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CARTA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS SACERDOTES
CON OCASIÓN DEL JUEVES SANTO 1988
Queridos Hermanos en el Sacerdocio:
Hoy todos nosotros volvemos al Cenáculo. Congregándonos en torno
a los altares en tantos lugares de la tierra, celebramos de modo especial el
memorial de la última Cena en medio de la comunidad del Pueblo de Dios a la que
servimos. En la liturgia vespertina del Jueves Santo las palabras de Cristo,
pronunciadas «la víspera de su Pasión», resuenan en nuestros labios como cada
día, y todavía de una manera distinta, en relación con aquella Tarde única, que
precisamente hoy es recordada por la Iglesia. Como nuestro Señor y al mismo
tiempo in persona Christi
pronunciamos las palabras «Tomad y comed todos de él,
porque esto es mi Cuerpo... Tomad y bebed todos de él, porque éste es el cáliz
de mi Sangre». En efecto, el mismo Señor nos encomendó esto, cuando dijo a los
apóstoles: «Haced esto en conmemoración mía» (Lc 22,19).
Y al hacer esto debe permanecer vivo en nuestra mente y en
nuestro corazón todo el misterio de la encarnación: Cristo, que el Jueves Santo
anuncia que su, Cuerpo será «entregado» y su Sangre «derramada», es el Hijo
eterno, el cual «entrando en este mundo» dice al Padre: «me has preparado un
cuerpo ... para hacer ¡Oh Dios!, tu voluntad» (Heb 10, 5-7).
Se acerca precisamente aquella Pascua en la que el Hijo de Dios,
como Redentor del mundo, cumplirá la voluntad del Padre mediante la oblación y
la Inmolación de su Cuerpo y Sangre en el Gólgota. Es por medio de este
sacrificio que Él, «por su propia sangre, entró una vez para siempre en el
santuario, realizada la redención eterna» (Heb 9, 12). Pues éste es el
sacrificio de la Alianza «nueva y eterna» que está íntimamente relacionado con
el misterio de la encarnación: el Verbo, que se hizo carne (cf. Jn 1,
14), inmola su humanidad, como «homo assumptus» en la unidad de la Persona divina. Es
conveniente que a lo largo de este año, vivido por toda la Iglesia como Año
Mariano, se recuerde ―a propósito de la Institución de la Eucaristía y, a la
vez, del sacramento del Sacerdocio―
la realidad misma de la encarnación. La
cual se llevó a cabo por obra del Espíritu Santo, descendiendo sobre la Virgen
de Nazaret, cuando ella pronunció su «fiat» como respuesta al mensaje del
Ángel (cf. Lc 1, 38).
«Ave, verdadero cuerpo, nacido de la Virgen María: en verdad has
sufrido y has sido inmolado en la Cruz por el hombre».
¡Sí, es el mismo Cuerpo! Al celebrar la Eucaristía, mediante
nuestro servicio sacerdotal, se hace presente el misterio del Verbo encarnado,
Hijo consubstancial al Padre, que, como hombre «nacido de mujer», es hijo de la
Virgen María.
2. En la última Cena no consta que la Madre de Cristo estuviera
en el Cenáculo. Sin embargo estaba presente en el Calvario, al pie de la Cruz,
«en donde
―como enseña el Concilio Vaticano II―, no
sin designio divino, se
mantuvo de pie (cf. Jn 19, 25), se condolió vehementemente con su
Unigénito y se asoció con corazón maternal a su sacrificio, consintiendo con
amor en la inmolación de la víctima engendrada» (1) . Esta es la consecuencia de
aquel «fiat,
pronunciado por María en la Anunciación.
Cuando nosotros, al actuar in persona Christi, celebramos el
sacramento del mismo y único sacrificio en el que Cristo es y sigue siendo el
único sacerdote y la única víctima, no debemos olvidar este sufrimiento de la
Madre, en la cual se cumplieron las palabras pronunciadas por Simeón en el
templo de Jerusalén: «una espada atravesará tu alma» (Lc 2, 35). Eran unas
palabras dirigidas directamente a María, cuarenta días después del nacimiento de
Jesús. En el Gólgota, al pie de la Cruz, estas palabras se cumplieron
totalmente. cuando su Hijo en la Cruz se manifestó plenamente como «signo de
contradicción», esta inmolación, la agonía mortal del Hijo afectó también al
corazón materno de María. Esta es la agonía del corazón de la Madre, que sufría
con Él, «consintiendo en la inmolación de la víctima engendrada por Ella misma».
Se alcanza aquí el ápice de la presencia de María en el Misterio de Cristo y de
la Iglesia en la tierra. Este ápice se encuentra en el camino de la «peregrinación de la fe», a la que nos referimos especialmente en el Año
Mariano(2).
Amadísimos Hermanos, ¿a quién más que a nosotros es
indispensable una fe profunda y firme, a nosotros, que en virtud de la sucesión
apostólica comenzada en el Cenáculo celebramos el sacramento del sacrificio de
Cristo? Conviene, pues, que profundice constantemente nuestro vínculo
Espiritual con la Madre de Dios, que en la peregrinación de la fe «precede», a
todo el Pueblo de Dios.
Y de modo particular, cuando celebrando la Eucaristía nos
encontramos cada día en el Gólgota, conviene que esté a nuestro lado Aquella
que, mediante una fe heroica, realizó al máximo su unión con el Hijo,
precisamente allí en el Gólgota.
3. Además, Cristo ¿no nos ha dejado quizá una indicación
especial al respecto? Ciertamente, durante su agonía en la Cruz, pronunció las
palabras que para nosotros tienen el sentido de un testamento. «Jesús, viendo a
su Madre y al discípulo a quien amaba, que estaba allí, dijo a la Madre: Mujer,
he ahí a tu hijo. Luego dijo al discípulo: He ahí a tu Madre. Y desde aquella
hora el discípulo la recibió en su casa» (Jn 19, 26-27).
Aquel discípulo, el Apóstol Juan, estaba con Cristo en la última
Cena. Era uno de los «doce», a los que el Maestro dio, junto con las palabras
que instituían la Eucaristía, la recomendación: «Haced esto en conmemoración
mía». El apóstol Juan recibió la potestad de celebrar el sacrificio eucarístico
instituido en el Cenáculo la víspera de su Pasión, como santísimo sacramento de
la Iglesia. En el momento de su muerte, Jesús confía su Madre a este discípulo.
Juan «la recibió en su casa» (Jn. 19, 27): la recibió como primera testigo del
misterio de la encarnación. Y él, como evangelista, expresó precisamente de la
manera más profunda, y al mismo tiempo más sencilla, la verdad sobre el Verbo
que «se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1, 14): la verdad de la
encarnación y la verdad del Emmanuel. Y así, al recibir «en su casa» a la Madre
que estaba al pie de la cruz del Hijo, acogió al mismo tiempo todo lo que ella
tenía dentro de sí en el Gólgota: el hecho de que ella «sufrió profundamente en
unión con su Unigénito y se asoció con espíritu materno a su sacrificio,
consintiendo amorosamente en la importancia de la víctima engendrada por ella».
Todo esto ―toda la sobrehumana experiencia del sacrificio de nuestra redención,
impresa en el corazón de la misma Madre de Cristo Redentor― fue confiado al
hombre, que en el Cenáculo recibió el poder de hacer realidad este sacrificio
mediante el ministerio sacerdotal de la Eucaristía.
¿No posee esto un significado particular para cada uno de
nosotros? Si Juan al pie de la Cruz representa en cierto sentido a todos los
hombres, a cada uno y a cada una, sobre los cuales se extiende espiritualmente
la maternidad de la Madre de Dios, ¡cuánto más no será válido esto para cada uno
de nosotros, llamados sacramentalmente al servicio sacerdotal de la Eucaristía
en la Iglesia!
De veras, es estremecedora la realidad del Gólgota, el
sacrificio de Cristo por la redención del mundo. Es estremecedor el misterio de
Dios, del cual somos ministros en el orden sacramental (cf. 1 Cor 4,
1). Sin
embargo, ¿no estamos amenazados por el peligro de ser ministros no
suficientemente dignos; por el peligro de no presentarnos con suficiente
fidelidad al pie de la Cruz de Cristo, al celebrar la Eucaristía?.
Procuremos estar cerca de esta Madre, en cuyo corazón está
grabado de modo único e incomparable el misterio de la redención del mundo.
4. «La Bienaventurada Virgen, por el don y la prerrogativa de la
maternidad divina, con la que está unida al Hijo Redentor... está unida también
íntimamente a la Iglesia» ―proclama el Concilio―. «La Madre de Dios es tipo de
la Iglesia, como ya enseñaba San Ambrosio, a saber: en el orden de la fe, de la
caridad y de la perfecta unión con Cristo. Porque en el misterio de la Iglesia,
que con razón también es llamada madre y virgen, la Bienaventurada Virgen María
la precedió, mostrando en forma eminente y singular el modelo de la virgen y de
la madre»(3).
Más adelante el texto conciliar desarrolla esta analogía
tipológica: «Ahora bien, la Iglesia, contemplando su arcana santidad e imitando
su caridad, y cumpliendo fielmente la voluntad del Padre, también ella es hecha
Madre, por la palabra de Dios fielmente recibida; en efecto, por la predicación
y el bautismo engendra para la vida nueva e inmortal a los hijos concebidos por
el Espíritu Santo y nacidos de Dios. Y también ella es virgen que custodia pura
e íntegramente la fe prometida al Esposo e imitando a la Madre de su Señor, por
la virtud del Espíritu Santo conserva virginalmente la fe íntegra, la sólida
esperanza, la sincera caridad»(4).
Al pie de la Cruz en el Gólgota el discípulo «recibió en su
casa» a María, señalada por Cristo con las palabras: «He ahí a tu Madre». La
enseñanza del Concilio demuestra cómo toda la Iglesia ha recibido a María
«en su
casa»; cuando profundamente el misterio de esta Madre-Virgen pertenezca al
misterio de la Iglesia, a su intima realidad.
Todo esto tiene una importancia fundamental para todos los hijos
e hijas de la Iglesia. Todo esto tiene un significado especial para nosotros,
que hemos sido marcados con el signo sacramental del Sacerdocio, el cual, aunque
sea «jerárquico», es al mismo tiempo «ministerial» a ejemplo de Cristo, primer
servidor de la redención del mundo.
Si todos en la Iglesia ―hombres y mujeres, que por medio del
bautismo participan en la función de Cristo sacerdote― poseen el «sacerdocio
real» común, del que habla el Apóstol Pedro (cf. 1 Pe 2, 9); todos deben
aplicarse las palabras de la Constitución conciliar citadas hace poco; estas
palabras también se refieren de manera especial a nosotros.
El Concilio ve la maternidad de la Iglesia ―según el modelo de
la maternidad de María― en el hecho de que «engendra para la vida nueva e
inmortal a los hijos concebidos por el Espíritu Santo y nacidos de Dios».
Notamos aquí como un eco de las palabras de San Pablo sobre los «hijos por
quienes de nuevo sufre dolores de parto» (cf. Gál 4, 19), del mismo modo que
sufre una madre en el parto. Cuando en la Carta a los Efesios leemos de
Cristo-Esposo que «nutre y cuida» a la Iglesia como a su cuerpo (cf. 5, 29),
debemos relacionar este cuidado esponsal de Cristo sobre todo con el don del
alimento eucarístico, comparable a los muchos cuidados maternos de «aumentar y
cuidar» al niño.
Merece la pena recordar estas expresiones bíblicas, para que la
verdad de la maternidad de la Iglesia, a ejemplo de la Madre de Dios, se haga
más cercana a nuestra conciencia sacerdotal. Y si cada uno de nosotros vive esta
maternidad Espiritual más bien en cuanto hombres, como «paternidad en el
Espíritu», María, como «figura» de la Iglesia, tiene su parte en esta
experiencia. Los textos citados demuestran cuan profundamente está grabada esta
parte en el corazón mismo de nuestro servicio sacerdotal y pastoral. La analogía
de Pablo sobre «los dolores de parto» ¿no se refiere a nosotros en muchas
ocasiones en las que también estamos implicados en el proceso Espiritual de la
«generación» y de la «regeneración» del hombre por obra del Espíritu dador de la
vida? Las experiencias más intensas al respecto las viven los confesores y no
solamente ellos.
Con ocasión del Jueves Santo, es necesario profundizar de nuevo
en esta verdad misteriosa de nuestra vocación: esta «paternidad en el espíritu»,
que a nivel humano es semejante a la maternidad. Por lo demás, Dios Creador y
Padre ¿no hace él mismo la comparación entre su amor y el de las madres? (cf. Is
49, 15; 66, 13). Se trata, por tanto, de una característica de nuestra
personalidad sacerdotal, que expresa precisamente su madurez apostólica y su
fecundidad espiritual. Si toda la Iglesia «aprende de María la propia
maternidad»(5), ¿no es conveniente que lo hagamos también nosotros? Es preciso,
pues, que cada uno de nosotros «la reciba en su casa». Así como la recibió el
Apóstol Juan en el Gólgota, es decir, que cada uno de nosotros permita a María
que ocupe un lugar «en la casa» del propio sacerdocio sacramental, como madre y
mediadora de aquel «gran misterio» (cf. Ef 5, 32), que todos deseamos servir con
nuestra vida.
5. María es Madre-Virgen, y la Iglesia, dirigiéndose a ella como
a su propia figura, se reconoce en la misma porque también es «llamada madre y
virgen». Es virgen porque «guarda pura e íntegramente la fe prometida al
Esposo». Cristo, según la enseñanza de la Carta a los Efesios (cf. 5, 32), es el
esposo de la Iglesia. El significado esponsal de la redención nos impulsa a cada
uno de nosotros a guardar fidelidad a esta vocación, mediante la cual hemos sido
hechos partícipes de la misión salvífica de Cristo, Sacerdote, Profeta y Rey.
La analogía entre la Iglesia y María Virgen es especialmente
elocuente para nosotros, que unimos nuestra vocación sacerdotal al celibato, es
decir, «a hacernos eunucos para el Reino de los Cielos». Recordemos el coloquio
con los apóstoles en el que Cristo les explicaba el significado de esta elección
(cf. Mt 19, 12) y tratemos de comprender plenamente sus motivos. Renunciamos
libremente al matrimonio, a fundar una familia, para poder servir mejor a Dios
en los hermanos.
Se puede decir que nosotros renunciamos a la paternidad «según
la carne», para que madure y se desarrolle en nosotros la paternidad «según el
espíritu», que, como ya se ha dicho, tiene al mismo tiempo características
maternas. La fidelidad. virginal al Esposo, que encuentra su expresión
particular en esta forma de vida, nos permite participar en la vida íntima de la
Iglesia, la cual, a ejemplo de la Virgen, trata de guardar «pura e íntegramente
la fe prometida al Esposo».
Ante este modelo
―es decir, el prototipo que la Iglesia
encuentra en María―
es necesario que nuestra elección sacerdotal del celibato
para toda la vida esté depositada también en su corazón. Es necesario recurrir a
esta Madre-Virgen cuando encontremos dificultades en el camino elegido. Es
necesario que con su ayuda busquemos una comprensión cada vez más profunda de
este camino, su afirmación cada vez más completa en nuestros corazones. Es
necesario, finalmente, que se desarrolle en nuestra vida aquella paternidad
«según el espíritu que es uno de los frutos del "hacerse eunucos por el reino de
Dios».
En María, que representa el «cumplimiento» singular de la
«mujer» bíblica del Protoevangelio (cf. Gén 3, 15) y del Apocalipsis (12,
1),
busquemos obtener también la capacidad de una justa relación con las mujeres y
el comportamiento ante ellas demostrado por el mismo Jesús de Nazaret. Esto se
ve en muchos pasajes del Evangelio. Este es un tema importante en la vida de
cada sacerdote, y el Año Mariano nos lleva a considerarlo y a profundizarlo de
modo especial. El sacerdote, en virtud de su vocación y de su servicio, debe
descubrir de una manera nueva el problema de la dignidad y de la vocación de la
mujer, tanto en la Iglesia como en el mundo actual. Debe comprender
profundamente qué es lo que Cristo quería decirnos a todos hablando con la
Samaritana (cf. Jn 4, 1-42), defendiendo a la adúltera amenazada con ser apedreada
(cf. Jn 8, 1 - 11), dando testimonio de aquella a la que le fueron perdonados
muchos pecados, porque había amado mucho (cf. Lc 7, 36-50), conversando con
María y Marta en Betania (cf. Lc 10, 38-42; Jn 11, 1-44) y, finalmente,
transmitiendo a las mujeres, antes que a los demás, "la Buena Nueva" pascual de
su resurrección (cf, Mt 28, 1-10).
La misión de la Iglesia, desde los tiempos apostólicos, fue
asumida de diversas maneras por los hombres y por las mujeres. En nuestros días,
después del Concilio Vaticano II, este hecho supone una nueva llamada a cada uno
de nosotros, para que el Sacerdocio que ejercemos en las diversas comunidades de
la Iglesia sea verdaderamente ministerial y, por esto mismo, apostólicamente
eficaz y fructífero.
6. Al encontrarnos hoy, Jueves Santo, en el lugar del nacimiento
de nuestro Sacerdocio, deseamos releer profundamente su significado a través del
prisma de la doctrina conciliar sobre la Iglesia y su misión. La figura de la
Madre de Dios pertenece a esta doctrina en su conjunto. De ahí pues las
reflexiones de la presente meditación.
Hablando desde lo alto de la Cruz en el
Gólgota, Cristo dijo al discípulo: «He ahí a tu Madre». Y el discípulo «la
recibió en su casa» como Madre. Introduzcamos también nosotros a María como
Madre en la «casa» interior de nuestro sacerdocio. En efecto, también nosotros
pertenecemos a «los fieles, a cuya generación y educación» la Madre de Dios
«coopera con amor materno»(6). Sí, nosotros tenemos, en cierto modo, un «derecho» especial a este amor en virtud del misterio del Cenáculo. Cristo
decía: «No os llamo ya siervos... os he llamado amigos»
(Jn 15, 15). Sin esta
«amistad« sería difícil pensar que El nos haya confiado, después de los
Apóstoles, el sacramento de su Cuerpo y Sangre, el sacramento de su muerte
redentora y de su resurrección, para que celebrásemos este inefable sacramento
en su nombre, más aún, in persona Christi. Sin esta «amistad» especial seria
difícil pensar también en la tarde de Pascua, cuando el Resucitado se presentó
en medio de los apóstoles diciéndoles: «Recibir el Espíritu Santo. A quienes
perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les
quedan retenidos» (Jn 20, 22-23).
Esta amistad compromete. Esta amistad debería infundir un santo
temor, un mayor sentido de responsabilidad, una mayor disponibilidad en el dar
de sí todo lo que seamos capaces, con la ayuda de Dios. En el Cenáculo esta
amistad se consolidó profundamente mediante la promesa del Paráclito: El «os lo
enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho ( ... ). El dará
testimonio de mí. También vosotros daréis testimonio» (Jn 14, 26; 15, 26-27).
Nos sentimos siempre indignos de la amistad de Cristo. Pero es
bueno que tengamos el santo temor de no permanecer fieles a la misma.
La Madre de Cristo sabe todo esto. Ella misma comprendió más
plenamente lo que significaban las palabras pronunciadas por su Hijo en el
momento de la agonía en la Cruz: «Mujer, ahí tienes a tu hijo... Ahí tienes a tu
madre». Se referían a ella y al discípulo, uno de aquellos a quienes Cristo dijo
en el Cenáculo: «Vosotros sois mis amigos» (Jn 15, 14): a Juan y a todos los
que, mediante el misterio de la última Cena, participan de la misma «amistad». La
Madre de Dios, la cual (como enseña el Concilio) coopera con amor materno a la
generación y educación de todos los que llegan a ser hermanos de su Hijo ―que
llegan a ser sus amigos― hará todo lo posible para que éstos no defrauden esta
santa amistad. Para que estén a la altura de la misma.
7. Junto con Juan, apóstol y evangelista, dirijamos también la
mirada de nuestro espíritu hacia aquella «mujer vestida de sol», que aparece en
el horizonte escatológico de la Iglesia y del mundo en el Libro del Apocalipsis
(cf. 12, 1 ss). No es difícil reconocer en ella la misma figura que, al comienzo
de la historia humana, después del pecado original, fue anunciada como Madre del
Redentor (cf. Gén 3, 15). En el Apocalipsis la vemos, por un lado, como la mujer
excelsa en medio de la creación visible y, por otro, como la que sigue tomando
parte en la lucha Espiritual por la victoria del bien sobre el mal. Este es el
combate conducido por la Iglesia, unida a la Madre de Dios como «modelo» suyo,
«contra los Dominadores de este mundo tenebroso, contra los Espíritus del mal»,
como leemos en la Carta a los Efesios (6, 12). Esta lucha Espiritual empieza en
el momento en que el hombre «por instigación del demonio... abusó de su
libertad, levantándose contra Dios y pretendiendo alcanzar su propio fin al
margen de Dios»(7). Se puede decir que el hombre, ofuscado por la perspectiva de
ser elevado por encima de su límite de criatura como era tentador: «seréis como
dioses»: (cf. Gén 3, 5), ha dejado de buscar la verdad de la propia existencia y
de su progreso en aquel que es «Primogénito de toda la creación» (Col 1, 15) y
ha dejado de entregar esta creación y a sí mismo en Cristo a Dios, en el cual
todo tiene su comienzo. El hombre ha perdido la conciencia de ser el sacerdote
de todo el mundo visible, al orientarlo exclusivamente hacia sí.
Las palabras del Protoevangelio al principio de la Sagrada
Escritura y las del Apocalipsis al final se refieren a la misma lucha en la que
está implicado el hombre. En la perspectiva de esta lucha Espiritual, que se
desarrolla en la historia, el Hijo de la mujer es el Redentor del mundo. La
redención se realiza mediante el sacrificio, en el que Cristo ―mediador de la
nueva y eterna Alianza― «penetró en el santuario una vez para siempre... con su
propia sangre», abriendo en la casa del Padre ―en el seno de la Santísima
Trinidad― el espacio para que todos «los que han sido llamados reciban la
herencia eterna» (cf. Heb 9, 12.15). Precisamente por esto Cristo, crucificado y
resucitado, es «el sumo sacerdote de los bienes futuros» (cf. Heb 9,
11), y su
sacrificio significa una nueva orientación de la historia espiritual del hombre
hacia Dios, Creador y Padre, hacia el cual el Primogénito de la creación conduce
a todos en el Espíritu Santo.
El Sacerdocio, que tiene su principio en la última Cena, nos
permite participar en esta transformación esencial de la historia espiritual del
hombre. En efecto, en la Eucaristía presentamos el sacrificio de la redención,
el mismo que Cristo ofreció en la Cruz «con su propia sangre». Por medio de este
sacrificio también nosotros, sus dispensadores sacramentales, junto con todos a
quienes servimos por medio de su celebración, alcanzamos continuamente el
momento decisivo de aquel combate espiritual que, según el
Génesis y el
Apocalipsis, está relacionado con la «mujer». En esta lucha ella está
completamente unida al Redentor, y por esto nuestro servicio sacerdotal está
también unido a ella: a ella, Madre del Redentor y «modelo» de la Iglesia. De
este modo todos permanecemos unidos a ella en esta lucha Espiritual, que se
desarrolla a través de toda la historia del hombre. En esta lucha nosotros
tenemos una parte especial en virtud de nuestro Sacerdocio sacramental.
Realizamos un servicio especial en la obra de redención del mundo.
El Concilio enseña que María, avanzando en la peregrinación de
la fe mediante su perfecta unión con el Hijo hasta la Cruz precedió,
presentándose de forma eminente y singular, a todo el Pueblo de Dios, a lo largo
del mismo camino, siguiendo a Cristo en el Espíritu Santo. ¿No deberíamos
unirnos a ella especialmente nosotros sacerdotes que, como pastores de la
Iglesia, debemos guiar también a las comunidades, confiadas a nosotros, por el
camino que desde el Cenáculo de Pentecostés sigue a Cristo a través de la
historia del hombre?
8. Queridos Hermanos en el Sacerdocio, mientras nos reunimos hoy
junto con los Obispos en tantos lugares de la tierra, he deseado desarrollar en
esta Carta anual precisamente este motivo que, además, me parece relacionado
particularmente con el contenido del Año Mariano.
Al celebrar la Eucaristía en tantos altares del mundo,
agradecemos al eterno Sacerdote el don que nos ha dado en el sacramento del
Sacerdocio. Y que en esta acción de gracias se puedan escuchar las palabras
puestas por el evangelista en boca de María con ocasión de la visita a su prima
Isabel: «Ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre» (Lc 1,
49). Demos también gracias a María por el inefable don del Sacerdocio por el
cual podemos servir en la Iglesia a cada hombre. ¡Que el agradecimiento
despierte también nuestro celo! ¿No se realiza quizás, mediante nuestro servicio
sacerdotal, lo que se dice en los versículos siguientes del Magnificat de María?
El Redentor, el Dios de la Cruz y de la Eucaristía, verdaderamente «exalta a los
humildes»; «a los hambrientos colma de bienes». El, que «siendo rico, por
nosotros se hizo pobre a fin de que nos enriqueciéramos con su pobreza» (cf. 2
Cor 8, 9), ha entregado a la humilde Virgen de Nazaret el admirable
misterio de
su pobreza, que hace ser ricos. Y nos entrega también a nosotros el mismo
misterio mediante el sacramento del Sacerdocio.
Demos gracias incesantemente por esto; con toda nuestra vida;
con todo aquello de que somos capaces. Juntos demos gracias a María, Madre de
los sacerdotes. ¿Cómo podré pagar al Señor todo el bien que me ha hecho? La
copa de salvación levantaré e invocaré el nombre del Señor" (Sal 116/ 114-115,
12-13).
A todos mis hermanos en el Sacerdocio y en el Episcopado envío,
con caridad fraterna y en el día de nuestra fiesta común, mi cordial saludo y mi
Bendición Apostólica.
Vaticano, 25 de marzo, solemnidad de la Anunciación del Señor,
del año 1988, décimo de mi Pontificado.
Notas
1. Const dogm.Lumen gentium, 58.
2. Cf. Carta Enc. Redemptoris Mater 30: AAS 79 (1987).p.402.
3. Const. Dogm. Lumen gentium, 63.
4. Ibid. 64.
5. Cf. Carta Enc. Redemptoris Mater 43: AAS 79 (1987).
p. 420.
6. Cf. Const. Dogm. Lumen gentium, 63
7. Cf. Const. Past. Gaudium et spes, 13.
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