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MENSAJE DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A
LOS PASTORES Y FIELES CATÓLICOS DE VENEZUELA CON OCASIÓN DEL V CENTENARIO
DE LA EVANGELIZACIÓN DEL PAÍS
Queridos hermanos en el
episcopado, sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles de Venezuela
1. Es para mí motivo de gran gozo dirigiros un cordial saludo y
unirme espiritualmente a la celebración eucarística que os congrega en Cumaná
para conmemorar los 500 años de la evangelización de Venezuela. Es justo que tan
significativo acontecimiento sea recordado y por eso me siento particularmente
cerca de vosotros para dar gracias al Señor por los abundantes dones recibidos
durante estos cinco siglos, así como por los copiosos frutos de vida cristiana
que él ha ido suscitando en las diversas comunidades eclesiales de vuestro país.
La presente conmemoración, que tiene como acto principal la santa misa, es un
nuevo llamado del Señor a participar debidamente preparados en su banquete (cf.
Lc 14, 15 ss), al que todos estamos invitados.
2. La evangelización de Venezuela fue una obra colosal,
realizada con escasez de medios y de personas, pero su fruto ha penetrado tan
hondo en la entraña nacional que ha hecho de la fe católica un rasgo esencial de
la identidad venezolana. No se equivocó Cristóbal Colón cuando, contemplando el
inmenso caudal del Orinoco, viendo la riqueza y exuberancia de estas tierras,
pensó que se encontraba ante «otro mundo donde puede ser acrecentada nuestra fe»
(Carta a los Reyes Católicos sobre su tercer viaje). Así, con la llegada
del Evangelio se empezaba una etapa gloriosa de su vida nacional. Muy pronto se
estableció la jerarquía eclesiástica con Rodrigo de Bastidas (1532-1542), primer
obispo de Venezuela, que desde la sede episcopal de Santa Ana de Coro abre la
serie de pastores que animaron la vida de las comunidades que fueron
implantándose en esta nación, y así la Iglesia, guiada por los obispos, con la
ayuda insustituible de los sacerdotes y con la valiosa aportación de las órdenes
y congregaciones religiosas, ha llevado a cabo su misión de manera insigne,
prolongándola hasta hoy en fidelidad al mandato recibido del Señor.
3. Hoy, queridos pastores y fieles de Venezuela, como herederos
de la fe, de la esperanza, del ardor apostólico de vuestros padres en la fe, os
toca a vosotros continuarla en el nuevo contexto histórico. Sed, pues,
enardecidos testigos de Jesucristo como lo fueron los agentes de la primera
evangelización, sensibles a la cultura que os rodea y receptivos ante los
problemas y angustias de quienes conviven con vosotros. Consolidad como ellos
los genuinos valores morales y sed constructores de una nueva y auténtica
cultura cristiana.
Deseo, por eso, alentaros a mantener siempre vivo el patrimonio
espiritual que, como don precioso, habéis recibido de vuestros antepasados y de
los primeros evangelizadores. Vuestras comunidades eclesiales están llamadas a
descubrir la gracia del momento presente. Buscad lo esencial y dedicad a ello
las mejores energías en profunda unidad de espíritu, para que el mundo crea (cf.
Jn 17, 21): unidad entre pastores y fieles; unidad entre las diversas
Iglesias particulares; unidad en la comunión jerárquica. De ese modo el Espíritu
Santo, al que estamos dedicando este segundo año de preparación al gran jubileo
del 2000, os animar á e iluminará en esta nueva etapa de renovación cristiana
que estáis emprendiendo.
4. Con estos fervientes deseos, y recordando con afecto mis dos
viajes apostólicos en 1985 y 1996, en los que tuve la oportunidad de constatar
la presencia del Evangelio en medio de ese querido pueblo y animarle a vivirlo
con mayor plenitud, invoco sobre cada uno de vosotros la constante protección de
Nuestra Señora de Coromoto y la intercesión de la beata María de San José, la
primera venezolana que ha subido al honor de los altares, para que os ayuden a
ser fieles seguidores de Cristo, y para que estéis siempre unidos por el vínculo
de la caridad, mientras os imparto con todo afecto la bendición apostólica.
Vaticano, 22 de julio de 1998
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