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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUN PABLO II A LOS PARTICIPANTES EN
UNA SEMANA DE ORACIÓN Y
REFLEXIÓN MARIANA CELEBRADA EN SICILIA
Al venerado hermano
Cardenal SALVATORE DE GIORGI
Arzobispo de Palermo
Presidente de la
Conferencia episcopal siciliana
1. Me ha complacido saber que las celebraciones por el 150° aniversario de la
proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción de la bienaventurada Virgen
María han suscitado en la Iglesia que está en Sicilia una adhesión ferviente y
coral. Con esa ocasión, se ha organizado oportunamente, en este mes de octubre,
una Semana de oración y reflexión, abierta al clero, a los religiosos y a los
fieles de la comunidad eclesial siciliana. El júbilo común se manifestará sobre
todo en la solemne celebración eucarística del domingo 24 de octubre, en
Palermo. En ella deseo hacerme presente espiritualmente con este mensaje.
He apreciado mucho, venerado hermano, que, con vistas a ese aniversario, tanto
los obispos como los ministros provinciales de las familias franciscanas de
Sicilia hayan querido proponer de nuevo al pueblo de Dios las profundas raíces
históricas que tiene la devoción a la Inmaculada en Sicilia.
2. En efecto, esa devoción se remonta seguramente a los tiempos de la dominación
bizantina, entre los siglos VI y IX. La Madre de Cristo era particularmente
venerada con el título de Panaghia, Toda Santa. Se comenzó a celebrar
litúrgicamente su "santa Concepción", y ese culto prosiguió y se desarrolló sin
interrupción en la isla. En el siglo XV, gracias a la predicación de los frailes
franciscanos, la fiesta se hizo incluso de precepto, se multiplicaron las
iglesias y las capillas dedicadas a la Inmaculada, y se difundió su iconografía.
Después del concilio de Trento surgieron en Sicilia numerosas cofradías de María
Inmaculada, entre las que merece recordarse de modo especial la que se instituyó
en 1593 en Palermo, en la basílica de San Francisco de Asís. En el siglo XVII, por
influencia española, las autoridades del Reino institucionalizaron el culto a la
Inmaculada, y la ciudad de Palermo solicitó oficialmente a la Santa Sede la
proclamación del dogma.
La Inmaculada fue declarada patrona principal de toda Sicilia, y los fieles se
comprometieron a profesar y defender esta verdad hasta la muerte, un voto que ha
permanecido en vigor hasta hoy, superando los cambios de los tiempos y de los
regímenes.
En 1850, a la pregunta formulada por el Papa Pío IX, el Episcopado siciliano
respondió de modo unánime que deseaba la definición dogmática, afirmando que la
fe en la Inmaculada Concepción de María era parte integrante e irrenunciable del
patrimonio de fe y de piedad del pueblo cristiano de la isla.
3. A un siglo y medio de distancia, es motivo de viva satisfacción para el
Sucesor de Pedro saber que las comunidades eclesiales de Sicilia, guiadas por
sus pastores, se reúnen para celebrar el histórico acto magisterial y
profundizar en su significado.
La Sicilia de hoy ha cambiado mucho, como por lo demás toda la sociedad
italiana, pero es muy importante que las nuevas generaciones sepan conservar
intacto el patrimonio de valores que ha hecho célebre la historia de la isla.
Ciertamente, una parte notable de este noble patrimonio está constituida por las
tradiciones religiosas que florecieron en la cepa antigua de la fe cristiana.
Entre estas ocupan un puesto destacado las manifestaciones de devoción a la
Virgen santísima, en las que los fieles sicilianos se han distinguido siempre.
En un mundo que cambia rápidamente, existen algunas cosas que no deben
modificarse. Entre ellas se encuentra ciertamente el vínculo de amor filial
entre los miembros de la Iglesia y la Virgen "llena de gracia" (Lc 1,
28), a quien Jesús, desde la cruz, nos dio como Madre (cf. Jn 19, 27).
4. En medio de las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias de
la vida, María es signo de consuelo y de esperanza segura. Lo es para los
ancianos y para los jóvenes, para las familias y para las personas consagradas.
Al decir esto, pienso en particular en la amada gente de Sicilia: ruego por
todos, invocando sobre cada comunidad diocesana y parroquial la protección
materna de María Inmaculada.
Con estos sentimientos, le imparto a usted, señor cardenal, y a los hermanos en
el episcopado, a los sacerdotes y a los religiosos, así como a todo el pueblo de
Dios que está en Sicilia, una especial bendición apostólica.
Vaticano, 18 de octubre de 2004
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