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MENSAJE DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO II A LOS PARTICIPANTES EN UN CONGRESO SOBRE EL TEMA "CALIDAD
DE VIDA Y ÉTICA DE LA SALUD"
Al venerado hermano
Monseñor ELIO SGRECCIA
Presidente de la
Academia pontificia para la vida
1. Me alegra enviar mi cordial saludo a cuantos participan en el congreso de
estudio que la Academia pontificia para la vida ha organizado sobre el tema:
"Calidad de vida y ética de la salud". Lo saludo en particular a usted, venerado
hermano, a la vez que lo felicito y le expreso mis mejores deseos para el cargo
de presidente de dicha Academia, que desempeña desde hace poco. Extiendo mi
saludo también al canciller, monseñor Ignacio Carrasco, al que deseo asimismo
resultados fecundos en su nuevo encargo. Saludo con viva gratitud al benemérito
profesor Juan de Dios Vial Correa, que ha dejado la presidencia de la Academia
después de diez años de servicio generoso y competente.
Por último, expreso mi agradecimiento en especial a todos los miembros de la
Academia pontificia por su trabajo diligente, más valioso que nunca en estos
tiempos, caracterizados por la aparición en la sociedad de numerosos problemas
relacionados con la defensa de la vida y de la dignidad de la persona humana. En
cuanto es posible prever, también en el futuro la Iglesia será cada vez más
interpelada sobre estos temas que afectan al bien fundamental de toda persona y
de toda sociedad. Por eso, la Academia pontificia para la vida, después de un
decenio de vida, deberá seguir desempeñando un papel de delicada y valiosa
actividad en apoyo de los organismos de la Curia romana y de toda la Iglesia.
2. El tema examinado en este congreso es de máxima importancia ética y cultural
tanto para las sociedades desarrolladas como para las que están en vías de
desarrollo. Los términos "calidad de vida" y "promoción de la salud"
identifican uno de los principales objetivos de
las sociedades contemporáneas, planteando interrogantes no exentos de ambigüedad
y, a veces, de trágicas contradicciones, por lo que requieren un atento
discernimiento y una profunda clarificación.
En la encíclica Evangelium vitae, a propósito de la búsqueda cada vez más
afanosa de la "calidad de vida" que caracteriza especialmente a las sociedades
desarrolladas, afirmé: "La llamada "calidad de vida" se interpreta principal o
exclusivamente como eficiencia económica, consumismo desordenado, belleza y goce
de la vida física, olvidando las dimensiones más profundas —relacionales,
espirituales y religiosas— de la existencia" (n. 23). Es en estas dimensiones
más profundas donde hay que concentrar la atención para buscar una
clarificación adecuada.
3. Ante todo, se debe reconocer la calidad esencial que distingue a toda
criatura humana por el hecho de haber sido creada a imagen y semejanza
del Creador mismo. El hombre, constituido de cuerpo y espíritu en la unidad de
la persona -corpore et anima unus, como dice la constitución
Gaudium
et spes (n. 14)-, está llamado a un diálogo personal con el Creador. Por
eso, posee una dignidad superior por esencia a las demás criaturas visibles,
vivientes y no vivientes. Como tal, está llamado a colaborar con Dios en la
tarea de someter la tierra (cf. Gn 1, 28) y en el designio redentor está
destinado a poseer la dignidad de hijo de Dios.
Este nivel de dignidad y de calidad pertenece al orden ontológico
y es constitutivo del ser humano; permanece en todos los momentos de la vida,
desde el primer instante de la concepción hasta la muerte natural, y se realiza
plenamente en la dimensión de la vida eterna. Por tanto, se debe reconocer y
respetar al hombre en cualquier condición de salud, de enfermedad o de
discapacidad.
4. Coherentemente con este nivel primero y esencial, de modo complementario, es
necesario reconocer y promover un segundo nivel de calidad de vida: a
partir del reconocimiento del derecho a la vida y de la dignidad peculiar de
toda persona, la sociedad debe promover, en colaboración con la familia y los
demás organismos intermedios, las condiciones concretas para desarrollar
armoniosamente la personalidad de cada uno, según sus capacidades naturales.
Todas las dimensiones de la persona —la corpórea, la psicológica, la espiritual
y la moral— han de promoverse en armonía. Esto supone la presencia de
condiciones sociales y ambientales aptas para favorecer ese desarrollo
armonioso. Por tanto, el contexto socio-ambiental caracteriza este
segundo nivel de calidad de la vida humana, que debe reconocerse a todos los
hombres, incluso a los que viven en países en vías de desarrollo. En
efecto, la dignidad de los seres humanos es igual, independientemente de la
sociedad a la que pertenezcan.
5. Sin embargo, en nuestros días, el significado que la expresión "calidad de
vida" está asumiendo progresivamente se aleja a menudo de esta interpretación
básica, fundada en una recta antropología filosófica y teológica.
En efecto, bajo el impulso de la sociedad del bienestar, se está favoreciendo
una noción de calidad de vida que es, al mismo tiempo, restrictiva y
selectiva: consistiría en la capacidad de disfrutar y de experimentar
placer, o también en la capacidad de autoconciencia y de participación en la
vida social. En consecuencia, se niega toda calidad de vida a los seres humanos
que aún no son capaces de entender y querer, o a los que ya no lo
son, o a quienes ya no pueden disfrutar de la vida como sensación y relación.
6. Una desviación análoga ha sufrido también el concepto de salud. Ciertamente, no es
fácil definir en términos lógicos y precisos un concepto complejo y
antropológicamente rico como el de salud. Pero es cierto que con este término se
quiere hacer referencia a todas las dimensiones de la persona, en su armoniosa y
recíproca unidad: la dimensión corpórea, la psicológica y la
espiritual y moral.
Esta última dimensión, la moral, no puede descuidarse. Toda persona tiene una
responsabilidad con respecto a su salud y a la de quien no ha llegado a la
madurez o ya no tiene la capacidad de cuidar de sí mismo. Más aún, la persona
está llamada también a tratar con responsabilidad el medio ambiente, de manera
que sea "saludable".
¡De cuántas enfermedades, en sí mismas y en los demás, son responsables a menudo
las personas! Pensemos en la difusión del alcoholismo, de la drogodependencia y
del sida. ¡Cuánta energía vital y cuántas vidas de jóvenes podrían ahorrarse y
mantenerse sanas si la responsabilidad moral de cada uno promoviera más la
prevención y la conservación del valioso bien que es la salud!
7. Ciertamente, la salud no es un bien absoluto. No lo es. sobre todo,
cuando se la considera como simple bienestar físico, mitificado hasta coartar o
descuidar bienes superiores, aduciendo razones de salud incluso para rechazar la
vida naciente: esto es lo que sucede con la así llamada "salud reproductiva".
¿Cómo no reconocer en esto una concepción restrictiva y desviada de la salud?
En cualquier caso, entendida correctamente, sigue siendo uno de los bienes más
importantes con respecto a los cuales tenemos una responsabilidad precisa, hasta
tal punto que sólo puede sacrificarse para alcanzar bienes superiores, como
requiere a veces el servicio a Dios, a la familia, al prójimo y a la sociedad
entera.
Así pues, se debe proteger y cuidar la salud como equilibrio físico-psíquico
y espiritual del ser humano. Es una grave responsabilidad ética y social
estropear la salud a consecuencia de desórdenes de varios tipos, por lo general
relacionados con la degradación moral de la persona.
8. Es tan grande la importancia ética del bien de la salud, que motiva un fuerte
compromiso de tutela y de cuidado por parte de la sociedad misma.
Es un deber de solidaridad que no excluye a nadie, ni siquiera a los que por su
propia culpa han perdido la salud.
En efecto, la dignidad ontológica de la persona es superior: trasciende incluso
las conductas equivocadas y culpables del sujeto. Curar la enfermedad y hacer
todo lo posible para prevenirla son tareas permanentes de cada uno y de la
sociedad, precisamente como homenaje a la dignidad de la persona y a la
importancia del bien de la salud.
En vastas zonas del mundo, la humanidad de hoy es víctima del bienestar que ella
misma ha creado, y, en otras partes mucho más vastas, es víctima de enfermedades
difundidas y devastadoras, cuya virulencia deriva de la miseria y de la
degradación ambiental.
Todas las fuerzas de la ciencia y de la sabiduría deben movilizarse al servicio
del bien verdadero de la persona y de la sociedad en las diversas partes del
mundo, a la luz del criterio de fondo que es la dignidad de la persona,
en la que está grabada la imagen misma de Dios.
Con estos deseos, encomiendo los trabajos del congreso a la intercesión de
Aquella que acogió en su vida la Vida del Verbo encarnado, a la vez que, como
signo de especial afecto, imparto a todos mi bendición.
Vaticano, 19 de febrero de 2005
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