Al excelentísimo señor George Bush,
presidente de los Estados Unidos de América:
Siento el imperioso deber de dirigirme a usted, en su calidad de
jefe de Estado de la nación más empeñada, desde el punto de vista del personal y
del armamento, en la operación militar actualmente en curso en la región del
Golfo.
En los últimos días, haciéndome portavoz de los pensamientos y
preocupaciones de millones de personas, he subrayado las trágicas consecuencias
que podría tener una guerra en aquella área. Deseo ahora repetir mi firme
convicción de que es muy difícil que la guerra lleve a una solución adecuada de
los problemas internacionales y que, aunque se pudiera resolver momentáneamente
una situación injusta, las consecuencias que con toda probabilidad se derivarían
serían devastadoras y trágicas. No podemos ignorar que el uso de las armas, y
especialmente los armamentos altamente sofisticados de nuestros días, provoquen,
además de sufrimiento y destrucción, nuevas y tal vez peores injusticias.
Señor presidente, estoy seguro de que también usted, junto con
sus consejeros, ha sopesado claramente todos estos factores, y que no ahorrará
ulteriores esfuerzos para evitar decisiones que podrían ser irreversibles y
causarían sufrimientos a miles de familias de sus compatriotas y a tantos
pueblos del Oriente Medio.
En estas últimas horas que nos separan de la fecha límite dada
por el Consejo de seguridad de las Naciones Unidas, espero realmente, y pido con
viva fe al Señor, que todavía se pueda salvar la paz. Espero que, a través de un
extremo esfuerzo de diálogo, se restituya la soberanía al pueblo de Kuwait y que
se pueda restablecer en el área del Golfo y en todo el Oriente Medio el orden
internacional, que está en la base de una coexistencia entre los pueblos
realmente digna de la humanidad.
Invoco sobre usted abundantes bendiciones de Dios y, en este
momento de grave responsabilidad ante su país y ante la historia, ruego
especialmente que el Señor le dé la sabiduría necesaria para tomar decisiones
que realmente sirvan al bien de sus compatriotas y de toda la comunidad
internacional.
Vaticano, 15 de enero de 1991.