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CARTA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO
II A LA JUVENTUD DE ROMA CON OCASIÓN DE LA MISIÓN CIUDADANA Y DEL JUBILEO DE LOS JÓVENES
EN EL AÑO 2000
1. Recuerdo con
alegría la XII Jornada mundial de la juventud, que tuvo lugar en París el pasado
mes de agosto. Fue una experiencia espiritual extraordinaria, por la cual doy
gracias al Señor. Al final de la celebración eucarística en el hipódromo de
Longchamp, que clausuró ese inolvidable encuentro, cité a los jóvenes del mundo
entero a Roma, en el verano del año 2000, para el jubileo de los jóvenes.
Vosotros, jóvenes de Roma, ya estáis interesados desde ahora en ese
acontecimiento tan importante, que exige una intensa preparación organizativa,
pero antes aún, y sobre todo, espiritual. Desea contribuir a este objetivo la
Misión ciudadana, que se dirige ahora, de manera especial al mundo juvenil. Su
título es «Abre la puerta a Cristo, tu Salvador». Pero para poder
anunciar y testimoniar a Cristo, es preciso conocerlo y encontrarse
personalmente con él. Sólo quien hace una experiencia intensa y profunda de
Cristo puede hablar eficazmente de él a los demás.
Sólo quien cultiva una
relación asidua con este divino Maestro puede llevar hasta él a sus hermanos. Él
es la única persona capaz de responder plenamente a las expectativas de todo ser
humano.
Seguramente habéis escuchado hablar
de él ya desde vuestra niñez. Pero permitidme haceros una pregunta: ¿Os habéis
encontrado verdaderamente con él? ¿Habéis hecho, en la fe, experiencia viva de
él como un amigo leal y fiel, o su figura os resulta demasiado ajena a vuestros
problemas reales como para suscitar aún interés?
Jesús no es solamente un gran
personaje del pasado, un maestro de vida y de moral. Es el Señor resucitado, el
Dios cercano a todo hombre, con quien se puede dialogar, experimentando la
alegría de la amistad, la esperanza en las pruebas, la certeza de un futuro
mejor.
Él siente estima por cada uno de
vosotros y está dispuesto a revelaros el secreto de una vida plenamente
realizada y a ponerse a vuestro lado para ayudaros a hacer que vuestra ciudad
sea más humana y solidaria.
2. Queridos jóvenes, ¡confiad en Jesucristo! Confiad
en él, como aquel muchacho del que nos habla el episodio evangélico de la
multiplicación de los panes y los peces (cf. Jn 6, 1-13). Narra el
evangelista Juan que una gran muchedumbre seguía a Jesús. Al ver a toda esa
gente, Cristo preguntó al apóstol Felipe: «¿Dónde vamos a comprar panes para que
coman éstos? ». Esa pregunta planteaba un desafío: en esa circunstancia
resultaba muy difícil conseguir pan para dar de comer a tantas personas. Con
plena razón dijeron los discípulos: «Doscientos denarios de pan no bastan para
que cada uno tome un poco». En realidad, Jesús quería poner a prueba su fe: él
no contaba con una cantidad suficiente de bienes materiales, sino con su
generosidad al ofrecer lo poco que poseían.
Generosidad: este sentimiento afloró
en el corazón de un muchacho, que se acercó y ofreció cinco panes de cebada y
dos peces. Demasiado poco, pensaban los discípulos: «¿qué es eso para tanta
gente? ». Jesús apreció el gesto de ese joven como vosotros y, después de tomar
los panes y dar gracias, los repartió a la gente, y lo mismo hizo con los peces.
Lo que la razón humana no se atrevía a esperar, con Jesús se hizo realidad
gracias al corazón generoso de un muchacho.
3. Ésta es, queridos jóvenes de
Roma, la importante tarea que se os ha confiado: llegar a ser, como el muchacho
del Evangelio, protagonistas generosos de un cambio que marque vuestro futuro,
así como el de la Iglesia que está en Roma y el de la ciudad entera. La oración
y la contemplación, el silencio y la ascesis personal os ayudarán a madurar en
la fe y en la conciencia de vuestra misión apostólica. Para hacer esto es
necesario que toméis conciencia de lo que poseéis, de vuestros cinco panes y dos
peces, es decir, de los recursos de entusiasmo, valentía y amor que Dios ha
puesto en vuestro corazón y en vuestras manos, talentos preciosos que es preciso
explotar en bien de los demás.
Redescubrid el valor de vuestra persona, donde el
Espíritu de Dios habita como en un templo; aprended a escuchar la voz de Aquel
que vino a habitar en vosotros mediante los sacramentos del bautismo y la
confirmación, la voz del «Paráclito», como lo llama Jesús (cf. Jn 14,
16.26), de Aquel que enseña y sostiene, defiende y consuela, del dulce Huésped
del alma. Gracias al Espíritu Santo, que expulsa del corazón todo temor y hace
interiormente libres, podréis imprimir a la ciudad, especialmente durante el
desarrollo de la Misión ciudadana, aquel «suplemento de alma» del que hablaba mi
venerado predecesor el siervo de Dios Pablo VI, dando vuestra contribución para
valorizar plenamente sus potencialidades.
4. El Espíritu suscita en el corazón
de todo hombre el deseo de la verdad. La verdad que nos hace libres es Cristo,
el único que puede decir: «Yo soy la verdad» (Jn 14, 6) y añadir: «Si os
mantenéis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la
verdad y la verdad os hará libres» (Jn 8, 31-32).
Muchos de vosotros
estudian; otros ya trabajan o están a la espera de un empleo. Es importante que
todos lleguéis a ser buscadores apasionados de la verdad y sus testigos
intrépidos. Nunca debéis resignaros a la mentira, a la falsedad y a las
componendas. Reaccionad con energía ante quien intente apoderarse de vuestra
inteligencia y enredar vuestro corazón con mensajes y propuestas que hacen
esclavos del consumismo, del sexo desordenado, de la violencia, hasta llevar al
vacío de la soledad y a las sendas sinuosas de la cultura de la muerte.
Desligada de la verdad, toda libertad se convierte en una nueva esclavitud,
mucho más pesada.
5. ¡Libres para amar! Queridos jóvenes, ¿quién no desea
amar y ser amado? Pero para experimentar el amor sincero es preciso abrir la
puerta del corazón a Jesús y recorrer la senda que él ha trazado con su vida
misma: es la senda de la entrega de sí mismo. Aquí radica el secreto del éxito
de toda verdadera llamada al amor, en particular de la llamada que nace de modo
sorprendente en el corazón de un adolescente y lleva al matrimonio, al
sacerdocio o a la vida consagrada.
Cuando un chico o una chica reconocen que el
amor auténtico es un tesoro precioso, son capaces de vivir también su sexualidad
según el proyecto divino, evitando seguir falsos modelos, lamentablemente con
frecuencia promovidos y ampliamente difundidos.
Desde luego, se trata de una
opción exigente, pero es la única que hace realmente libres y felices, porque
realiza el deseo profundo que el Señor ha puesto en lo más íntimo de todo hombre
y de toda mujer. Hay libertad verdadera donde habita el Espíritu de Cristo (cf.
2 Co 3, 17): ésta es la perenne juventud del Evangelio, que renueva a las
personas, a las culturas y al mundo.
6. ¡Libres para servir! Entre las
vocaciones que más atraen a vuestro corazón se encuentra la del servicio,
especialmente el servicio a los más pobres y marginados.
El pasaje evangélico que constituye
la base de nuestra reflexión nos habla de una muchedumbre que tiene hambre:
Jesús se interesa por ella. También en nuestra ciudad hay gente que tiene hambre
de pan material y, tal vez más aún, de pan espiritual. Durante las visitas
pastorales a las parroquias, jóvenes y ancianos, familias e inmigrantes me
señalan a menudo situaciones de malestar social, de soledad y abandono. Hay
mucha pobreza material y espiritual. Dificultades y problemas afectan de manera
sensible también al mundo juvenil.
Jesús nos pide que no perdamos la
esperanza y que luchemos contra cualquier forma de degradación; nos invita a
comprometernos a fondo para realizar una civilización a la altura del hombre.
Como lo demuestran los ejemplos de muchas personas santas del pasado y del
presente, se puede construir desde ahora un entramado de relaciones auténticas
entre la gente, amando y promoviendo la vida, esforzándose continuamente para
que a toda persona se le reconozca su condición de hija de Dios, se la acoja con
amor, se la apoye en su crecimiento, y se defiendan sus derechos.
7. La vida plantea muchos interrogantes, pero hay uno sobre todo al
que es necesario dar respuesta: ¿Qué sentido tiene vivir y qué nos espera
después de la muerte? Es una pregunta que da sentido a toda la existencia.
Algunos de vuestros coetáneos tal vez ya no se la plantean: viven el presente
como si fuera todo en la vida. Se abandonan de forma pasiva a la realidad como
si fuera un sueño destinado a desvanecerse, en vez de esforzarse para que los
valores y los grandes ideales se conviertan cada vez más en una realidad.
Abrir la puerta a Cristo salvador
significa volver a proyectar la vida hacia las alturas. No os contentéis con
experiencias banales, no os fiéis de quien os las propone. Tened confianza en la
vida y abrid vuestro corazón a Cristo, vida que vence a la muerte.
En la Eucaristía Jesús resucitado
se convierte en nuestro alimento y nos introduce ya desde ahora en la vida
inmortal, dándonos la garantía de que un día podremos realizarla en plenitud y
para siempre. De esa certeza brota la valentía para afrontar cualquier
dificultad y hacer de la existencia un don sin reservas para Dios y para el
prójimo. Se trata de una aventura extraordinaria, pero no podemos llevarla a
término nosotros solos. Para eso Jesús quiso la Iglesia, su Cuerpo místico y
pueblo de la nueva alianza.
8. Jóvenes de Roma, sabed reconocer a Cristo presente en la Iglesia y poned a su
disposición los simbólicos panes de cebada y los peces de vuestras cualidades y
capacidades. Muchos de vosotros han realizado un encuentro constructivo con la
Iglesia en las parroquias, en los grupos o en los movimientos; otros, desde la
primera comunión o la confirmación, no tienen con ella una relación vital.
Algunos la sienten lejana o ajena a sus problemas; otros la juzgan severamente y
rechazan sus enseñanzas.
Sin embargo, puedo asegurar que nadie es extranjero en
la Iglesia. Más aún, sin vosotros se siente como una familia sin hijos. Tiene
necesidad de todos vosotros, de vuestra presencia, incluso de vuestras críticas
constructivas. Necesita sobre todo vuestra activa participación en el anuncio
del Evangelio, con el estilo y la vivacidad típicos de vuestra edad.
Jóvenes de
Roma, amad a la Iglesia, aceptando los límites de las personas que la
componen: descubrid su corazón y ayudadle a estar cercana a vosotros. Digo esto
a todos los que ya forman parte de una comunidad, de una asociación, de un
movimiento o de un grupo eclesial; y lo digo también a quienes no la frecuentan.
En la Iglesia hay sitio para todos.
9. Me dirijo de modo muy especial a
vosotros, jóvenes creyentes. Sed testigos de Cristo ante todo entre vuestros
coetáneos. El Resucitado os llama a entablar con él y entre vosotros una alianza
para hacer que la ciudad sea más justa, libre y cristiana.
Sed protagonistas de
esta alianza en vuestras relaciones con los demás jóvenes, en la familia, en los
barrios, en la escuela y en la universidad, en los ambientes de trabajo y en los
lugares de deporte y de sana diversión. Llevad esperanza y consuelo a donde haya
desaliento y sufrimiento. Cada uno de vosotros dispóngase a acoger y ayudar a
quienes quieran acercarse a la fe y a la Iglesia. Que no se pierda ninguno de
los que el Padre pone en nuestro camino.
La Misión en la ciudad tiene
precisamente como finalidad fortalecer en los bautizados el espíritu de acogida
y el celo de la nueva evangelización, para que Roma, animada más profundamente
por valores evangélicos, se abra al mundo entero. Este importante acontecimiento
eclesial os ayudará a encontrar nuevas formas de diálogo con cuantos se
interrogan sobre el sentido de la vida y de su futuro. Aseguradles que Jesús no
dice nunca «no» a las exigencias auténticas del corazón; dice sólo, de forma
fuerte y clara, «sí» a la vida, al amor, a la libertad, a la paz y a la
esperanza. Con él ninguna meta es imposible, e incluso un pequeño gesto de
generosidad se multiplica y puede ser el inicio de un gran cambio.
Como miembros
de un singular «voluntariado del espíritu», proponed a las personas con
quienes os encontréis la experiencia personal de Jesús por la escucha de su
palabra, el silencio y la oración; promoved iniciativas religiosas, incluso en
el ámbito ecuménico, con el lenguaje juvenil de la música y del arte. Ensanchad
el horizonte de vuestro apostolado a las exigencias de la misión universal de la
Iglesia, teniendo presente el papel espiritual y civil particular de Roma, sede
del Sucesor de Pedro.
10. Sed misioneros de esperanza. Gracias a la
disponibilidad del joven del que habla el pasaje evangélico, Jesús pudo dar de
comer a una muchedumbre inmensa. Y también gracias a vuestros dones y talentos
puestos totalmente a su disposición, él llevará a término la obra de la
salvación en nuestra ciudad.
«Abre la puerta a Cristo, tu Salvador ».
Queridos jóvenes, ojalá que el título de la Misión ciudadana se convierta en
programa y estímulo de toda vuestra jornada. Dirigid vuestra mirada a María,
Madre de la Iglesia y Estrella de la evangelización. Toda su vida os muestra que
nada es imposible para Dios. Imitándola e invocándola constantemente, podréis
llegar a ser, como ella, portadores de alegría y amor. Junto a ella, joven
Virgen de Nazaret, aprenderéis a mirar vuestra vida diaria como un crisol donde
el Señor os llama a realizar su proyecto de salvación. Gracias a su protección
maternal, no os faltará nunca el vigor apostólico y misionero.
¡Que Dios os ayude y proteja! Os
acompaño con mi afecto y mi oración, mientras de corazón imparto a cada uno de
vosotros y a vuestras familias, al igual que a vuestros proyectos y deseos de
bien, una especial bendición apostólica.
Vaticano, 8 de septiembre de
1997, fiesta de la Natividad de la santísima Virgen María.
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