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MENSAJE DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO II AL CARDENAL CAMILLO RUINI CON OCASIÓN DEL 50°
ANIVERSARIO DE SU ORDENACIÓN SACERDOTAL
Al venerado hermano
Señor cardenal
CAMILLO RUINI
Vicario general
para la diócesis de Roma
Presidente de la
Conferencia episcopal italiana
1. El 8 de diciembre de 1954, en el centenario de la proclamación del dogma de
la Inmaculada, usted, venerado hermano, recibió la ordenación sacerdotal de
manos del entonces vicegerente de Roma, mons. Luigi Traglia. Al recordar,
cincuenta años después, ese momento fundamental de su vida, deseo unirme
espiritualmente a la acción de gracias que usted, precisamente en la víspera de
la solemnidad de la Inmaculada Concepción, elevará a Dios durante la solemne
santa misa jubilar en la patriarcal basílica de San Juan de Letrán, de la que
es arcipreste.
En esta feliz ocasión, señor cardenal, me complace pensar en la Virgen santísima
como Madre de su sacerdocio y de toda su vida, que comenzó en años difíciles
para la comunidad civil y eclesial italiana, especialmente para la región de
Emilia. María ha velado por sus padres, la señora Iolanda y el doctor Francesco,
al que aún se recuerda por su entrega a la profesión de médico al servicio de la
gente. Precisamente de ellos, a los que nos complace pensar asociados a la
felicidad de este aniversario, usted recibió la educación en los grandes valores
del espíritu que lo han acompañado en su largo ministerio pastoral.
La Virgen María lo ha sostenido en las diversas etapas de su vida. Habiendo
crecido entre los jóvenes de la Acción católica del Oratorio de Sassuolo, ya
desde su adolescencia comenzó a interesarse por los problemas sociopolíticos tan
sentidos en su tierra de origen. Luego, guiado por sabios presbíteros, supo
reconocer y aceptar la llamada del Señor y seguirlo por el camino de la entrega
total a la causa del reino de Dios. Realizó los estudios en Roma, en la
Pontificia Universidad Gregoriana, y completó su formación sacerdotal en el Almo
Colegio Capránica, cuya comisión episcopal preside hoy, en contacto con
sacerdotes ejemplares como el rector, mons. Cesare Federici, el vicerrector,
mons. Luigi Solari, y mons. Pirro Scavizzi.
2. Han transcurrido cincuenta años desde el día de su ordenación sacerdotal.
Fueron momentos inolvidables, que usted ha revivido y revive en estos días
juntamente con sus familiares y amigos, y con la amada diócesis de Reggio
Emilia-Guastalla. Con usted se alegran la comunidad del seminario diocesano y
las de los Estudios teológicos interdiocesano y regional, en donde usted enseñó
durante muchos años, primero filosofía y luego teología dogmática. Participan en
las celebraciones la Acción católica y los organismos de pastoral cultural y
escolar, en los que usted fue primero miembro y luego guía iluminado, así como
toda la comunidad diocesana de Reggio Emilia-Guastalla, en la que fue obispo
auxiliar del recordado mons. Gilberto Baroni.
Sobre todo se alegra con usted la comunidad de la diócesis de Roma, al servicio
de la cual, desde hace más de trece años, le encomendé el cargo de vicario
general. Le agradezco la entrega con que cumple esta misión, sin escatimar
esfuerzos. Y también le agradezco el servicio que presta desde hace muchos años
a la Santa Sede como miembro de la Congregación para los obispos y de la
Administración del patrimonio de la Sede apostólica.
En esta feliz circunstancia también lo acompaña de cerca la Iglesia que está en
Italia. En efecto, en la segunda mitad de la década de 1980, por el aprecio que
sentía hacia usted como perspicaz colaborador en la preparación de la Asamblea
eclesial de Loreto, quise encomendarle la Secretaría general de la Conferencia
episcopal italiana. Juntamente con el presidente, cardenal Ugo Poletti, de
venerada memoria, al que sucedió en el cargo, usted ha dirigido la Conferencia
en los años de la aplicación de lo previsto en el nuevo Concordato entre Italia
y la Santa Sede, al servicio de la comunidad cristiana, que le debe mucho a
usted porque nunca ha dejado de alzar su voz, con claridad y valentía, en estos
casi diecinueve años, marcados por grandes cambios sociales y culturales en
Italia y en el mundo.
3. En este arco de tiempo, usted ha sido promotor celoso de numerosos
acontecimientos de la vida eclesial romana e italiana. Me limito a recordar la
conclusión del Sínodo diocesano de Roma, con la misión ciudadana en preparación
para el gran jubileo del año 2000, y la "Gran oración por Italia". Al dirigir,
en mi nombre, esas iniciativas, como en toda su actividad, usted ha dado prueba
de una entrega pastoral constante, corroborada por una singular capacidad de
conjugar la defensa del patrimonio espiritual y cultural de la amada Italia con
el celo misionero de hacer llegar el mensaje evangélico a los hombres y mujeres
de hoy, mediante un diálogo abierto con la cultura contemporánea. Ha vivido y
realizado todo esto impulsado por su espíritu sacerdotal, buscando ante todo la
mayor gloria de Dios y el bien de las almas, e inspirándose en las enseñanzas
del concilio Vaticano II.
Por tanto, venerado hermano, es grande mi gratitud por el trabajo que ha llevado
a cabo, y siento espontáneamente el deseo de traducir este sentimiento en
oración, invocando de Dios la abundante recompensa que sólo él sabe y puede dar.
En el Año especial de la Eucaristía, que estamos celebrando, pido al Señor que,
alimentado a diario con el Pan de la vida, siga avanzando por el camino de la
plena y sincera configuración con Cristo, buen Pastor que dio la vida por su
rebaño hasta morir en la cruz.
Siguiéndolo dócilmente por este arduo camino, usted verá cómo su sacerdocio se
enriquece cada vez con más frutos espirituales, bendecido y sostenido por la
Virgen Inmaculada y por sus santos protectores.
Con estos sentimientos, le imparto una especial bendición apostólica, que
extiendo de corazón a todos los que lo acompañan en esta alegre celebración
jubilar, con un saludo también para todos los que Dios ha encomendado a su
solicitud pastoral.
Vaticano, 4 de diciembre de 2004
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