MENSAJE DEL PAPA JUAN PABLO II CON OCASIÓN DE LA JORNADA MUNDIAL DE LA
ALIMENTACIÓN
Al señor JACQUES DIOUF
Director general de la Organización
de las Naciones Unidas
para la alimentación y la agricultura
(FAO)
La celebración de la Jornada mundial de la alimentación nos recuerda que el
hambre y la desnutrición ponen diariamente en peligro la supervivencia de muchos
de nuestros hermanos y hermanas. Esta amarga realidad es causa de división entre
personas, grupos sociales, comunidades y países, y marca la brecha entre los
niveles de desarrollo y de esperanza de vida de las diversas regiones del mundo.
El tema elegido este año, "Alianza mundial contra el hambre", confirma
que el hambre y las tensiones que genera sólo podrán superarse con
intervenciones rápidas y eficaces, fruto de una voluntad común y de esfuerzos
conjuntos. Por lo demás, esto es lo que exigen los objetivos proclamados por la
comunidad internacional al inicio del milenio y es el fundamento de los
compromisos asumidos por los Estados con ocasión de la Cumbre mundial sobre
la alimentación, cinco años después, que consideran la "Alianza" entre las
diversas fuerzas que participan en la actividad de cooperación como una garantía
para conseguir resultados concretos.
La humanidad es cada vez más consciente de la necesidad de aunar propósitos y
acciones; y, como ella, lo es también la Iglesia, que comparte sus esperanzas y
sufrimientos. La Iglesia se esfuerza por dar su contribución para una solución
correspondiente a las expectativas de toda persona. Esto me impulsa, con ocasión
de esta Jornada, a dirigir un nuevo llamamiento en nombre de la "Alianza contra
el hambre", una "Alianza" que debe sacar fuerzas de una renovada comprensión del
multilateralismo. Y para que este multilateralismo sea eficaz, debe fundarse en
la idea de una comunidad internacional como "familia de naciones", comprometida
a buscar el bien común universal. Por tanto, realizar esta "Alianza" requiere el
ejercicio de la solidaridad por parte de los gobiernos, de las organizaciones
internacionales y de los hombres y las mujeres de todos los continentes; su
fundamento puede ser una responsabilidad colectiva y compartida con vistas al
bien común y al desarrollo de los más pobres, de modo que todo ser humano pueda
llegar a ser cada vez más persona.
La actividad de la FAO, que los Estados miembros conocen bien, muestra cómo el
doloroso fenómeno de la pobreza y del hambre no puede atribuirse sólo a las
condiciones ambientales, a los procesos económicos o a las consecuencias de
situaciones pasadas. Ciertamente, los acontecimientos naturales y las
condiciones ambientales tienen una responsabilidad en esta tragedia. Pero es
preciso reconocer que a crear o agravar las injusticias socioeconómicas
contribuyen la falta de una buena administración, el avance de sistemas
ideológicos y políticos distantes de la idea de solidaridad y la extensión de
guerras y conflictos que contradicen los principios fundamentales de la
convivencia internacional, creando y agravando injusticias socioeconómicas.
Sin olvidar otras partes del mundo, mi pensamiento va, en particular, a África,
donde la situación sigue siendo muy preocupante: la población no sólo sufre los
desequilibrios de la producción y la consiguiente insuficiencia alimentaria,
sino que también está marcada por conflictos, epidemias e incesantes
desplazamientos que, en muchos casos, casi podrían prevenirse aplicando
estrategias apropiadas y programas basados en el respeto a la vida y a la
dignidad humana. Uno de los efectos más evidentes de esta situación es la
disminución de las áreas cultivadas. Además, muchos de los países que viven en
una continua inestabilidad política e institucional dependen cada vez más de las
ayudas y de las importaciones alimentarias de naciones económicamente más
desarrolladas, por lo cual la situación resulta realmente insostenible. Esta
triste situación no se supera con otras formas de violencia contra la vida, sino
con la instauración de un orden internacional inspirado en la justicia y animado
por la fraternidad.
Los países económicamente más pobres -ante la continua preocupación por los
niveles cada vez más bajos de producción y de disponibilidad de alimentos, pero
también afectados por la degradación de los ecosistemas agrícola y forestal- se
encuentran a menudo obligados a privilegiar un cultivo intensivo de las tierras;
de este modo pueden al menos comercializar sus productos típicos, con la
esperanza de corresponder así a los ritmos impuestos por el mercado mundial. De
esta forma, abandonando técnicas de cultivo basadas en la relación entre
producción y necesidades, entre variedad de especies y tutela del ambiente, se
ensancha el "círculo de la pobreza" que también la FAO describe acertadamente
como causa primaria de la desnutrición y del hambre. Para evitar este círculo
vicioso de la pobreza es necesario aprovechar todos los recursos de la ciencia,
de la tecnología y de la economía, siempre de acuerdo con los principios morales
de la justicia.
El comienzo de la fase conclusiva del Decenio para las poblaciones indígenas,
proclamado por las Naciones Unidas, nos compromete a dirigir nuestra atención,
con acciones concretas, a las comunidades autóctonas que se encuentran en
condiciones muy desfavorables por los acuerdos sobre los productos agrícolas,
por la falta de tutela de la biodiversidad o, en otros casos, por la destrucción
del hábitat forestal y por la explotación incontrolada de los recursos de la
pesca. En efecto, el abandono de los métodos tradicionales de cultivo, surgidos
y desarrollados para corresponder a necesidades alimentarias y sanitarias
efectivas, es para las poblaciones indígenas uno de los motivos de creciente
pobreza. Por consiguiente, esas poblaciones se sienten atraídas y, a menudo, se
ven obligadas a emigrar hacia los centros urbanos, con evidentes consecuencias
para la calidad de vida y la tutela de su identidad específica.
La Iglesia, con sus diversas instituciones y organizaciones, desea desempeñar su
papel en esta "Alianza mundial contra el hambre". Quiere hacerlo
esforzándose por promover la solidaridad, de modo que esta caracterice y marque
las relaciones personales y sociales. La solidaridad puede llegar a ser el
fundamento de estas relaciones y construir una cultura de solidaridad y amor. La
Iglesia quiere ser fiel al ejemplo y a la enseñanza de su Fundador, convencida
de que un posible significado de la Alianza es la reconciliación con Dios
y entre las personas, instrumento privilegiado para superar obstáculos y
divisiones. Fortaleciendo una consciente civilización del amor que promueva los
valores auténticos y fundamentales, la solidaridad evita que el vacío provocado
por la falta de estos valores se colme con egoísmos y conflictos.
Por eso, pido a las comunidades cristianas, a los creyentes y a todos los
hombres y mujeres de buena voluntad, que vivan y trabajen cada vez más al
servicio de los pobres y de los que sufren hambre, de modo que se realice una
verdadera reconciliación entre las personas y entre los pueblos. Participar
activamente en la lucha solidaria y concertada contra la miseria y el hambre
significa contribuir a realizar una acción, todavía mejor programada y más
decidida, en favor de la justicia y de la paz. Que en este esfuerzo nos sostenga
la invitación que la Biblia dirige a cada miembro de la familia humana: "Cuando
partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente, brillará tu
luz en las tinieblas, (...) y serás un huerto bien regado, un manantial cuyas
aguas nunca faltan" (Is 58, 10-11).
Con estos deseos, invoco de todo corazón sobre usted, señor director general,
sobre cuantos participan en la actual asamblea y sobre la acción futura de la
FAO, la luz y la fuerza de Dios omnipotente.
Vaticano, 16 de octubre de 2003, vigésimo quinto de mi pontificado
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