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MENSAJE DE SU SANTIDAD
JUAN PABLO II PARA LA JORNADA MUNDIAL DEL EMIGRANTE Y EL REFUGIADO
(2004)
1. La Jornada mundial del emigrante y el refugiado, que tiene por tema:
"Emigraciones en una visión de paz", ofrece este año la oportunidad de
reflexionar en un tema muy importante. En efecto, este tema atrae, por
contraste, la atención de la opinión pública hacia la movilidad humana forzada,
centrándose en algunos aspectos problemáticos de gran actualidad a causa de la
guerra y la violencia, el terrorismo y la opresión, la discriminación y la
injusticia, por desgracia siempre presentes en la crónica diaria. Los medios de
comunicación social introducen en las casas imágenes de sufrimiento, de
violencia y de conflictos armados. Son tragedias que trastornan países y
continentes; y con frecuencia las zonas más afectadas son también las más
pobres. De este modo, a un drama se suman otros.
Lamentablemente, nos estamos acostumbrando a ver el peregrinar desconsolado de
los desplazados, la fuga desesperada de los refugiados, la llegada -con todo
tipo de medios- de inmigrantes a los países más ricos en busca de soluciones
para sus numerosas exigencias personales y familiares. Surge entonces la
pregunta: ¿Cómo hablar de paz cuando se producen constantemente situaciones de
tensión en no pocas regiones de la tierra? ¿Cómo puede el fenómeno de las
migraciones contribuir a construir la paz entre los hombres?
2. Nadie puede negar que la aspiración a la paz se encuentra arraigada en el
corazón de gran parte de la humanidad. Precisamente ese es el deseo ardiente que
impulsa a buscar todo tipo de medios a fin de alcanzar un futuro mejor para
todos. Cada vez se afianza más la convicción de que es preciso combatir el mal
de la guerra en su raíz, porque la paz no es únicamente ausencia de conflictos,
sino un proceso dinámico y participativo a largo plazo, en el que se debe
implicar a todos los estamentos sociales, desde la familia hasta la escuela,
pasando por las diversas instituciones y organismos nacionales e
internacionales. Juntos se puede y se debe construir una cultura de paz, que
permita prevenir el recurso a las armas y cualquier forma de violencia. Por eso,
hay que apoyar los gestos y los esfuerzos concretos de perdón y reconciliación;
es preciso superar contiendas y divisiones, que de otra manera se perpetuarían
sin perspectivas de solución.
Asimismo, conviene reafirmar con vigor que no puede haber auténtica paz sin
justicia y sin respeto de los derechos humanos. En efecto, existe un vínculo muy
estrecho entre la justicia y la paz, como ya puso de relieve el profeta en el
Antiguo Testamento: "Opus iustitiae pax" (Is 32, 17).
3. Crear condiciones concretas de paz, por lo que atañe a los emigrantes y
refugiados, significa comprometerse seriamente a defender ante todo el
derecho a no emigrar, es decir, a vivir en paz y dignidad en la propia
patria. Gracias a una atenta administración local o nacional, a un comercio más
equitativo y a una cooperación internacional solidaria, cada país debe poder
asegurar a sus propios habitantes no sólo la libertad de expresión y de
movimiento, sino también la posibilidad de colmar necesidades fundamentales,
como el alimento, la salud, el trabajo, la vivienda, la educación, cuya
frustración pone a mucha gente en condiciones de tener que emigrar a la fuerza.
Ciertamente, existe también el derecho a emigrar. En la base de este
derecho, como recuerda el beato Juan XXIII en su encíclica Mater et Magistra,
se encuentra el destino universal de los bienes de este mundo (cf. nn. 30 y 33).
Desde luego, corresponde a los Gobiernos regular los flujos migratorios,
respetando plenamente la dignidad de las personas y las necesidades de sus
familias, y teniendo en cuenta las exigencias de las sociedades que acogen a los
inmigrantes. A este respecto, ya existen acuerdos internacionales en defensa de
los emigrantes, así como de cuantos buscan en otro país refugio o asilo
político. Son acuerdos que siempre se pueden seguir perfeccionando.
4. Nadie debe quedar insensible ante las condiciones en que se encuentran
multitud de emigrantes. Se trata de personas que están a merced de los
acontecimientos y que a menudo han vivido situaciones dramáticas. Los medios de
comunicación social transmiten imágenes impresionantes, y en ocasiones
escalofriantes, de esas personas. Se trata de niños, jóvenes, adultos y ancianos
con rostros macilentos y ojos llenos de tristeza y soledad. En los campos de
acogida sufren a veces graves privaciones. Sin embargo, a este respecto, es
necesario reconocer el laudable esfuerzo realizado por no pocas organizaciones
públicas y privadas para aliviar las preocupantes situaciones que se han
producido en diversas regiones del mundo.
Tampoco se puede dejar de denunciar el tráfico practicado por explotadores sin
escrúpulos que abandonan en el mar, en embarcaciones precarias, a personas que
buscan desesperadamente un futuro menos incierto. Los que se hallan en
condiciones críticas necesitan intervenciones solícitas y concretas.
5. A pesar de los problemas a los que he aludido, el mundo de los emigrantes
puede contribuir en gran medida a la consolidación de la paz. En efecto, las
emigraciones pueden facilitar el encuentro y la comprensión entre las personas y
las comunidades, e incluso entre las civilizaciones. Este diálogo intercultural
enriquecedor constituye, como escribí en el Mensaje para la Jornada mundial de
la paz de 2001, un "camino necesario para la construcción de un mundo
reconciliado".
Eso sucede cuando los inmigrantes son tratados con el respeto debido a la
dignidad de cada persona; cuando con todos los medios se favorece la cultura de
la acogida y la cultura de la paz, que armoniza las diferencias y busca el
diálogo, aun sin caer en formas de indiferentismo cuando están en juego los
valores. Esta apertura solidaria se transforma en ofrecimiento y condición de
paz.
Si se fomenta una integración gradual entre todos los inmigrantes, respetando su
identidad y, al mismo tiempo, salvaguardando el patrimonio cultural de las
poblaciones que los acogen, se corre menos riesgo de que los inmigrantes se
concentren formando auténticos "guetos", aislándose del contexto social y
acabando a veces por alimentar incluso el deseo de conquistar gradualmente el
territorio.
Cuando las "diversidades" se encuentran, integrándose, dan vida a una
"convivencia de las diferencias". Se redescubren los valores comunes a toda
cultura, capaces de unir y no de separar; valores que hunden sus raíces en el
idéntico humus humano. Eso ayuda a entablar un diálogo fecundo para
construir un camino de tolerancia recíproca, realista y respetuosa de las
peculiaridades de cada uno. En estas condiciones, el fenómeno de las migraciones
contribuye a cultivar el "sueño" de un futuro de paz para la humanidad entera.
6. ¡Bienaventurados los constructores de paz! (cf. Mt 5, 9), así dice el
Señor. Para los cristianos, la búsqueda de una comunión fraterna entre los
hombres tiene su fuente y su modelo en Dios, uno en la naturaleza y trino en las
Personas. Deseo de corazón que todas las comunidades eclesiales compuestas por
emigrantes y refugiados y por los que los acogen, encontrando estímulos en las
fuentes de la gracia, se esfuercen incansablemente por construir la paz. Nadie
debe resignarse a la injusticia, ni dejarse abatir por las dificultades y las
molestias.
Si son muchos los que comparten el "sueño" de un mundo en paz, y si se valora la
aportación de los inmigrantes y los refugiados, la humanidad puede transformarse
cada vez más en familia de todos, y nuestra tierra verdaderamente en "casa
común".
7. Con su vida, y sobre todo con su muerte en la cruz, Jesús nos mostró cuál es
el camino que debemos recorrer. Con su resurrección nos aseguró que el bien
siempre triunfa sobre el mal y que todos nuestros esfuerzos y nuestras penas,
ofrecidos al Padre celestial en comunión con su Pasión, contribuyen a la
realización del plan universal de salvación.
Con esta certeza, invito a los que están comprometidos en el vasto sector de las
migraciones a ser constructores de paz. Para esto aseguro un recuerdo especial
en mi oración y, a la vez que invoco la maternal intercesión de María, Madre del
Hijo unigénito de Dios hecho hombre, envío a todos y cada uno mi bendición.
Vaticano, 15 de diciembre de 2003
JUAN PABLO II
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