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MENSAJE DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO II AL DIRECTOR Y A TODOS LOS MIEMBROS DE LA REDACCIÓN DE L'OSSERVATORE
ROMANO
Al ilustrísimo señor
Profesor MARIO AGNES
Director de L'Osservatore Romano
La feliz celebración del 140° aniversario de L'Osservatore Romano me
impulsa, ante todo, a elevar a Dios una sincera acción de gracias por el bien
que Él ha realizado a través del periódico durante estos años. Además, me
ofrece la grata ocasión de repasar el largo camino realizado por el diario en
este arco de tiempo, al servicio de la causa del Evangelio y de la Santa Sede.
En primer lugar, quisiera recordar a mis venerados predecesores que, con
solicitud paterna, indicaron constantemente al periódico las líneas de
pensamiento y de acción a las que debía atenerse. Siguiendo el incansable
magisterio petrino, L'Osservatore Romano, durante estos 140 años, ha
conjugado una sólida fidelidad al Sucesor de Pedro con una vigilante atención
al dinamismo de la Iglesia y también con un valiente servicio al hombre, que en
muchas ocasiones ha resultado profético.
Con el Papa Pío IX el periódico, reafirmando el valor de las normas fundadas
en la naturaleza de la persona y en las enseñanzas evangélicas, combatió
algunas concepciones erróneas de la libertad, defendiendo al mismo tiempo el
concepto correcto de ese principio en sus diversos ámbitos y mostrando que,
bien interpretado, no tiene nada que temer del ejercicio del Magisterio de la
Iglesia, incluso cuando se pronuncia de manera infalible.
Con León XIII, el Papa de la Rerum novarum, el periódico de la Santa
Sede ensanchó sus horizontes hasta las cuestiones sociales de la época
moderna, abriendo el camino a una profunda consideración de las exigencias que
brotan de la solidaridad y la cooperación. Con san Pío X se elevó la voz de
la Iglesia contra el modernismo: L'Osservatore Romano
le dio la debida resonancia. Con su Sucesor, el Pontífice Benedicto XV, el
"no" a la guerra resonó con fuerza desde la Sede apostólica,
encontrando amplio espacio en L'Osservatore Romano, que recogía los
apremiantes llamamientos del Papa dirigidos a todos los hombres de buena
voluntad.
En los años sucesivos, el periódico, siguiendo el magisterio de los
Papas Pío XI y Pío XII, repitió con vigor su invitación a construir un
mundo de paz y de reconciliación, luchando contra las ideologías totalitarias.
Después de la tragedia de la segunda guerra mundial, L'Osservatore Romano
se hizo portavoz de la exhortación de los Pontífices a valorar el papel del
laicado en la vida de la Iglesia y a dar respuestas concretas a las nuevas
exigencias éticas que se planteaban en la sociedad contemporánea.
Con el beato Juan XXIII, que anunció, convocó e inauguró el concilio ecuménico
Vaticano II, el periódico abrió de par en par sus ventanas a la nueva
primavera de la Iglesia, contribuyendo a ampliar en las conciencias tanto los
horizontes del compromiso misionero de la Iglesia como los de la debida
solidaridad entre los pueblos.
Con el siervo de Dios Pablo VI, el Papa de la Ecclesiam suam y de la Evangelii
nuntiandi, L'Osservatore Romano trató de leer e interpretar
fielmente "los signos de los tiempos", ayudando a los creyentes a
afrontar los desafíos de nuestra época y a mirar con esperanza al futuro.
Yo mismo, desde que el Señor me llamó a la Cátedra de Pedro, he seguido, día
a día, el itinerario religioso, pastoral, cultural, político y social del periódico.
Me complace constatar que, además de ser la "voz" atenta y vigilante
de la actividad del Papa misionero por los caminos del mundo, ha procurado
siempre comunicar a sus lectores el amor a la Iglesia y al Sucesor de Pedro, así
como la pasión por las verdades cristianas más sentidas, o a veces
contestadas, por el hombre del tercer milenio: la defensa y el amor a la
vida desde su nacimiento hasta su ocaso natural; el respeto a todo ser humano;
la sed de libertad; el derecho a la libertad religiosa; la política como
servicio; los derechos del mundo del trabajo y del enfermo; y los diferentes
aspectos de la globalización. Estas y otras temáticas, que he afrontando
frecuentemente durante mi servicio pastoral a la Iglesia universal, han sido
transmitidas a los lectores con fuerza, vigor y novedad de lenguaje por el periódico
que usted dirige.
¿Y qué decir del gran servicio realizado durante el tiempo luminoso en el que
la Iglesia preparó, celebró y vivió el gran jubileo del año 2000? A la vez
que le doy gracias cordialmente a usted, que desde el 1 de septiembre de 1984
dirige con gran dedicación L'Osservatore Romano, con la ayuda de beneméritos
periodistas, por los años más recientes, quisiera evocar aquí especialmente
los grandes acontecimientos jubilares seguidos y presentados a los lectores con
imágenes, crónicas y comentarios adecuados. Para toda la familia de L'Osservatore
Romano fue un esfuerzo notable, que permitió dar el justo eco a
celebraciones que han dejado huella no sólo dentro de la Iglesia, sino también
en el mundo entero. La gracia del jubileo, transmitida también a través de las
páginas de L'Osservatore Romano, además de dar una visión cósmica de
la vida de la Iglesia, fuertemente unida a la Cátedra de Pedro, ofreció también
la imagen de una Iglesia abierta a las expectativas del mundo, llamada a ser
"en Cristo como un sacramento o signo e instrumento de la unión íntima
con Dios y de la unidad de todo el género humano" (Lumen gentium,
1).
A usted, señor director, a sus colaboradores más estrechos e inmediatos, a los
redactores italianos y extranjeros, a todo el personal religioso y laico, a los
técnicos y a los lectores les aseguro mi constante recuerdo en la oración para
que Dios haga fecunda su misión diaria. Con estos sentimientos, al mismo tiempo
que encomiendo a María todos sus proyectos de futuro, le imparto de buen grado
a usted y a todos una especial bendición apostólica.
Vaticano, 1 de julio de 2001
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