dar nuestra contribución
a la paz y a rechazar cualquier apoyo a la guerra.
Niños víctimas de varias formas de violencia
5. Millones de niños sufren a causa de otras formas de violencia,
presentes tanto en las sociedades afectadas por la miseria como en las
desarrolladas. Son violencias con frecuencia menos manifiestas, pero no por ello
menos terribles.
La Conferencia internacional para el desarrollo social, celebrada este año
en Copenhague, ha señalado la relación entre pobreza y violencia
(cf. Declaración de Copenhague, 16) y en esa ocasión los
Estados se han comprometido a combatir de modo más firme la plaga de la
miseria con iniciativas a nivel nacional a partir de 1996 (cf. Programa de
acción, capítulo II). Éstas fueron también las
orientaciones surgidas de la precedente Conferencia mundial de la ONU, dedicada
a los niños (Nueva York, 1990). En realidad, la miseria está en el
origen de condiciones de existencia y de trabajo inhumanas. En algunos países
hay niños obligados a trabajar desde su infancia, maltratados, castigados
violentamente, remunerados con una paga irrisoria: al no tener manera de hacerse
respetar, son los más fáciles de chantajear y explotar.
Otras veces son objeto de compraventa (cf. Programa de acción,
39, e), para ser utilizados en la mendicidad o, peor aún, para ser
introducidos en la prostitución, en el ámbito del llamado «turismo
sexual», fenómeno absolutamente despreciable que degrada a quien lo
practica y también a todos los que de algún modo lo favorecen.
Existen, además, personas que no tienen escrúpulos en reclutar niños
para actividades criminales, especialmente para el tráfico de drogas, con
el riesgo, entre otras cosas, de quedar enganchados en el uso de tales
sustancias.
No son pocos los niños que acaban por tener como único lugar
de vida la calle: tras haber escapado de casa, o haber sido abandonados por la
familia, o simplemente privados para siempre de un ambiente familiar, viven
precariamente, en estado de total abandono, considerados por muchos como
desechos de los que hay que desprenderse.
6. La violencia sobre los niños lamentablemente no falta ni siquiera
en familias que viven en condiciones de desahogo y bienestar. Afortunadamente se
trata de episodios poco frecuentes, pero es importante de todos modos no
ignorarlos. Sucede, a veces, que dentro de las mismas paredes del hogar, y
precisamente por obra de las personas en las que parecería justo poner
plena confianza, los pequeños sufren prevaricaciones y vejaciones con
efectos perjudiciales para su desarrollo.
Además, son muchos los niños que deben soportar los traumas
derivados de las tensiones entre los padres o de la misma ruptura de la familia.
La preocupación por su bien no logra frenar medidas dictadas con
frecuencia por el egoísmo y la hipocresía de los adultos. Detrás
de una apariencia de normalidad y serenidad, más convincente aún
por la abundancia de bienes materiales, los niños se ven a veces
obligados a crecer en una triste soledad, sin una justa y amorosa guía y
sin una adecuada formación moral. Abandonados a sí mismos,
encuentran habitualmente su principal punto de referencia en la televisión,
cuyos programas presentan a menudo modelos de vida irreales o corruptos, frente
a los que su frágil discernimiento no es todavía capaz de
reaccionar.
¿Cómo sorprenderse de que una violencia tan multiforme e
insidiosa acabe por penetrar también en sus corazones jóvenes
cambiando su natural entusiasmo en desencanto o cinismo, su espontánea
bondad en indiferencia y egoísmo? De este modo, persiguiendo falaces
ideales, la infancia corre el riesgo de encontrar amargura y humillación,
hostilidad y odio, absorbiendo la insatisfacción y el vacío de los
que está impregnado el ambiente circundante. Es bien sabido que las
experiencias de la infancia tienen repercusiones profundas y a veces
irremediables para el resto de la vida.
Es difícil esperar que los niños sepan un día construir
un mundo mejor, cuando se ha faltado al deber preciso de su educación
para la paz. Ellos tienen necesidad de «aprender la paz»: es un
derecho suyo que no puede ser desatendido.
Niños y esperanzas de paz
7. He querido poner claramente de relieve las condiciones, con frecuencia
dramáticas, en que viven muchos niños de hoy. Lo considero un
deber: ellos serán los adultos del tercer milenio. Sin embargo, no
pretendo ceder al pesimismo, ni ignorar los elementos que invitan a la
esperanza. ¿Cómo no hablar, por ejemplo, de tantas familias en todo
el mundo donde los niños crecen en un ambiente sereno? ¿cómo
no recordar los esfuerzos que tantas personas y organismos hacen para asegurar a
los niños en dificultad un desarrollo armónico y gozoso? Son
iniciativas de entidades públicas y privadas, de familias y de
comunidades encomiables, cuyo único objetivo es hacer que los niños
que se han visto envueltos en cualquier vicisitud traumática vuelvan a
una vida normal. Son, en particular, propuestas concretas de procesos educativos
encaminados a valorizar completamente cada potencialidad personal, para hacer de
los muchachos y de los jóvenes auténticos artífices de paz.
Tampoco debe olvidarse la mayor conciencia de la comunidad internacional que
en estos últimos años, a pesar de dificultades y titubeos, se
esfuerza por afrontar con decisión y discernimiento los problemas de la
infancia.
Los resultados alcanzados animan a proseguir este empeño tan loable.
Si se les ayuda y ama convenientemente, los niños mismos saben hacerse
protagonistas de paz, constructores de un mundo fraterno y solidario.
Con su entusiasmo y con la naturalidad de su entrega, pueden llegar a ser «testigos»
y «maestros» de esperanza y de paz en beneficio de los mismos adultos.
Para no desperdiciar esta potencialidad, es preciso ofrecer a los niños,
con el debido respeto a su personalidad, toda oportunidad favorable para una
maduración equilibrada y abierta.
Una infancia serena permitirá a los niños mirar con confianza
la vida y el mañana. ¡Ay de los que apagan en ellos el ímpetu
gozoso de la esperanza!
Niños en escuela de paz
8. Los pequeños aprenden muy pronto a conocer la vida. Observan e
imitan el modo de actuar de los adultos. Aprenden rápidamente el amor y
el respeto por los demás, pero asimilan también con prontitud los
venenos de la violencia y del odio. La experiencia que han tenido en la familia
condicionará fuertemente las actitudes que asumirán de adultos.
Por tanto, si la familia es el primer lugar donde se abren al mundo, la
familia debe ser para ellos la primera escuela de paz.
Los padres tienen una posibilidad extraordinaria de dar a conocer a sus
hijos este valor: el testimonio de su amor recíproco. Al amarse,
permiten al hijo, desde el comienzo de su existencia, crecer en un ambiente de
paz, impregnado de aquellos elementos positivos que constituyen de por sí
el verdadero patrimonio familiar: estima y acogida recíprocas, escucha,
participación, gratuidad, perdón. Gracias a la reciprocidad que
promueven, estos valores representan una auténtica educación para
la paz y hacen al niño, desde su más tierna edad, constructor
activo de ella.
Él comparte con sus padres y hermanos la experiencia de la vida y de
la esperanza, viendo cómo se afrontan con humildad y valentía las
inevitables dificultades, y respirando en cada circunstancia un clima de estima
por los demás y de respeto de las opiniones diversas de las propias.
Es, sobre todo, en casa donde, antes incluso de cualquier palabra, los pequeños
deben experimentar, en el amor que los rodea, el amor de Dios por ellos, y
aprender que él quiere paz y comprensión recíproca entre
todos los seres humanos llamados a formar una única y gran familia.
9. Pero, además de la educación familiar fundamental, los niños
tienen derecho a una específica formación para la paz en la
escuela y en las demás estructuras educativas, las cuales tienen la
misión de hacerles comprender gradualmente la naturaleza y las exigencias
de la paz dentro de su mundo y de su cultura. Es necesario que los niños
aprendan la historia de la paz y no sólo la de las guerras
ganadas o perdidas.
¡Que se les ofrezca, por tanto, ejemplos de paz y no de violencia!
Afortunadamente, se pueden encontrar numerosos de estos modelos positivos en
cada cultura y en cada período de la historia. Es preciso crear
iniciativas educativas adecuadas, promoviendo con creatividad vías
nuevas, sobre todo donde más acuciante es la miseria cultural y moral.
Todo debe estar dispuesto para que los pequeños lleguen a ser
heraldos de paz.
Los niños no son una carga para la sociedad, ni son instrumentos de
ganancia, ni simplemente personas sin derechos; son miembros valiosos de la
familia humana, cuyas esperanzas, expectativas y potencialidades encarnan.
Jesús, camino para la paz
10. La paz es don de Dios; pero depende de los hombres acogerlo para
construir un mundo de paz. Ellos podrán hacerlo sólo si tienen
la sencillez de corazón de los niños. Éste es uno de
los aspectos más profundos y paradójicos del anuncio cristiano:
hacerse pequeño, antes que ser una exigencia moral, es una dimensión
del misterio de la Encarnación.
En efecto, el Hijo de Dios no vino en potencia y gloria, como sucederá
al final de los tiempos, sino como niño necesitado y de condición
pobre. Compartiendo enteramente nuestra condición humana, excepto en el
pecado (cf. Hb 4, 15), asumió también la fragilidad y
las expectativas de futuro propias de la infancia. Desde aquel momento
decisivo para la historia de la humanidad, despreciar la infancia es al mismo
tiempo despreciar a Aquel que ha querido manifestar la grandeza de un amor
dispuesto a rebajarse y a renunciar a toda gloria para salvar al hombre.
Jesús se identificó con los pequeños, y cuando los Apóstoles
discutían sobre quién era el más grande, «tomó
a un niño, lo puso a su lado, y les dijo: "El que reciba a este niño
en mi nombre, a mí me recibe; y el que me reciba a mí, recibe a
Aquel que me ha enviado"» (Lc 9, 47-48). El Señor nos
puso muy en guardia contra el riesgo de escandalizar a los niños: «Al
que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más
vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los
asnos, y le hundan en lo profundo del mar» (Mt 18, 6).
Pidió a los discípulos que volvieran a ser «niños»
y, cuando ellos intentaron alejar a los pequeños que le rodeaban, se
enfadó: «Dejad que los niños vengan a mí, no se lo
impidáis, porque de los que son como éstos es el reino de Dios. Yo
os aseguro: el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará
en él» (Mc 10, 14-15). De este modo, Jesús invertía
el modo común de pensar. Los adultos deben aprender de los niños
los caminos de Dios: de su capacidad de confianza y de abandono pueden
aprender a invocar con justa familiaridad «Abbá, Padre».
11. Hacerse pequeños como los niños -confiados totalmente al
Padre, revestidos de mansedumbre evangélica-, más que un
imperativo ético, es un motivo de esperanza. Incluso allí
donde fuesen tales las dificultades que desanimasen y tan poderosas las fuerzas
del mal como para atemorizar, la persona que sabe encontrar la sencillez del niño
puede volver a esperar: lo puede ante todo el creyente, consciente de que cuenta
con un Dios que quiere la concordia de todos los hombres en la comunión
pacífica de su Reino; pero lo puede también quien, aun sin
participar del don de la fe, cree en los valores del perdón y de la
solidaridad, y en ellos entrevé -no sin la acción secreta del Espíritu-
la posibilidad de dar un rostro nuevo a la tierra.
Me dirijo, pues, con confianza a los hombres y mujeres de buena voluntad. ¡Unámonos
todos para combatir cualquier forma de violencia y derrotar la guerra! ¡Creemos
las condiciones para que los pequeños puedan recibir como herencia de
nuestra generación un mundo más unido y solidario!
¡Demos a los niños un futuro de paz!
Vaticano, 8 de diciembre de 1995
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