MENSAJE DEL PAPA JUAN PABLO II CON MOTIVO DE LA
LXXXIV JORNADA MUNDIAL DEL EMIGRANTE Y DEL REFUGIADO
Compromiso cristiano de solidaridad y promoción humana de los
emigrantes
Amadísimos hermanos y hermanas:
1. La Iglesia contempla con viva solicitud pastoral el aumento del flujo de
emigrantes y refugiados y se interroga sobre las causas de dicho fenómeno
y las condiciones particulares en que se encuentran las personas que, por
diversos motivos, se ven obligadas a abandonar su patria. En efecto, la situación
de los emigrantes y refugiados en el mundo se está haciendo cada vez más
precaria. A menudo, la violencia obliga a poblaciones enteras a abandonar su
tierra de origen para escapar de continuas crueldades; con mayor frecuencia aún
son la miseria y la carencia de perspectivas de desarrollo las que impulsan a
individuos y familias hacia el destierro para buscar medios de subsistencia en
países lejanos, en los que no es fácil encontrar una acogida
adecuada.
Muchas son las iniciativas encaminadas a aliviar las molestias y los
sufrimientos de los emigrantes y refugiados. A quienes se dedican a esa labor
les expreso mi vivo aprecio, así como mi cordial aliento a proseguir
generosamente en la actividad de apoyo, superando las no pocas dificultades que
encuentren en su camino. A los problemas relacionados con las barreras
culturales, sociales y, a veces, incluso religiosas, se unen los vinculados con
otros fenómenos, como el desempleo, que azota también a países
que son tradicionalmente meta de inmigración, la división de la
familia, la carencia de servicios y la precariedad que afecta a muchos aspectos
de la vida diaria. A todo ello se añade, por parte de las comunidades de
llegada, el temor a perder su propia identidad a causa del rápido aumento
de estos «extraños» en virtud del dinamismo demográfico,
de los mecanismos legales de la reunificación familiar y de la misma
inserción clandestina en la «economía sumergida». Cuando
se pierde la perspectiva de una integración armoniosa y pacífica,
el repliegue sobre sí mismos y la tensión con el ambiente, la
dispersión y la pérdida de las energías se convierten en
peligros reales, con consecuencias negativas y a veces dramáticas. Los
hombres se encuentran «más dispersos que antes, confundidos en el
lenguaje, divididos entre sí, e incapaces de ponerse de acuerdo» (Reconciliatio
et paenitentia, 13).
Al respecto, los medios de comunicación pueden ejercer un gran
influjo, tanto positivo como negativo. Su acción puede favorecer una
justa valoración y una mayor comprensión de los problemas de los «nuevos
llegados», eliminando prejuicios y reacciones emotivas, o, por el
contrario, alimentar cerrazones y hostilidad, impidiendo y comprometiendo una
justa integración.
2. Todo ello supone urgentes desafíos para la comunidad cristiana,
que considera la atención a los emigrantes y refugiados una de sus
prioridades pastorales. Desde este punto de vista, la Jornada mundial del
emigrante constituye una ocasión oportuna para reflexionar sobre cómo
intervenir de una manera cada vez más eficaz en este delicado ámbito
de apostolado.
Para el cristiano, la acogida y la solidaridad con el extranjero no sólo
constituyen un deber humano de hospitalidad, sino también una exigencia
precisa, que brota de su misma fidelidad a la enseñanza de Cristo. Para
el creyente, ocuparse de los emigrantes significa esforzarse por asegurar a
hermanos y hermanas llegados de lejos un puesto dentro de las respectivas
comunidades cristianas, trabajando para que a cada uno se le reconozcan los
derechos propios de todo ser humano. La Iglesia invita a todos los hombres de
buena voluntad a dar su contribución para que cada persona sea respetada
y se eliminen las discriminaciones que humillan la dignidad humana. Su acción,
sostenida por la oración, se inspira en el Evangelio y está guiada
por su secular experiencia.
La comunidad eclesial realiza, además, una acción de estímulo
con respecto a los responsables de los pueblos y de la comunidad internacional,
de las instituciones y de los organismos implicados, por diversos motivos, en el
fenómeno de la emigración. La Iglesia, experta en humanidad,
cumple esta misión suya tanto iluminando las conciencias con la enseñanza
y el testimonio, como impulsando iniciativas oportunas para lograr que los
emigrantes encuentren su justo puesto en las respectivas sociedades.
3. En particular, exhorta concretamente a los emigrantes y refugiados
cristianos a no encerrarse en sí mismos, aislándose del camino
pastoral de la diócesis o de la parroquia que los acoge. Sin embargo, al
mismo tiempo, pone en guardia al clero y a los fieles contra la tentación
de buscar simplemente su asimilación, que anularía sus características
peculiares. Más bien, favorece la gradual inserción de estos
hermanos, valorando sus diferencias para construir una auténtica familia
de creyentes, acogedora y solidaria.
Para este fin, conviene que la comunidad local, en la que se insertan los
emigrantes y refugiados, ponga a su disposición organismos que les ayuden
a asumir activamente las responsabilidades que les competen. En esta
perspectiva, al sacerdote a quien se encarga específicamente el cuidado
pastoral de los emigrantes se le pide que sirva de puente entre culturas y
mentalidades diversas. Eso supone que tiene conciencia de desempeñar un
verdadero ministerio misionero «con el mismo afecto con que Cristo por su
encarnación se unió a las condiciones sociales y culturales
concretas de los hombres con los que convivió» (Ad gentes,
10).
El hecho de que a veces la acción apostólica en favor de los
emigrantes se realice entre desconfianzas, e incluso hostilidad, no debe
convertirse en motivo para renunciar al compromiso de solidaridad y promoción
humana. La exigente afirmación de Jesús: «Era forastero y me
acogisteis» (Mt 25, 35) conserva en cualquier circunstancia toda su
fuerza e interpela la conciencia de los que quieren seguir su ejemplo. Para el
creyente, acoger a los otros no es sólo filantropía o atención
natural a sus semejantes. Es mucho más, porque en todo ser humano sabe
encontrar a Cristo, que espera ser amado y servido en los hermanos,
especialmente en los más pobres y necesitados.
4. Jesús, el Hijo unigénito hecho hombre, es la imagen
viviente de la solidaridad de Dios con los hombres. «Siendo rico, por
vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con su pobreza» (2
Co 8, 9). Sólo una comunidad cristiana atenta realmente a los demás
acoge y realiza el testamento que dejó Jesús a los Apóstoles
en el cenáculo, la víspera de su muerte en la cruz: «Como yo
os he amado, así amaos también vosotros los unos a los otros»
(Jn 13, 34). El Redentor pide un amor que sea don de sí, gratuito
y desinteresado.
Son proféticas, al respecto, las palabras de Santiago, que escribía
así a las «doce tribus de la diáspora», es decir,
probablemente a los cristianos de origen judío dispersos en el mundo
grecorromano: «¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien
diga: "Tengo fe", si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarle
la fe? Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento
diario, y alguno de vosotros les dice: "Id en paz, calentaos y hartaos",
pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así
también la fe, si no tiene obras, está realmente muerta» (St
2, 14-17).
5. Me complace señalar aquí el luminoso ejemplo de un apóstol
que supo testimoniar de manera viva y profética el amor de Cristo a los
emigrantes. Me refiero a monseñor Juan Bautista Scalabrini, a quien
precisamente hoy, 9 de noviembre, he tenido la alegría de proclamar
beato.
Vivió desde dentro el drama del éxodo de los emigrantes que,
en los últimos decenios del siglo pasado, se dirigían en gran número
desde Europa hacia los países del nuevo mundo, y vio con claridad la
necesidad de una atención pastoral específica, mediante una
adecuada red de asistencia social. En esta perspectiva, mostrando una fina
intuición espiritual, así como un gran sentido práctico,
fundó las congregaciones de los Misioneros y las Misioneras de San
Carlos. Asimismo, patrocinó con energía la creación de
instrumentos legislativos e institucionales para la protección humana y
jurídica de los emigrantes contra cualquier forma de explotación.
Hoy, en situaciones sociales ciertamente diversas, los hijos e hijas
espirituales de monseñor Scalabrini, a los que se han unido
sucesivamente, como herederos del mismo carisma, las Misioneras laicas
escalabrinianas, siguen sus huellas, testimoniando el amor de Cristo a los
emigrantes y proponiéndoles su Evangelio, mensaje universal de salvación.
Que monseñor Scalabrini sostenga con su ejemplo y con su intercesión
a todos los que, en cualquier parte del mundo, trabajan al servicio de los
emigrantes y los refugiados.
6. Para dar un firme testimonio cristiano en este exigente y complejo
sector, es importante «descubrir al Espíritu como aquel que
construye el reino de Dios en el curso de la historia y prepara su plena
manifestación en Jesucristo» (Tertio millennio adveniente,
45).
¿Cómo olvidar que el año 1998 está dedicado al Espíritu
Santo, cuya acción se manifestó de manera extraordinariamente
eficaz en el acontecimiento de Pentecostés? En el Mensaje para la XVI
Jornada mundial de la paz escribí: la venida del «Espíritu
Santo hizo encontrar a los primeros discípulos del Señor, por
encima de la diversidad de lenguas, el camino real de la paz en la fraternidad»
(n. 12: L'Osservatore Romano, edición en lengua española,
26 de diciembre de 1982, p. 6).
En la antigua Babel la soberbia destruyó la unidad de la familia
humana. El Espíritu de Pentecostés vino a reconstituir con sus
dones esa unidad perdida, rehaciéndola según el modelo de la
comunidad trinitaria, en la que las tres Personas subsisten distintas en la
indivisa unidad de la naturaleza divina. Quienes escuchaban a los Apóstoles,
sobre los que había bajado el Espíritu Santo, quedaban asombrados
al entender la palabra cada uno en su lengua (cf. Hch 2, 7-11). La
unanimidad de esa escucha, hoy como entonces, no va en detrimento de la
diversidad de las culturas, pues «toda cultura es un esfuerzo de reflexión
sobre el misterio del mundo y, en particular, del hombre: es un modo de expresar
la dimensión trascendente de la vida humana». Más allá
«de todas las diferencias que caracterizan a los individuos y a los
pueblos, hay una fundamental dimensión común, ya que las varias
culturas no son en realidad sino modos diversos de afrontar la cuestión
del significado de la existencia personal» Discurso a la 50¬
Asamblea general de las Naciones Unidas, 5 de octubre de 1995, n. 5: L'Osservatore
Romano, edición en lengua española, 13 de octubre de 1995, p.
8).
El año del Espíritu Santo invita, por consiguiente, a los
creyentes a vivir más profundamente la virtud teologal de la esperanza,
que les proporciona motivaciones sólidas y profundas para el compromiso
en favor de la nueva evangelización y en favor de los que, procedentes de
países y culturas diversos, esperan nuestra ayuda para realizar
plenamente sus propias potencialidades humanas.
7. Evangelizar es dar razón a todos de la esperanza que hay en
nosotros (cf. 1 P 3, 15). En ese deber, los primeros cristianos, a pesar
de ser una minoría dentro de la sociedad, eran audazmente emprendedores.
Sostenidos por la parresía, que les infundía el Espíritu
Santo, sabían dar con arrojo testimonio de su fe.
También hoy «los cristianos están llamados a prepararse
al gran jubileo del inicio del tercer milenio renovando su esperanza en la
venida definitiva del reino de Dios, preparándolo día a día
en su corazón, en la comunidad cristiana a la que pertenecen y en el
contexto social donde viven» (Tertio millennio adveniente, 46).
El fenómeno de la movilidad humana evoca la imagen misma de la
Iglesia, pueblo peregrinante en la tierra, pero constantemente orientado hacia
la patria celestial. A pesar de las innumerables molestias que implica, este
camino nos recuerda el mundo futuro cuya imagen impulsa a la transformación
del presente, en el que se deben eliminar las injusticias y las opresiones con
vistas al encuentro con Dios, meta última de todos los hombres.
Encomiendo el compromiso apostólico de la comunidad cristiana en
favor de los emigrantes y refugiados a «María, que concibió
al Verbo encarnado por obra del Espíritu Santo y se dejó guiar
después en toda su existencia por su acción interior (...). Ella
ha llevado a su plena expresión el anhelo de los pobres de Yahveh, y
resplandece como modelo para quienes se fían con todo el corazón
de las promesas de Dios» (ib., 48). Que ella, con su maternal
solicitud, acompañe a todos los que trabajan en favor de los emigrantes y
refugiados, enjugue las lágrimas y consuele a los que se han visto
obligados a abandonar su tierra y sus afectos.
A todos imparto mi confortadora bendición.
Vaticano, 9 de noviembre del año 1997, vigésimo de mi
pontificado.
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