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CARTA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
SOBRE LA PEREGRINACIÓN A LOS LUGARES VINCULADOS CON LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN
A cuantos se preparan a celebrar en la fe el Gran Jubileo
1. Después de años de preparación, nos encontramos
ya en el umbral del Gran Jubileo. En estos años se han hecho muchas
cosas en toda la Iglesia para preparar este acontecimiento de gracia.
Pero, como en vísperas de un viaje, ha llegado el momento de
ultimar los preparativos. En realidad, el Gran Jubileo no consiste en una
serie de cosas por hacer, sino en vivir una gran experiencia interior. Las
iniciativas exteriores sólo tienen sentido en la medida que son
expresiones de un profundo compromiso que nace en el corazón de las
personas. He querido llamar la atención de todos precisamente sobre
esta dimensión interior, tanto en la Carta apostólica
Tertio millennio adveniente como en la Bula de convocación del
Jubileo Incarnationis mysterium. Ambas han tenido una amplia y
cordial acogida. Los Obispos han encontrado en ellas indicaciones
significativas y los temas propuestos para los diversos años de
preparación han sido largamente meditados. Por todo esto quiero
expresar mi gratitud al Señor y un sincero reconocimiento tanto a
los Pastores como a todo el Pueblo de Dios.
Ahora, la inminencia del Jubileo me sugiere proponer una reflexión,
que va unida a mi deseo de hacer personalmente, si Dios quiere, una
especial peregrinación jubilar, deteniéndome en algunos de
los lugares particularmente vinculados a la encarnación del Verbo
de Dios, que es el acontecimiento al que se refiere directamente el Año
Santo del 2000.
Por tanto, mi meditación lleva a los « lugares » de
Dios, a aquellos espacios que Él ha elegido para poner su «
tienda » entre nosotros (Jn 1, 14; cf. Ex 40, 34-35;
1 Re 8, 10-13), con el fin de permitir al ser humano un encuentro
más directo con Él. De este modo, completo en cierto sentido
la reflexión de la Tertio millennio adveniente, donde, con
el trasfondo de la historia de la salvación, la perspectiva
dominante era la relevancia fundamental del « tiempo ». En
realidad, en la concreta actuación del misterio de la Encarnación,
la dimensión del « espacio » no es menos importante que
la del tiempo.
2. A primera vista, hablar de determinados « espacios » en
relación con Dios podría suscitar cierta perplejidad. ¿Acaso
no está el espacio, al igual que el tiempo, sometido enteramente al
dominio de Dios? En efecto, todo ha salido de sus manos y no hay lugar
donde Dios no esté: « Del Señor es la tierra y cuanto
la llena, el orbe y todos sus habitantes, él la fundó sobre
los mares, él la afianzó sobre los ríos » (Sal
2324, 1-2). Dios está igualmente presente en cada rincón de
la tierra, de tal modo que todo el mundo puede ser considerado como «
templo » de su presencia.
Con todo, esto no impide que, así como el tiempo puede estar
acompasado por kairoi, momentos especiales de gracia, el espacio
pueda estar marcado análogamente por particulares intervenciones
salvíficas de Dios. Por lo demás, esta es una intuición
presente en todas las religiones, en las cuales no solamente hay tiempos,
sino también lugares sagrados, en donde puede experimentarse el
encuentro con lo divino más intensamente de lo que sucede
habitualmente en la inmensidad del cosmos.
3. En relación con esta tendencia religiosa general, la Biblia
ofrece un mensaje específico, situando el tema del « espacio
sagrado » en el horizonte de la historia de la salvación. Por
una parte, advierte sobre los peligros inherentes a la definición
de dicho espacio, cuando ésta se hace en la perspectiva de una
divinización de la naturaleza a este propósito, se ha
de recordar la fuerte polémica antiidolátrica de los
profetas en nombre de la fidelidad a Yahveh, Dios del Éxodo
y, por otra, no excluye un uso cultual del espacio, en la medida en que
esto expresa plenamente la intervención específica de Dios
en la historia de Israel. El espacio sagrado se ve así
progresivamente « concentrado » en el templo de Jerusalén,
donde el Dios de Israel quiere ser venerado y, en cierto sentido,
encontrado. Hacia el templo se dirigen los ojos del peregrino de Israel y
grande es su alegría cuando llega al lugar donde Dios ha puesto su
morada: « ¡Qué alegría cuando me dijeron: vamos
a la casa del Señor! Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales, Jerusalén » (Sal 121122, 1-2).
En el Nuevo Testamento, esta « concentración » del
espacio sagrado alcanza su punto culminante en Cristo, que se convierte
ahora en el nuevo « templo » (cf. Jn 2, 21), en el que
habita la « plenitud de la divinidad » (Col 2, 9). Con
su venida el culto está llamado a superar radicalmente los templos
materiales para llegar a ser un culto « en espíritu y verdad »
(Jn 4, 24). Asimismo, en Cristo, también la Iglesia es
considerada « templo » por el Nuevo Testamento (cf. 1 Co
3, 17), como lo es incluso cada discípulo de Cristo, en cuanto
habitado por el Espíritu Santo (cf. 1 Co 6, 19; Rm
8, 11). Evidentemente, como demuestra la historia de la Iglesia, todo esto
no excluye que los cristianos puedan tener lugares de culto; es necesario,
sin embargo, que no se olvide su carácter funcional respecto a la
vida cultual y fraterna de la comunidad, sabiendo que la presencia de
Dios, por su naturaleza, no puede ser circunscrita a ningún lugar,
puesto que los impregna todos, teniendo en Cristo la plenitud de su
expresión y de su irradiación.
El misterio de la Encarnación, por tanto, transforma la
experiencia universal del « espacio sagrado », restringiéndola
por un lado y, por otra, resaltando su importancia en nuevos términos.
En efecto, la referencia al espacio está implicada en el mismo «
hacerse carne » del Verbo (cf. Jn 1, 14). Dios ha asumido en
Jesús de Nazaret las características propias de la
naturaleza humana, incluida la ineludible pertenencia del hombre a un
pueblo concreto y a una tierra determinada. « Hic de Virgine
Maria Iesus Christus natus est ». Esta expresión colocada
en Belén, precisamente en el lugar en que, según la tradición,
nació Jesús, adquiere una peculiar resonancia: « Aquí,
de la Virgen María, nació Jesucristo ». La concreción
física de la tierra y de su emplazamiento geográfico está
unida a la verdad de la carne humana asumida por el Verbo.
4. Por eso, en la perspectiva del año bimilenario de la Encarnación,
siento un deseo muy grande de ir personalmente a orar a los principales
lugares que, desde el Antiguo al Nuevo Testamento, han conocido las
intervenciones de Dios, hasta llegar a la cima del misterio de la
Encarnación y de la Pascua de Cristo. Estos lugares están ya
indeleblemente grabados en mi memoria, desde que en 1965 tuve la
oportunidad de visitar Tierra Santa. Fue una experiencia inolvidable. Aún
hoy hojeo de buena gana las emotivas páginas que escribí
entonces. « Llego a estos lugares que Tú has llenado de ti de
una vez para siempre... ¡Oh, lugar! ¡Cuántas veces, cuántas
veces te has trasformado antes de que de suyo, se hiciera también mío!
Cuando Él te llenó la primera vez, no eras aún ningún
lugar exterior; eras sólo el seno de su Madre. ¡Oh! saber que
las piedras sobre las que caminó en Nazaret son las mismas que su
pie tocaba cuando Ella era aún tu lugar, el único en el
mundo. ¡Encontrarte a través de una piedra que fue tocada por
el pie de tu Madre! ¡Oh lugar, lugar de Tierra Santa, qué
espacio ocupas en mi! Por eso no puedo pisarte con mis pasos; debo
arrodillarme. Y así dejar constancia de que has sido para mí
un lugar de encuentro. Yo me arrodillo y pongo así mi huella.
Quedarás aquí con mi huella quedarás, quedarás
y yo te llevaré conmigo, te transformaré dentro de mí
en un lugar de nuevo testimonio. Yo me voy como un testigo que dará
testimonio de ti a través de los milenios » (Karol Wojtyla,
Poezje. Poems, Wydawnictwo Literackie, Cracovia 1998, p. 169).
Cuando escribía estas palabras, hace más de treinta años,
no podía imaginar que el testimonio al que entonces me comprometía
lo habría dado hoy como Sucesor de Pedro, puesto al servicio de
toda la Iglesia. Es un testimonio que me inserta en una larga cadena de
personas que desde hace dos mil años han ido en busca de las «
huellas » de Dios en aquella tierra, justamente llamada « santa »,
como recorriéndolas en las piedras, en los montes y las aguas que
hicieron de escenario a la vida terrena del Hijo de Dios. Ya desde la
antigüedad es conocido el diario de viaje de la peregrina Egeria. ¡Cuántos
peregrinos, cuántos santos han seguido su itinerario a lo largo de
los siglos! Aún cuando las circunstancias históricas
perturbaron el carácter esencialmente pacífico de la
peregrinación a Tierra Santa, dándole una fisionomía
que, más allá de las intenciones, concuerda bien poco con la
imagen del Crucificado, los cristianos más sensatos intentaban sólo
encontrar en aquella tierra el recuerdo vivo de Cristo. Quiso la
Providencia que, junto con los hermanos de las Iglesias orientales, fueran
sobre todo los hijos de Francisco de Asís, santo de la pobreza, de
la mansedumbre y de la paz, los que, de parte de la cristiandad de
occidente, interpretaran en modo genuinamente evangélico el legítimo
deseo cristiano de custodiar los lugares en los que están nuestras
raíces espirituales.
5. Con este espíritu tengo intención de recorrer, si Dios
quiere, con ocasión del Gran Jubileo del 2000, las huellas de la
historia de la salvación en la tierra en la que ésta se ha
desarrollado.
El punto de partida serán algunos lugares destacados del Antiguo
Testamento. Con ello deseo manifestar la conciencia que tiene la Iglesia
de su permanente vínculo con el antiguo pueblo de la alianza.
Abraham es también para nosotros « padre de la fe » por
antonomasia (cf. Rm 4; Ga 3, 6-9; Hb 11, 8-19). En
el Evangelio de Juan se leen las palabras que Cristo pronunció un día
sobre él: « Abraham se regocijó pensando en ver mi día;
lo vio y se alegró » (8, 56).
Precisamente a Abraham se refiere la primera etapa del viaje que planeo
en mis deseos. En efecto, me gustaría, si ésta es la
voluntad de Dios, ir a Ur de los Caldeos, la actual Tal al Muqayyar, en el
sur de Irak, ciudad donde, según la narración bíblica,
Abraham oyó la palabra del Señor que lo arrancaba de su
tierra, de su pueblo, y en cierto modo de sí mismo, para hacer de él
el instrumento de un designio de salvación que abarcaba el futuro
del pueblo de la alianza e, incluso, todos los pueblos del mundo: «
Yahveh dijo a Abram: Vete de tu tierra, y de tu patria, y de la casa
de tu padre, a la tierra que yo te mostraré. De ti haré una
nación grande y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre;
y sé tú una bendición [...]. Por ti se bendecirán
todos los linajes de la tierra » (Gn 12, 1-3). Con
estas palabras comienza el gran camino del Pueblo de Dios. En Abraham
ponen sus ojos no solamente los que se precian de ser descendencia física
suya, sino también cuantos y son innumerables se
consideran su descendencia « espiritual », porque comparten con él
la fe y el abandono sin reservas a la iniciativa salvífica del
Omnipotente.
6. Las vicisitudes del pueblo de Abraham se desarrollaron durante
centenares de años en muchos lugares del próximo Oriente.
Pero han quedado como centrales los acontecimientos del Éxodo,
cuando el pueblo de Israel, tras una dura experiencia de esclavitud, se
puso en marcha bajo la guía de Moisés hacia la Tierra de su
libertad. Aquel camino estuvo marcado por tres momentos, vinculados a
lugares montañosos llenos de misterio. En la fase preliminar
destaca, ante todo, el monte Oreb, otra denominación bíblica
del Sinaí, donde Moisés tuvo la revelación del nombre
de Dios, signo de su misterio y de su eficaz presencia salvífica: «
Yo soy el que soy » (Ex 3, 14). También a Moisés,
al igual que a Abraham, se le pedía confiar en el designio de Dios
y ponerse a la cabeza de su pueblo. Comenzaron así los dramáticos
acontecimientos de la liberación, que permanecerían en la
memoria de Israel como una experiencia basilar para su fe.
Durante el camino por el desierto, también el Sinaí fue el
escenario en el que se estipuló la alianza entre Yahveh y su
pueblo. Este monte queda así unido al don del Decálogo, las «
diez palabras » que comprometían a Israel a una vida de total
adhesión a la voluntad de Dios. Estas « palabras », en
realidad, expresaban los pilares de la ley moral de carácter
universal escrita en el corazón de cada hombre, pero que a Israel
le fueron consignadas en el marco de un pacto recíproco de
fidelidad, con el cual el pueblo se comprometía a amar a Dios,
recordando las maravillas realizadas por Él en el Éxodo,
mientras que Dios garantizaba su perenne benevolencia: « Yo, Yahveh,
soy tu Dios, que te he sacado del país de Egipto, de la casa de
servidumbre » (Ex 20, 2). Dios y el pueblo se comprometían
recíprocamente. Si en la visión de la zarza ardiente el
Oreb, el lugar del « nombre » y del « proyecto » de
Dios, había sido sobre todo el « monte de la fe », ahora,
para el pueblo peregrino en el desierto, se convierte en el lugar del
encuentro y del pacto recíproco, en cierto sentido el « monte
del amor ». Cuántas veces, a lo largo de los siglos,
denunciando la infidelidad del pueblo a la alianza, los profetas la han
descrito como una especie de infidelidad « conyugal », una
propia y verdadera traición del pueblo-esposa respecto a Dios, su
esposo (cf. Jr 2, 2; Ez 16, 1-43).
Al final del camino del Éxodo se yergue otra cumbre, el monte
Nebo, desde el que Moisés pudo contemplar la Tierra prometida (cf.
Dt 32, 49), sin el gozo de estar en ella, pero con la certeza de
haberla alcanzado finalmente. Su mirada desde el Nebo es el símbolo
mismo de la esperanza. Desde aquel monte, pudo constatar que Dios había
mantenido sus promesas. Una vez más, sin embargo, debía
abandonarse confiadamente a la omnipotencia divina para el cumplimiento
definitivo del designio preanunciado.
Probablemente no me será posible detenerme en todos estos lugares
durante mi peregrinación. Pero desearía al menos, si Dios
quiere, visitar Ur, lugar de los orígenes de Abraham, y hacer después
una etapa en el célebre Monasterio de Santa Catalina, en el Sinaí,
el monte de la Alianza que resume en cierto modo todo el misterio del Éxodo,
paradigma perenne del nuevo Éxodo que tendrá su pleno
cumplimiento en el Gólgota.
7. Si éstos y otros itinerarios similares del Antiguo Testamento
son tan ricos de significado para nosotros, es obvio que el Año
jubilar, conmemoración solemne de la encarnación del Verbo,
nos invita a detenernos sobre todo en los lugares en los que se desarrolló
la vida de Jesús.
Muy intenso es mi deseo de ir ante todo a Nazaret, ciudad unida al
momento mismo de la Encarnación y tierra en la que Jesús
creció « en sabiduría, en estatura y en gracia ante
Dios y ante los hombres » (Lc 2, 52). Aquí se oyó
el saludo del Angel a María: « Alégrate, llena de
gracia, el Señor está contigo » (Lc 1, 28). Aquí
pronunció Ella su fiat al anuncio que la llamaba a ser
madre del Salvador y, por obra del Espíritu Santo, seno acogedor
para el Hijo de Dios.
Y, ¿cómo no acercarme a Belén, donde Cristo vio la
luz, donde los pastores y los Magos dieron voz a la adoración de
toda la humanidad? En Belén se oyó también, por vez
primera, aquel anuncio de paz que, proclamado por los Ángeles,
continuaría resonando de generación en generación
hasta nuestros días.
Jerusalén, el lugar de la muerte en cruz y de la resurrección
del Señor Jesús, será una etapa particularmente
significativa.
Ciertamente, los lugares que evocan la vida terrena del Salvador son
mucho más numerosos y hay tantos que merecerían ser
visitados. ¿Cómo olvidar, por ejemplo, el monte de las
Bienaventuranzas, el monte de la Transfiguración o Cesarea de
Filipo, región en la cual Jesús confió a Pedro las
llaves del Reino de los cielos, constituyéndole fundamento de su
Iglesia (cf. Mt 16, 13-19)? Se puede decir que en Tierra Santa, de
norte a sur, todo recuerda a Cristo. Pero deberé contentarme con
los lugares más representativos y Jerusalén, en cierto modo,
los resume todos. Aquí, si Dios quiere, tengo intención de
sumirme en oración, llevando en el corazón a toda la
Iglesia. Aquí contemplaré los lugares en los que Cristo ha
dado su vida y la ha recuperado después en la resurrección,
haciéndose don de su Espíritu. Aquí quisiera gritar
una vez más la inmensa y consoladora certeza de que « tanto amó
Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en
él no perezca, sino que tenga vida eterna » (Jn 3,
16).
8. Entre los lugares de Jerusalén a los que están más
unidos los acontecimientos terrenos de Cristo, es casi obligada la visita
al Cenáculo, donde Jesús instituyó la Eucaristía,
fuente y cumbre de la vida de la Iglesia. Aquí, según la
tradición, estaban reunidos en oración los Apóstoles,
junto con María, madre de Cristo, cuando el día de Pentecostés
recibieron el Espíritu Santo. Entonces comenzó la última
etapa en el camino de la historia de la salvación, el tiempo de la
Iglesia, cuerpo y esposa de Cristo, pueblo peregrino en el tiempo, llamada
a ser signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de
la unidad de todo el género humano (cf. Lumen gentium, 1).
La visita al Cenáculo quiere ser, pues, una vuelta a las fuentes
mismas de la Iglesia. El Sucesor de Pedro, que vive en Roma, el lugar
donde el Príncipe de los Apóstoles afrontó el
martirio, ha de volver constantemente al lugar en el que Pedro, el día
de Pentecostés, comenzó a proclamar en voz alta, con la
fuerza embriagadora del Espíritu, la « buena noticia » de
que Jesucristo es el Señor (cf. Hch 2, 36).
9. La visita a los Santos Lugares de la vida terrena del Redentor
introduce, lógicamente, en los lugares que fueron significativos
para la Iglesia naciente y conocieron el empuje misionero de la primera
comunidad cristiana. Éstos serían muchos, si seguimos la
narración de Lucas en los Hechos de los Apóstoles. Pero, en
particular, me gustaría poder detenerme en meditación también
en dos ciudades singularmente relacionadas con la vida de Pablo, el apóstol
de los Gentiles. Pienso ante todo en Damasco, lugar que evoca su conversión.
En efecto, el futuro apóstol se dirigía a aquella ciudad
como perseguidor cuando Cristo mismo se interpuso en su camino: «
Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? » (Hch 9,
4). El celo de Pablo, una vez conquistado por Cristo, se extendió
con una progresión incontenible hasta alcanzar gran parte del mundo
entonces conocido. Muchas fueron las ciudades que él evangelizó.
En particular, desearía pasar por Atenas, en cuyo Areópago
Pablo pronunció un discurso memorable (cf. Hch 17, 22-31).
Teniendo en cuenta el papel de Grecia en la formación de la cultura
antigua, se comprende por qué aquel discurso puede ser considerado
en cierto modo como el símbolo mismo del encuentro del Evangelio
con la cultura humana.
10. Abandonándome totalmente a lo que disponga la divina
voluntad, me gustaría que, al menos en sus puntos esenciales,
puediera llevarse a cabo este proyecto. Se trata de una peregrinación
exclusivamente religiosa, tanto por su naturaleza como por su finalidad, y
me desagradaría que a este proyecto mío se le atribuyeran
otros significados diferentes. Más aún, ya desde ahora lo
estoy recorriendo en sentido espiritual, puesto que ir a estos lugares,
aunque sólo sea con el pensamiento, significa en cierto modo releer
el Evangelio mismo, hacer las rutas que ha seguido la Revelación.
Ir con espíritu de oración de un lugar a otro, de una a
otra ciudad, en el espacio particularmente marcado por la intervención
de Dios, no solamente nos ayuda a vivir nuestra vida como un camino, sino
que nos presenta plásticamente la idea de un Dios que nos ha
anticipado y nos precede, que se ha puesto él mismo en camino por
las sendas de los hombres, que no nos mira desde lo alto sino que se ha
hecho nuestro compañero de viaje.
La peregrinación a los Santos Lugares se convierte así en
una experiencia extraordinariamente significativa, evocada en cierto modo
por cualquier otra peregrinación jubilar. En efecto, la Iglesia no
puede olvidar sus raíces; más aún, debe volver a
ellas continuamente para mantenerse fiel al designio de Dios. Por eso he
escrito en la Bula Incarnationis mysterium que el Jubileo,
celebrado contemporáneamente en Tierra Santa, en Roma y en las
Iglesias locales de todo el mundo, « tendrá, por decirlo de
algún modo, dos centros: por una parte la Ciudad donde la
Providencia quiso poner la sede del Sucesor de Pedro, y por otra, Tierra
Santa, en la que el Hijo de Dios nació como hombre tomando carne de
una Virgen llamada María » (n. 2).
Esta atención a Tierra Santa, a la vez que expresa el recuerdo
obligado de los cristianos, quiere poner de relieve la profunda relación
que éstos siguen teniendo con el pueblo judío, del cual
Cristo proviene según la carne (cf. Rm 9, 5). En estos últimos
decenios, especialmente después del Concilio Vaticano II, se han
dado muchos pasos para establecer un diálogo fecundo con el pueblo
que Dios ha elegido como primer destinatario de sus promesas y de la
alianza. El Jubileo debe ser una ocasión ulterior para hacer crecer
la conciencia de los vínculos que nos unen, contribuyendo a disipar
definitivamente las incomprensiones que, por desgracia, han marcado tantas
veces amargamente a lo largo de los siglos las relaciones entre cristianos
y judíos.
Además, no podemos olvidar que también para los seguidores
del Islam la Tierra Santa es un lugar importante y le tributan una
especial veneración. Espero ardientemente que mi visita a los
Santos Lugares pueda ofrecer también la oportunidad de un encuentro
con ellos, para que, incluso en la claridad del testimonio, se acrecienten
los motivos de un conocimiento y estima recíprocos, así como
de colaboración en el esfuerzo por dar testimonio del valor del
compromiso religioso y el anhelo por una sociedad más conforme al
designio de Dios, en el respeto de cada ser humano y de la creación.
11. En este caminar por las tierras que Dios ha elegido para plantar su «
tienda » entre nosotros, deseo vivamente ser acogido como peregrino y
hermano, no sólo por las comunidades católicas que tendré
el gozo de encontrar, sino también por las otras Iglesias que han
vivido ininterrumpidamente en los Santos Lugares y los han custodiado con
fidelidad y amor al Señor.
Esta peregrinación que me preparo a realizar a Tierra Santa con
ocasión del Año jubilar, estará marcada, más
que en cualquier otro de mis viajes, por el anhelo de la oración
dirigida por Cristo al Padre para que todos sus discípulos «
sean uno » (Jn 17, 21); una oración que interpela de
manera aún más vigorosa si cabe en el momento excepcional
que abre el nuevo milenio. Por eso desearía que todos los hermanos
de fe, en la docilidad al Espíritu Santo, puedan ver en mis pasos
de peregrino en la tierra hollada por Cristo una « doxología »
para la salvación que todos hemos recibido, y sería una
dicha para mí si pudiéramos reunirnos juntos en los lugares
de nuestro origen común, para testimoniar a Cristo que es Uno (cf.
Ut unum sint, n. 23) y confirmar el compromiso mutuo hacia el
restablecimiento de la plena comunión.
12. No me queda, pues, si no invitar fervientemente a toda la comunidad
cristiana a ponerse idealmente en camino para la peregrinación
jubilar. Esta podrá celebrarse en las múltiples formas que
he indicado en la Bula de convocación. Pero ciertamente serán
muchos los que lo vivirán poniéndose concretamente en marcha
hacia aquellos lugares que han tenido un relieve particular en la historia
de la salvación. En cualquier caso, todos debemos hacer ese viaje
interior que tiene por objeto separarnos de lo que, en nosotros y en torno
a nosotros, es contrario a la ley de Dios, para ponernos en disposición
de encontrar plenamente a Cristo, confesando nuestra fe en él y
recibiendo la abundancia de su misericordia.
En el Evangelio, Jesús se nos presenta siempre en camino. Parece
que tuviera prisa de ir de una parte a otra para anunciar la cercanía
del Reino de Dios. Anuncia y llama. Su « sígueme » obtuvo
la pronta adhesión de los Apóstoles (cf. Mc 1,
16-20). Sintámonos todos alcanzados por su voz, su invitación,
su llamada a una vida nueva.
Lo digo sobre todo a los jóvenes, ante los cuales la vida se abre
como un camino rico de sorpresas y de promesas.
Lo digo a todos: ¡Vayamos tras las huellas de Cristo!
Que el viaje que deseo hacer en el Año jubilar pueda representar
el viaje de toda la Iglesia, deseosa de estar cada vez más
disponible a la voz del Espíritu, para ir con agilidad al encuentro
con Cristo, el Esposo: « El Espíritu y la Novia dicen: ¡Ven!
» (Ap 22, 17).
Vaticano, 29 de junio, solemnidad de los Santos Pedro y Pablo, del año
1999, vigésimo primero de mi Pontificado.
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