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MENSAJE DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO II AL SECRETARIO GENERAL DE LAS NACIONES UNIDAS SOBRE EL
DRAMA DE BOSNIA-HERZEGOVINA
Al señor Butros-Ghali, Secretario General de la
Organización de las Naciones Unidas
Frente a los desafíos de la historia el hombre ha sabido
afrontar las dificultades más graves, recurriendo a las fuerzas que, en su
bondad misericordiosa, Dios todopoderoso ha puesto en su corazón y en su
inteligencia. El mundo asiste hoy, como testigo impotente, al drama que aflige a
las poblaciones de Bosnia-Herzegovina desde hace meses. La comunidad
internacional quiere socorrer a las víctimas de esta guerra espantosa: niños
heridos que han perdido a sus padres, sin ningún tipo de futuro y desalentados
ante la crueldad de la vida; mujeres violadas, torturadas o arrojadas a la calle
en medio del frío y el desamparo, junto con los pocos supervivientes de sus
familias para salvar lo que aún se puede salvar, hombres, con frecuencia
ancianos, privados del techo que los cobijaba y obligados a abandonar lo que
había constituido la felicidad de toda su vida.
Aldeas enteras han sido devastadas; las casas, quemadas; los
lugares de culto, iglesias o mezquitas arrasadas como si se quisiera eliminar
todo signo de trascendencia. Las comunidades humanas y las familias han sido
desmembradas. La vida, tan preciosa para cualquier hombre, ya no tiene precio.
La muerte, la tortura, la violación y la expulsión forman parte de los múltiples
aspectos del odio que opone a unas poblaciones contra otras de raíces
culturales, étnicas y religiosas diferentes, pero cercanas por su geografía e
historia.
«¡Nunca más la guerra, nunca más!», clamó mi predecesor, el
venerado Papa Pablo VI, ante la asamblea general de las Naciones Unidas, el 4 de
octubre de 1965. Frente a la tragedia de Bosnia-Herzegovina, como pastor de la
Iglesia católica, suplico a los hombres de buena voluntad que trabajan en el
seno de la Organización de las Naciones Unidas que hagan todo lo que esté a su
alcance para poner fin a este conflicto. La palabra de Dios resuena en nuestros
oídos: «¿Qué has hecho? Se oye la sangre de tu hermano clamar a mí desde el
suelo» (Gn 4, 10). ¿Qué hemos hecho?, ¿qué debemos hacer para que cese la
escalada de terror, de violencia y de aniquilamiento del hombre por el hombre?
La Organización de las Naciones Unidas es hoy el foro más
adecuado para que la comunidad internacional asuma su responsabilidad ante
algunos de sus miembros incapaces de aceptar sus diferencias La autoridad del
derecho y la fuerza moral de los organismos internacionales más elevados son el
fundamento en el que reposa el derecho de intervención para salvaguardar a las
poblaciones tomadas como rehenes por la locura homicida de los promotores de la
guerra.
El diálogo en el que participan los responsables de las partes
beligerantes debería ayudarlos a apreciarse mutuamente, en lugar de oponerse; a
emplear todas sus energías para hacer cesar los combates en el campo de batalla
y no para buscar ventajas políticas; y a edificar su nación sobre los
fundamentos sólidos de la justicia, que es condición de la paz, en lugar de
perseguir ambiciones que solo pueden destruirla.
Señor secretario general, al expresarle el dolor que experimento
a causa de este conflicto en la antigua Yugoslavia y la confianza que deposito
en las acción de las Naciones Unidas a favor de la paz, le pido que haga
partícipes de mis sentimientos a los miembros del Consejo de seguridad que
tienen la responsabilidad de velar por el destino de las poblaciones implicadas.
Esas mismas poblaciones y toda la comunidad internacional les quedarán
agradecidas por haber tenido la valentía de la paz, sin ahorrar ningún esfuerzo,
ningún sacrificio y ningún medio susceptible de dar la paz a esos pueblos, un
techo a los refugiados y a los exiliados, un hogar a los huérfanos y un lugar de
oración a los creyentes.
Señor secretario general, agradeciéndole su compromiso a favor
de la paz en Bosnia-Herzegovina, le ruego acepte la expresión de mi mayor
estima.
Vaticano, 1 de marzo de 1993.
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