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CARTA DEL
SANTO PADRE JUAN PABLO II A LOS SACERDOTES CON OCASIÓN
DEL JUEVES SANTO 1983
Queridos Hermanos en el sacerdocio de Cristo:
Deseo dirigirme a vosotros, al comienzo del Año Santo de la
Redención y del Jubileo extraordinario, que ha quedado abierto tanto en Roma
como en toda la Iglesia el día 25 de este mes. La elección de este día,
solemnidad de la Anunciación del Señor y, a la vez, de la Encarnación, es
singularmente elocuente. En efecto, el misterio de la Redención tuvo su
comienzo cuando el Verbo se hizo carne en el seno de la Virgen de Nazaret por
obra del Espíritu Santo, y alcanzó su punto culminante en el evento pascual con
la muerte y resurrección del Salvador. A partir de esta fecha calculamos
nuestro Año jubilar, deseando que precisamente durante este año el misterio de
la Redención se haga particularmente presente y sea fructuoso en la vida de la
Iglesia. Sabemos que está siempre presente y es fructuoso, que acompaña siempre
la peregrinación terrena del Pueblo de Dios, lo penetra y lo modela desde el
interior. Sin embargo, la costumbre de hacer referencia a períodos de cincuenta
años en esta peregrinación corresponde a una antigua tradición. Queremos ser
fieles a esta tradición confiando a la vez que ella encierre en sí misma una
parte del misterio del tiempo elegido por Dios: aquel Kairós, en el que se
realiza la economía de la salvación.
He aquí pues que, al comienzo de este nuevo Año de la Redención
y del Jubileo extraordinario, a los pocos días de su apertura, llega el Jueves
Santo de 1983. Esta fecha nos recuerda ―como todos
sabemos― el día, en que junto con la Eucaristía fue
instituido por Cristo el sacerdocio ministerial. Este a su vez fue instituido
para la Eucaristía y, por consiguiente, para la Iglesia, que, como comunidad del
Pueblo de Dios, se forma en la Eucaristía. Este sacerdocio ministerial y
jerárquico es participado por nosotros. Nosotros lo recibimos el día de la
Ordenación a través del ministerio del Obispo, que nos ha transmitido a cada uno
de nosotros el sacramento iniciado con los Apóstoles ―durante la
última Cena, en el Cenáculo― el Jueves Santo. Por consiguiente, aunque las
fechas de nuestra Ordenación sean diversas, el Jueves Santo permanece cada año
como el día del nacimiento de nuestro sacerdocio ministerial. En ese santo día
cada uno de nosotros, como sacerdotes de la Nueva Alianza, ha nacido en el
sacerdocio de los Apóstoles. Cada uno de nosotros ha nacido en la revelación
del único y eterno sacerdocio del mismo Jesucristo. En efecto, esta revelación
tuvo lugar en el Cenáculo del Jueves Santo, la víspera del Gólgota. Precisamente
allí, Cristo dio comienzo a su ministerio pascual: lo “abrió”. Y lo abrió
concretamente con la llave de la Eucaristía y del Sacerdocio.
Por esto, el día del Jueves Santo nosotros, “ministros de la
Nueva Alianza” (1), nos unimos, junto con los Obispos, en las catedrales de
nuestras Iglesias; nos unimos ante Cristo ‑única y eterna fuente de nuestro
sacerdocio. En esta unión del Jueves Santo nos encontramos en El y, al mismo
tiempo ‑por El, con El y en El nos encontramos a nosotros mismos. Sea bendito
Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo por la gracia de esta unión. (2). Por tanto,
en este momento importante, deseo una vez más anunciar el Año conmemorativo de
la Redención y el Jubileo extraordinario. Deseo anunciarlo singularmente a
vosotros y ante vosotros, venerados y queridos Hermanos en el sacerdocio de
Cristo, y deseo meditar, al menos brevemente, junto con vosotros sobre su
significado. En efecto, a todos nosotros, como sacerdotes de la Nueva Alianza,
se refiere de manera especial este Jubileo. Si para todos los creyentes, hijos
e hijas de la Iglesia, significa una invitación a releer nuevamente su propia
vida y su vocación a la luz del misterio de la Redención, entonces esta misma
invitación se dirige a nosotros con una intensidad, yo diría aún mayor. Por
consiguiente, el Año Santo de la Redención y el Jubileo extraordinario quieren
decir que debemos ver nuevamente nuestro sacerdocio ministerial a aquella luz,
bajo la cual ha sido inscrito por Cristo mismo en el misterio de la Redención.
“Ya no os llamó siervos... os digo amigos”. Estas palabras
fueron pronunciadas en el Cenáculo, en el contexto inmediato de la institución
de la Eucaristía y del sacerdocio ministerial Cristo dio a conocer a los
Apóstoles y a todos los que, de ellos heredan el sacerdocio ordenado, que en
esta vocación y por este ministerio deben convertirse en sus amigos, convertirse
en amigos de aquel misterio que El ha venido ha dar cumplimiento. Ser sacerdote
quiere decir estar singularmente en amistad con el misterio de Cristo, con el
misterio de la Redención en el que El da su “carne por la vida del mundo” (3) .
Nosotros que celebramos cada día la Eucaristía, el sacramento salvador del
Cuerpo Y Sangre, debemos estar en intimidad especial con el misterio, del que
este sacramento se origina. El sacerdocio ministerial se despliega solo y
exclusivamente bajo el perfil de este misterio divino y únicamente se realiza
bajo este aspecto.
En lo profundo de nuestro “yo” sacerdotal, gracias a aquello en
que cada uno de nosotros se ha convertido en el momento de la Ordenación,
nosotros somos “amigos”: somos testigos particularmente cercanos a este Amor,
que se manifiesta en la Redención. El se manifestó “al. principio” en la
creación y junto con la caída del hombre se manifiesta siempre en la redención.
“Por que tanto ama Dios al mundo, que le dio su Unigénito Hijo, para que todo el
que crea en El no perezca, sino que tenga la vida eterna” (4). Esta es la
definición del amor en su significado redentor. Este es el misterio de la
Redención definido por el amor. El Hijo Unigénito es el que recoge este amor del
Padre y lo da al Padre, llevándolo al mundo. El Hijo Unigénito es el que, por
este amor, se da a sí mismo por la salvación del mundo: por la vida eterna de
cada hombre, su hermano y hermana.
Y nosotros, sacerdotes, ministros de la Eucaristía, somos “amigos”:
nos encontramos particularmente cercanos a este Amor redentor, que el Hijo
Unigénito trajo al mundo ‑y que trae continuamente, Aunque todo esto nos
embarga de un santo temor, no obstante debemos reconocer que junto con la
Eucaristía el misterio de aquel Amor redentor se encuentra, en cierto modo, en
nuestras manos. Que vuelve cada día a nuestros labios. Que está inscrito
permanentemente en nuestra vocación y en nuestro ministerio.
¡Oh! ¡Cuán profundamente está constituido cada uno de nosotros
en el propio “yo” sacerdotal a través del misterio de la Redención! De esto,
concretamente de todo esto, nos hace conscientes la liturgia del Jueves Santo.
Y precisamente esto debemos hacer objeto de nuestras meditaciones a lo largo
del Año jubilar. Alrededor de esto debe concentrarse nuestra personal renovación
interior, porque el Año jubilar es entendido por la Iglesia como un tiempo de
renovación para los demás, para nuestros hermano y hermanas en la vocación
cristiana, entonces debemos ser también sus testigos y como portavoces ante
nosotros mismos: el Año Santo de la Redención Año de La renovación en la
vocación sacerdotal.
Operando tal renovación interior en nuestra santa vocación,
podremos mayormente y con más eficacia predicar, “un añade gracia del Señor”
(5). En efecto, el misterio de la Redención no es una mera abstracción teológico
sino que es una incesante realidad mediante la cual Dios abraza al hombre en
Cristo con su eterno amor y el hombre, reconoce este amor, se deja guiar e
impregnar por él, permite ser transformado interiormente por él, y por medio de
él se convierte en criatura nueva(6). De este modo, el hombre creado de nuevo
por el amor que le ha sido revelado en Cristo, levanta la mirada de su alma
hacia Dios y profesa con el salmista: Copiosa apud eum redemptio! “En él hay
redención abundante (7)”.
En el Año Jubilar, esta profesión debe brotar del corazón de
toda la Iglesia con fuerza singular. Y esto debe cumplirse, queridos Hermanos,
por obra de vuestro testimonio y de vuestro ministerio sacerdotal.
La redención permanece unida al perdón de la manera más estricta.
Dios nos ha redimido en Cristo Jesús, porque nos ha perdonado en Cristo Jesús;
Dios ha hecho que nos convirtamos en una “nueva criatura porque en él nos ha
agraciado con el perdón Dios reconcilió consigo el mundo en Cristo (8). Y
precisamente porque lo ha reconciliado en Jesucristo, en cuanto primogénito de
toda criatura(9), la unión del hombre con Dios se ha consolidada
irreversiblemente. Tal unión que, en un tiempo, el “primer” Adán consintió fuese
arrebatada en él a toda la humanidad, no puede ser quitada ya por nadie a la
humanidad, desde que queda enraizada y consolidada en Cristo, el “segundo Adán”.
Por esto mismo, la humanidad se convierte sin cesar, en Cristo, en una “nueva
criatura”. Y esto es así, porque en él y por él la gracia de la remisión de los
pecados sigue siendo inagotable para todo hombre: copiosa apud eum redemptio!
En el Año Jubilar, queridos Hermanos, debemos hacernos
particularmente conscientes de que estamos al servicio de esta reconciliación
con Dios que se ha cumplido en Cristo de una vez para siempre. Somos siervos y
administradores de este sacramento, en el que la Redención se manifiesta y
realiza como perdón, como remisión de los pecados.
¡Oh! ¡Cuán elocuente es el hecho de que Cristo, después de su
resurrección, entrase de nuevo en aquel Cenáculo donde el día de Jueves Santo
había dejado a los Apóstoles, junto con la Eucaristía, el sacramento del
sacerdocio ministerial y le dijo entonces: “Recibir el Espíritu Santo; a
quienes perdonen los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retengan,
les serán retenidos” (10).
Así como antes les había dado la facultad de celebrar la
Eucaristía, esto es, de renovar de manera sacramental su propio Sacrificio
pascual, así ahora, les da la facultad de perdonar los pecados.
Cuando ya en el Año Jubilar meditéis sobre cómo vuestro
sacerdocio ministerial ha sido inscrito en el misterio de la Redención de
Cristo, tened esto siempre presente ante vuestros ojos. El Jubileo es en efecto
ese tiempo singular en que la Iglesia, según una antiquísima tradición, renueva,
en la entera comunidad del Pueblo de Dios, la conciencia de la Redención
mediante una peculiar intensidad de la remisión y del perdón de los pecados:
justamente de la remisión y del perdón de que nosotros, sacerdotes de la Nueva
Alianza, somos después de los Apóstoles los legítimos herederos.
Como consecuencia de la remisión de los pecados en el Sacramento
de la Penitencia, todos aquellos que, valiéndose de nuestro servicio total,
reciben este Sacramento, pueden beneficiarse aún más plenamente de la
generosidad de la Redención de Cristo, consiguiendo la remisión de las penas
temporales que, después de la remisión de los pecados, quedan aún por expiar en
la vida presente o en la futura. La Iglesia cree que toda remisión proviene de
la Redención llevada a cabo en Cristo. Al mismo tiempo, cree también y espera
que el mismo Cristo acepta la mediación de su Cuerpo Místico en la remisión de
los pecados y de las penas temporales. Y dado que, en base al misterio del
Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia, se va desarrollando el misterio de
la Comunión de los Santos, en perspectiva de la eternidad, la Iglesia durante el
Año Jubilar mira con singular confianza hacia este Misterio.
La Iglesia desea beneficiarse, ahora más que nunca, de los
méritos de María Santísima y de los Santos, así como de su mediación para hacer
más actual aún la Redención cumplida en Cristo con todos sus efectos y frutos de
la salvación. De este modo la praxis de las Indulgencias, en conexión con el Año
Jubilar, desvela su profundo significado, evangélico, en cuanto el bien,
dimanado del Sacrificio redentor de Cristo en todas las generaciones de
Mártires y de Santos de la Iglesia desde su comienzo hasta nuestros días,
fructifica de nuevo en las almas de los hombres de nuestra época por la gracia
de la remisión de los pecados y de los efectos del pecado.
¡Queridos Hermanos míos en el Sacerdocio de Cristo! En el curso
del Año Jubilar saber ser de manera especial los maestros de la verdad de Dios
sobre el perdón y la remisión, tal como ha sido proclamada incesantemente por la
Iglesia. Presentar esta verdad en toda su riqueza Espiritual. Buscad caminos
para ella en los ánimos y en las conciencias de los hombres de nuestros tiempos.
Y a la vez que maestros, saber ser en este Año Santo, de manera singularmente
servicial y generosa, los ministros del Sacramento de la Penitencia, por el que
los hijos e hijas de la Iglesia obtienen la remisión de los pecados. Buscad en
el servicio del confesionario la insustituible manifestación y verificación del
sacerdocio ministerial, cuyo modelo nos han legado tantos Sacerdotes santos y
Pastores de almas en la historia de la Iglesia, hasta nuestros días. La fatiga
de este ministerio sagrado os ayude a comprender aún más cómo el sacerdocio
ministerial de cada uno de nosotros está inscrito en el misterio de la Redención
de Cristo mediante la cruz y la resurrección.
4. Con las palabras que os estoy escribiendo, deseo proclamar,
de manera peculiar para vosotros, el Jubileo del Año Santo de la Redención. Como
ya sabéis por los documentos hasta ahora publicados, el Jubileo se celebra
contemporáneamente en Roma y en toda la Iglesia, desde el 25 de este mes hasta
al Día de Pascua del próximo año. De este modo la gracia singular del Año de la
Redención queda confiada a todos mis Hermanos en el Episcopado, en cuanto
Pastores de las Iglesias locales, en la comunidad universal de la Iglesia
católica. Contemporáneamente la misma gracia del Jubileo extraordinario se
confía también a vosotros queridos hermanos en el sacerdocio de Cristo. En
efecto, vosotros en unión de vuestros Obispos sois pastores de las parroquias y
de las demás comunidades del Pueblo de Dios, existentes en todas las partes del
mundo.
Y así, es preciso que el Año de la Redención sea vivido en la
Iglesia, partiendo justamente de estas comunidades fundamentales del Pueblo '
de Dios. A este respecto, quiero reproducir aquí algunos pasos de la Bula de
convocación del Año Jubilar, que testimonian explícitamente esta exigencia.
“El año de la Redención he escrito debe dejar una huella
particular en toda la vida de Iglesia, para que los cristianos sepan descubrir
de nuevo en su experiencia existencial todas las riquezas inherentes a la
salvación que les ha sido comunicada desde el bautismo” (11). En efecto “en el
descubrimiento y en la práctica vivida de la economía sacramental de la Iglesia,
a través de la cual llega a cada uno y a la comunidad la gracia de Dios en
Cristo, hay que ver el profundo significado y la belleza arcana de este Año que
el Señor nos concede celebrar” (12)
En una palabra, el Año Jubilar quiere ser “una llamada al
arrepentimiento y a la conversión”, en orden “a una renovación Espiritual en
cada uno de los fieles, en las parroquias, en las diócesis, en las comunidades
religiosas y en otros centros de vida cristiana y de apostolado” (13). Si esta
llamada será escuchada generosamente, se producirá una especie de movimientos
“desde abajo” que, partiendo de las parroquias y de las variadas comunidades
―como
he dicho recientemente ante mi querido Presbiterio de Roma― reavivará las
diócesis y de este modo no dejará de tener positiva influencia en la Iglesia
entera. Precisamente para favorecer este dinamismo ascendente, en la Bula me he
limitado a ofrecer algunas orientaciones de carácter general dejando “a las
Conferencias Episcopales y a los Obispos de cada diócesis el cometido de
establecer indicaciones y sugerencias pastorales de acuerdo con la mentalidad y
costumbres de cada lugar y con las finalidades del 1950º aniversario de la
muerte y resurrección de Cristo” (14).
5. Por esto, queridos Hermanos, os ruego encarecidamente que
reflexionéis sobre como se puede y debe celebrar el Santo Jubileo del Año de la
Redención en cada parroquia, así como en las demás comunidades del Pueblo de
Dios, entre las cuales ejercéis el ministerio sacerdotal y pastoral. Os ruego
que reflexionéis sobre cómo se puede y debe celebrar en el marco de tales
comunidades y al mismo tiempo en unión con la Iglesia local y universal. Os
ruego que prestéis singular atención a los ambientes que la Bula recuerda
expresamente, como son el de los Religiosos y Religiosas de clausura, el de los
enfermos, de los encarcelados, de los ancianos u otros que sufren (15). Sabemos
en efecto que continuamente y de modos diversos se están actuando las palabras
del Apóstol: “Suplo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por
su cuerpo que es la Iglesia” (16).
Ojalá el Jubileo extraordinario pueda convertirse así de verdad
gracias a esta solicitud y esmero pastoral, en “el año de misericordia del Señor”,
según las palabras del Profeta (17) para cada uno de vosotros, queridos Hermanos,
y también para todos aquellos que Cristo, Sacerdote y Pastor, ha confiado a
vuestro servicio sacerdotal y pastoral.
Aceptar la Presente carta para el día sagrado de Jueves Santo
como manifestación de amor cordial; y orad también por quien la escribe, para
que no le falte nunca este amor, en torno al cual Cristo Señor interrogó por
tres veces a Simón Pedro (18). Con estos sentimientos os doy a todos mi
bendición.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el Domingo de Ramos, día 27 de
marzo de 1983, quinto de Pontificado.
Notas
(1) 2Cor3, 6.
(2) Jn 15, 15.
(3) Jn. 6, 51.
(4) Jn. 3, 16
(5) Lc 4, 19
(6) 2 Cor 5, 17.
(7) Ps 130, 7.
(8) Cfr. 2 Cor 5, 19.
(9) Cfr. 1, 15.
(10) Jn. 20, 22-23
(11) Bula Aperite Portas Redentoris. N
3
(12) Ibid
(13) Lc.n 11
(14) Ibid
(15) Cfr. Lc. n. 11 A y B.
(16) Col. 1 24.
(17) Is. 61, 2.
(18) Cfr. Jn. 21. 15ss.
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