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MENSAJE
DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II CON MOTIVO DEL CAPÍTULO GENERAL DE LA ORDEN
DE LOS FRAILES PREDICADORES
Al reverendísimo Timothy RADCLIFFE
Maestro general de la Orden de Predicadores
"Dando gracias al Padre que os ha hecho aptos para participar en la
herencia de los santos en la luz" (Col 1, 12), lo saludo a usted y a
la Orden de Predicadores con ocasión del capítulo general electivo que
comenzará en Rhode Island el 10 de julio. Mientras os reunís en el primer capítulo
del nuevo milenio para elegir al 85° sucesor de vuestro bienaventurado
fundador, santo Domingo, invoco sobre los miembros del capítulo la luz del Espíritu
Santo, a fin de que todo lo que penséis, digáis y hagáis fortalezca a la
Orden y dé paz a la Iglesia, para que glorifique a Dios.
Una de las primeras tareas asignadas a vuestra Orden, desde su fundación, fue
la proclamación de la verdad de Cristo como respuesta a la herejía albigense,
una nueva forma de la recurrente herejía maniquea contra la que el cristianismo
ha combatido desde el principio. Su idea central es el rechazo de la Encarnación,
al negarse a aceptar que "el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros
(...), lleno de gracia y de verdad" (Jn 1, 14). Para responder a
esta nueva forma de la antigua herejía, el Espíritu Santo suscitó la Orden de
Predicadores, hombres que deberían destacar por su pobreza y su movilidad al
servicio del Evangelio, contemplando incesantemente la verdad del Verbo
encarnado en la oración y en el estudio, y transmitiendo a los demás los
frutos de esa contemplación a través de su predicación y de su enseñanza. Contemplata
aliis tradere: el lema de la orden se convirtió en su gran estímulo
a la acción, y así sigue siendo todavía hoy.
En vuestro capítulo reflexionaréis sobre estos temas, íntimamente
relacionados entre sí: "Predicar el Evangelio en un mundo
globalizado" y "La renovación de la vida contemplativa". La
historia de vuestra Orden demuestra que el Evangelio sólo se predicará de modo
auténtico y eficaz en un mundo en rápida transformación si los
cristianos siguen el camino de la contemplación que lleva a una relación
más profunda con Cristo, "acogido en su múltiple presencia en la Iglesia
y en el mundo, y confesado como sentido de la historia y luz de
nuestro camino" (Novo millennio ineunte, 15).
No cabe duda de que las antiguas aflicciones del corazón humano y los grandes
errores no mueren jamás, sino que se mantienen en letargo por un tiempo y luego
vuelven a aparecer bajo otras formas. Por eso hace falta siempre una nueva
evangelización, como la que el Espíritu Santo pide realizar a la Iglesia
actualmente. Vivimos en un tiempo caracterizado, a su manera, por el rechazo de
la Encarnación. Por primera vez desde el nacimiento de Cristo, acontecido hace
dos mil años, es como si él ya no encontrara lugar en un mundo cada vez más
secularizado. No siempre se niega a Cristo de manera explícita; muchos incluso
dicen que admiran a Jesús y valoran algunos elementos de su enseñanza. Pero él
sigue lejos: en realidad no es conocido, amado y obedecido; sino relegado
a un pasado remoto o a un cielo lejano.
Nuestra época niega la Encarnación de muchos modos prácticos, y las
consecuencias de esta negación son claras e inquietantes. En primer lugar, la
relación individual con Dios se considera como exclusivamente personal y
privada, de manera que se aparta a Dios de los procesos por los que se rige la
actividad social, política y económica. A su vez, esto lleva a una notable
disminución del sentido de las posibilidades humanas, dado que Cristo es el único
que revela plenamente las magníficas posibilidades de la vida humana, el único
que "manifiesta plenamente el hombre al propio hombre" (Gaudium et
spes, 22).
Cuando se excluye o niega a Cristo, se reduce nuestra visión del sentido de la
existencia humana; y cuando esperamos y aspiramos a algo inferior, la esperanza
da paso a la desesperación, y la alegría a la depresión. Se produce también
una profunda desconfianza en la razón y en la capacidad humana de captar la
verdad; incluso se pone en tela de juicio el mismo concepto de verdad. La fe y
la razón, al empobrecerse recíprocamente, se separan, degenerando
respectivamente en el fideísmo y en el racionalismo (cf. Fides et ratio,
48).
Ya no se aprecia ni se ama la vida; por eso avanza una cierta cultura de la
muerte, con sus amargos frutos: el aborto y la eutanasia. No se valora ni
se ama correctamente el cuerpo y la sexualidad humana; de ahí deriva la
degradación del sexo, que se manifiesta en una ola de confusión moral,
infidelidad y violencia pornográfica. Ni siquiera se ama y valora la creación
misma; por eso el fantasma del egoísmo destructor se percibe en el abuso y en
la explotación del medio ambiente.
En esta situación, la Iglesia y el Sucesor del apóstol Pedro miran a la Orden
de Predicadores con la misma esperanza y confianza que en los tiempos de su
fundación. Las necesidades de la nueva evangelización son enormes.
Ciertamente, vuestra Orden, con sus numerosas vocaciones y su extraordinaria
herencia, puede desempeñar un papel fundamental en la misión de la Iglesia
para acabar con los antiguos errores y proclamar con eficacia el mensaje de
Cristo en el alba del nuevo milenio.
Cuando santo Domingo estaba agonizando, dijo a sus hermanos consternados:
"No lloréis, porque seré más útil para vosotros después de mi muerte,
y os ayudaré de forma más eficaz que durante mi vida". Oro fervientemente
para que la intercesión de vuestro fundador os fortalezca en el cumplimiento de
vuestras actuales tareas, y para que la gran multitud de santos dominicos que
han enriquecido la Orden en el pasado ilumine su camino en el futuro.
Encomendando la Orden de Predicadores a la protección materna de Nuestra Señora
del Rosario, le imparto de buen grado mi bendición apostólica a usted, a los
miembros del capítulo y a todos los frailes como prenda de gracia y paz
imperecederas en Jesucristo, "imagen de Dios invisible, primogénito de
toda la creación" (Col 1, 15).
Vaticano, 28 de junio de 2001
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