Amadísimos
hermanos y hermanas:
1. El Jubileo,
al que nos estamos acercando a grandes pasos, representa para todos un momento
extraordinario de gracia y reconciliación. Compromete de manera singular también
al mundo de los emigrantes por las grandes analogías existentes entre su
condición y la de los creyentes: “Toda la vida cristiana -escribí en la
carta apostólica Tertio millennio adveniente- es como una gran
peregrinación hacia la casa del Padre” (n. 49). En esta Jornada mundial del
emigrante, que se celebra en el tercer año de preparación para el Jubileo,
quisiera hacer algunas reflexiones a la luz de esa constatación, para
contribuir también de este modo a “ampliar los horizontes del creyente según
la visión misma de Cristo: la visión del Padre celestial, por quien fue
enviado y a quien volvió” (ib.).
2. “La
tierra es mía, ya que vosotros sois para mí como forasteros y huéspedes” (Lv
25, 23). Estas palabras del Señor, que recoge el libro del Levítico,
contienen la motivación fundamental del Jubileo bíblico, al que corresponde,
en los descendientes de Abraham, la conciencia de que son huéspedes y
peregrinos en la tierra prometida.
El Nuevo
Testamento extiende esa convicción a todos los discípulos de Cristo que, al
ser ciudadanos de la patria celestial y conciudadanos de los santos (cf. Ef
2, 19), no tienen morada permanente en la tierra y viven como nómadas (cf. 1
P 2, 11), siempre en busca de la meta definitiva.
Estas categorías
bíblicas vuelven a ser significativas en el actual contexto histórico,
fuertemente marcado por notables flujos migratorios y por un creciente
pluralismo étnico y cultural. Asimismo, subrayan que la Iglesia, presente en
todos los lugares de la tierra, no se identifica con ninguna etnia o cultura,
dado que, como recuerda la Carta a Diogneto, los cristianos “viven en
su patria, pero como forasteros; participan en todo como ciudadanos y todo lo
soportan como extranjeros. Toda tierra extraña es para ellos patria, y toda
patria, tierra extraña. (...) Viven en la tierra, pero son ciudadanos del cielo”
(V, 1-9).
La Iglesia,
por su naturaleza, es solidaria con el mundo de los emigrantes, los cuales, con
su variedad de lenguas, razas, culturas y costumbres, le recuerdan su condición
de pueblo peregrino desde todas las partes de la tierra hacia la patria
definitiva. Esta perspectiva ayuda a los cristianos a evitar toda lógica
nacionalista y a huir de los esquemas ideológicos demasiado estrechos. La
Iglesia les recuerda que es preciso encarnar el Evangelio en la vida, para que
se convierta en su levadura y alma, entre otras cosas gracias al constante
esfuerzo por librarlo de esas incrustaciones culturales que frenan su dinamismo
íntimo.
3. El Antiguo
Testamento manifiesta que Dios se pone de parte del extranjero, es decir, de
parte del pueblo de Israel esclavo en Egipto. En la Nueva Ley, Dios se revela en
Jesús, que nace en un establo, en los márgenes de la ciudad, “porque no había
sitio para ellos en la posada” (Lc 2, 7), y no tiene un lugar donde
reposar la cabeza durante su ministerio público (cf. Mt 8, 20; Lc
9, 58). Además, la cruz, centro de la revelación cristiana, constituye el
momento culminante de esta radical condición de extranjero: Cristo muere
“fuera de la puerta de la ciudad” (Hb 13, 12), rechazado por su
pueblo. Sin embargo, el evangelista san Juan recuerda las palabras proféticas
de Jesús: “Cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn
12, 32) y subraya que precisamente mediante su muerte comenzará a “reunir
en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos” (Jn 11, 52).
Siguiendo el ejemplo del Maestro, también la Iglesia vive su presencia en el
mundo con la actitud de peregrina, esforzándose por ser promotora de comunión,
casa acogedora en la que a todo hombre se le reconozca la dignidad que le otorgó
el Creador.
4. Las
diferencias étnicas y culturales que existen en el seno de la Iglesia podrían
constituir una fuente de división o dispersión si no existiera en ella la
fuerza unificadora de la caridad, virtud que todos los cristianos están
invitados a vivir de modo especial en este último año de preparación
inmediata al Jubileo. En la carta apostólica Tertio millennio adveniente
escribí: “Será oportuno, especialmente en este año, resaltar la virtud
teologal de la caridad, recordando la sintética y plena afirmación de la
primera carta de Juan: 'Dios es amor' (1 Jn 4, 8.16). La caridad, en su
doble faceta de amor a Dios y a los hermanos, es la síntesis de la vida moral
del creyente. Ella tiene en Dios su fuente y su meta” (n. 50).
“Amarás a
tu prójimo como a ti mismo” (Lv 19, 18). En el libro del Levítico
esta afirmación aparece dentro de una serie de mandamientos que prohíben la
injusticia. Uno de ellos prescribe: “Cuando un forastero resida junto a ti, en
vuestra tierra, no le molestéis. Al forastero que reside junto a vosotros, lo
miraréis como a uno de vuestro pueblo; y lo amarás como a ti mismo; pues
forasteros fuisteis vosotros en la tierra de Egipto. Yo soy el Señor, vuestro
Dios” (Lv 19, 33‑34).
La motivación:
“pues forasteros fuisteis vosotros en la tierra de Egipto”, que acompaña
constantemente el mandamiento de respetar y amar al emigrante, no pretende únicamente
recordar al pueblo elegido su condición pasada; también quiere llamar su
atención sobre el comportamiento de Dios, que con generosa iniciativa libró a
su pueblo de la esclavitud y le dio gratuitamente una tierra. “Eras esclavo y
Dios intervino para librarte; por tanto, has visto cómo Dios se comportó con
el emigrante; haz tú lo mismo”, es la reflexión implícita que brota de ese
mandamiento.
5. En el Nuevo
Testamento todas las distinciones entre los seres humanos desaparecen al
derribar Cristo el muro de división entre el pueblo elegido y los paganos. “Él
-escribe san Pablo- es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno,
derribando el muro que los separaba, la enemistad” (Ef 2, 14). Con la
Pascua de Cristo no existen ya el vecino y el lejano, el judío y el pagano, el
aceptado y el excluido.
El cristiano
considera a todo hombre como el “prójimo”, al que es preciso amar. No se
pregunta a quién debe amar, porque preguntarse “¿quién es mi prójimo?”
ya implica poner límites y condiciones. Un día dirigieron esa pregunta a Jesús
y él respondió dándole la vuelta: la pregunta legítima no es “¿quién es
mi prójimo?”, sino “¿de quién debo hacerme prójimo?”. Y la respuesta
es: “cualquiera que sufra necesidad, aunque me sea desconocido, se convierte
para mí en prójimo, al que debo ayudar”. La parábola del buen samaritano
(cf. Lc 10, 30-37) invita a cada uno a superar los confines de la
justicia con la perspectiva del amor gratuito y sin límites.
Además, para
el creyente, la caridad es don de Dios, carisma que, como la fe y la esperanza,
ha sido derramado en nosotros por el Espíritu Santo (cf. Rm 5, 5): en
cuanto don de Dios, no es utopía, sino realidad concreta; es buena nueva,
Evangelio.
6. La
presencia del emigrante interpela la responsabilidad de los creyentes como
individuos y como comunidad. Por lo demás, la expresión privilegiada de la
comunidad es la parroquia. Como recuerda el concilio Vaticano II, ésta
“ofrece un modelo preclaro de apostolado comunitario al congregar en unidad
todas las diversidades humanas que en ella se encuentran, insertándolas en la
universalidad de la Iglesia” (Apostolicam actuositatem, 10). La
parroquia es lugar de encuentro e integración de todos los miembros de una
comunidad. Hace visible y sociológicamente perceptible el proyecto de Dios de
invitar a todos los hombres a la alianza sellada en Cristo, sin excepción o
exclusión alguna.
La parroquia,
que etimológicamente designa una habitación en la que el huésped se encuentra
a gusto, acoge a todos y no discrimina a nadie, porque nadie le es ajeno.
Conjuga la estabilidad y la seguridad de quien se encuentra en su propia casa
con el movimiento o la precariedad de quien está de paso. Donde es vivo el
sentido de la parroquia, se debilitan o desaparecen las diferencias entre autóctonos
y extranjeros, pues prevalece la convicción de la común pertenencia a Dios, único
Padre.
De la misión
propia de toda comunidad parroquial y del significado que reviste dentro de la
sociedad brota la importancia que la parroquia tiene en la acogida del
extranjero, en la integración de los bautizados de culturas diferentes y en el
diálogo con los creyentes de otras religiones. Para la comunidad parroquial no
se trata de una actividad facultativa de suplencia, sino de un deber propio de
su misión institucional.
La catolicidad
no se manifiesta solamente en la comunión fraterna de los bautizados, sino
también en la hospitalidad brindada al extranjero, cualquiera que sea su
pertenencia religiosa, en el rechazo de toda exclusión o discriminación
racial, y en el reconocimiento de la dignidad personal de cada uno, con el
consiguiente compromiso de promover sus derechos inalienables.
En este ámbito
desempeñan un papel destacado los sacerdotes, llamados a ser en la comunidad
parroquial ministros de unidad. A ellos “Dios les da su gracia para que sean
servidores de Cristo entre los pueblos con el ejercicio del ministerio sagrado
del Evangelio. Así, Dios aceptará la ofrenda de los pueblos santificada por el
Espíritu Santo” (Presbyterorum ordinis, 2).
Encontrando en
la celebración diaria del sacrificio divino el misterio de Jesús que dio su
vida para reunir en la unidad a los hijos dispersos, los sacerdotes son
impulsados a ponerse, cada vez con mayor fervor, al servicio de la unidad de
todos los hijos del único Padre celestial, esforzándose para que cada uno
ocupe su lugar en la comunión fraterna.
7.
“Recordando que Jesús vino a evangelizar a los pobres ¿cómo no subrayar más
decididamente la opción preferencial de la Iglesia por los pobres y los
marginados?” (Tertio millennio adveniente, 51). Esta pregunta, que
interpela a toda comunidad cristiana, pone de relieve el laudable compromiso de
tantas parroquias en los barrios donde existen fenómenos como el desempleo, la
concentración en espacios insuficientes de hombres y mujeres de diversa
procedencia, la degradación vinculada con la pobreza, la escasez de servicios y
la inseguridad. Las parroquias constituyen puntos visibles de referencia, fácilmente
perceptibles y accesibles, y son un signo de esperanza y fraternidad a menudo
entre laceraciones sociales notables, tensiones y explosiones de violencia. La
escucha de la misma palabra de Dios, la celebración de las mismas liturgias, la
participación en las mismas fiestas y tradiciones religiosas ayudan a los
cristianos del lugar y a los de reciente inmigración a sentirse todos miembros
de un mismo pueblo.
En un ambiente
nivelado e igualado por el anonimato, la parroquia constituye un lugar de
participación, de convivencia y de reconocimiento recíproco. Contra la
inseguridad, ofrece un espacio de confianza, en el que se aprende a superar los
propios temores; ante la falta de referencia donde encontrar luz y estímulos
para vivir juntos, presenta, a partir del Evangelio de Cristo, un camino de
fraternidad y reconciliación. Puesta en el centro de una realidad marcada por
la precariedad, la parroquia puede llegar a ser un verdadero signo de esperanza.
Canalizando las mejores energías del barrio, ayuda a la población a pasar de
una visión fatalista de la miseria a un compromiso activo, encaminado a cambiar
todos juntos las condiciones de vida.
Numerosos
miembros de las comunidades parroquiales están activamente comprometidos también
en organismos y asociaciones que pretenden mejorar las condiciones de vida de
las poblaciones. A la vez que expreso mi sincero aprecio por esas significativas
realizaciones, exhorto a las comunidades parroquiales a perseverar con valentía
en la labor iniciada en favor de los emigrantes, para ayudar a promover en el
territorio una calidad de vida más digna del hombre y de su vocación
espiritual.
8. Cuando se
habla de emigrantes, no se puede por menos de tener en cuenta las condiciones
sociales de los países de los que proceden. Son naciones donde generalmente se
vive en situación de gran pobreza, que la deuda externa tiende a agravar. En la
carta apostólica Tertio millennio adveniente recordé que “en el espíritu
del libro del Levítico (Lv 25, 8‑28), los cristianos deberán hacerse
voz de todos los pobres del mundo, proponiendo el Jubileo como un tiempo
oportuno para pensar entre otras cosas en una notable reducción, si no en una
total condonación, de la deuda internacional, que grava sobre el destino de
muchas naciones” (n. 51). Se trata de uno de los aspectos que vinculan más
directamente las migraciones con el Jubileo, no sólo porque de esos países
proceden los flujos migratorios más intensos, sino sobre todo porque el Jubileo,
al proponer una visión de los bienes de la tierra que condena su posesión
exclusiva (cf. Lv 25, 23), lleva al creyente a abrirse al pobre y al
extranjero.
En los tiempos
pasados, la creciente brecha entre ricos y pobres, al hacer imposible la
convivencia social, exigía periódicas formas de nivelación para permitir una
reanudación ordenada de la vida social. Así, aboliendo la hipoteca sobre las
personas reducidas a esclavitud por deudas, se restablecía una nueva forma de
igualdad. Las prescripciones del Jubileo bíblico representan una de las muchas
formas de remedio del equilibrio social, producido por la espiral perversa que
envuelve a los que se ven obligados a endeudarse para sobrevivir.
Ese fenómeno,
que entonces concernía a las relaciones de los ciudadanos de una misma nación,
resulta más dramático a causa de la actual globalización de la economía y
del comercio, que afecta a las relaciones entre los Estados y las regiones del
mundo. Para que el desequilibrio entre pueblos ricos y pueblos pobres no llegue
a ser irreversible, con trágicas consecuencias para la humanidad entera, es
preciso también hoy traducir el mandato bíblico en formas concretas y eficaces
que permitan oportunas revisiones de la deuda que tienen los países pobres con
respecto a los países ricos.
Formulo votos
para que el próximo Jubileo, como desean tantos, constituya una ocasión
propicia para encontrar las soluciones oportunas y ofrecer a los países pobres
nuevas condiciones de dignidad y de desarrollo ordenado.
9. “El
Jubileo podrá, además, ofrecer la oportunidad de meditar sobre otros desafíos
(...) como, por ejemplo, la dificultad de diálogo entre culturas diversas” (Tertio
millennio adveniente, 51).
El cristiano
está llamado a evangelizar a los hombres, llegando a ellos donde se encuentren,
a tratarlos con simpatía y con amor, a interesarse por sus problemas, a conocer
y apreciar su cultura, a ayudarlos a superar los prejuicios. Esta forma concreta
de cercanía a tantos hermanos que sufren necesidad los preparará para el
encuentro con la luz del Evangelio y, estableciendo lazos de sincera estima y
amistad, los llevará a formular la petición: “Queremos ver a Jesús” (Jn
12, 21). El diálogo es esencial para una convivencia serena y fecunda.
Frente a los
desafíos cada vez más urgentes del indiferentismo y la secularización, el
Jubileo exige que se intensifique este diálogo. Con relaciones diarias, los
creyentes están llamados a manifestar el rostro de una Iglesia abierta a todos,
atenta a las realidades sociales y a cuanto permite a la persona humana afirmar
su dignidad. En particular, los cristianos, conscientes del amor del Padre
celestial, deberán reavivar su atención con respecto a los emigrantes para
desarrollar un diálogo sincero y respetuoso, con vistas a la construcción de
la “civilización del amor”.
María santísima,
“que acompaña con amor materno a la Iglesia peregrina y protege sus pasos
hacia la patria celeste, hasta la venida gloriosa del Señor” (Misal romano,
III Prefacio de la santísima Virgen) esté siempre presente en el corazón de
los creyentes en este amplio horizonte de compromisos.
Con estos
deseos, imparto a todos con afecto mi bendición.
Vaticano, 2 de
febrero de 1999
JUAN
PABLO II