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CARTA DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO II
A LOS PARTICIPANTES EN EL ENCUENTRO CELEBRADO
EN EL SANTUARIO DE GUADALUPE
A los amadísimos Participantes en el encuentro del Santuario de la
Madre de Dios en Guadalupe el día 31 de enero de 1979.
Siento la necesidad de escribiros una carta con el deseo de
completar lo que os dije durante nuestro encuentro. En un principio estaba
previsto como un encuentro con un grupo de profesores y estudiantes de
Universidades que pueden considerarse católicas en México. Posteriormente, se
transformó en realidad en una reunión con unos 80.000 estudiantes en
representación de los ambientes universitarios mexicanos y latinoamericanos.
Habéis asistido al mismo no sólo profesores, investigadores y estudiantes de
Universidades especialmente vinculadas a la Iglesia, sino también otros muchos
pertenecientes a Universidades estatales que tal ver, erais la mayoría. Por esta
razón, al final del discurso previsto, dirigí a todos algunas frases como
respuesta a las pronunciadas por uno de vuestros colegas; ahora en la presente
carta quiero volver al tema iniciado.
1. Ante todo, quiero explicaros cómo veo personalmente el
significado de los estudios universitarios desde el punto de vista del hombre
joven. Su importancia no se limita únicamente al campo de la cultura, o sea a la
adquisición de un cúmulo de saber necesario para ser capaces de desarrollar una
determinada función social. En la base de los estudios académicos hay
algo mías profundo, se trata de la relación creativa de la verdad. Toda la
realidad ha sido confiada como tarea al entendimiento y a la capacidad
cognoscitiva del hombre en la perspectiva de la verdad, la cual debe ser buscada
y examinada hasta que aparezca en toda su complejidad y simplicidad de conjunto.
Pues bien, esta relación creativa de la verdad en un sector
elegido del conocimiento y de la ciencia constituye propiamente la substancia de
los estudios a nivel universitario. El resultado de estos estudios debe
conllevar no solo una determinada cuantidad de conocimientos adquiridos en el
transcurso de la especialización, sino además una peculiar madurez espiritual
que se presenta como la responsabilidad por la verdad : por la verdad en el
pensamiento y en la acción. Tal responsabilidad caracteriza a un hombre
espiritualmente maduro. En este camino, el proceso del conocimiento llega a ser
al mismo tiempo proceso de educación de la propia humanidad que fructifica con
el ejercicio responsable de la libertad humana. Cristo ha dicho: «conoceréis
la. verdad, y la verdad os hará libres» (Jn, 8, 32), indicando
así la maduración conjunta del conocimiento y de la libertad en el hombre. En
resumen, el valor de la verdad humana se mide por el modo en el que el hombre
hace uso del don de la libertad, de la libre voluntad; por la suma del bien en
que consigue empeñar su voluntad y finalmente por su capacidad de darse al
prójimo, a la sociedad y a la humanidad.
2. Durante mi encuentro intuí que vosotros sentís muy
profundamente el mal que grava sobre la vida social de las naciones de las que
sois hijos e hijas. Os preocupa la necesidad de cambio, la necesidad de
construir un mundo mejor, más justo y a la vez más digno del hombre. En este
tema vuestros deseos coinciden con la mentalidad que se ha ido acentuando
progresivamente a través de la enseñanza y del apostolado de la. Iglesia
contemporánea, El Concilio Vaticano II frecuentemente da respuesta a esta
aspiración para hacer la vida sobre la tierra más humana, más digna del hombre.
Esta tendencia cristiana en el fondo y a la vez humana tiene carácter universal: se refiere a cada hombre y consecuentemente a todos los hombres. No puede
llevar a restricciones, instrumentalizaciones, falsificaciones, discriminaciones
de cualquier clase. Debe llevar consigo la plena verdad sobre el hombre y debe
conducir a la plena realización de los derechos humanos. Para que esta noble
aspiración que late en el corazón joven y en la voluntad pueda llegar a una
realización correcta es necesario ver al hombre en toda su dimensión humana. No
debe reducirse el hombre a la esfera de sus necesidades meramente materiales. No
puede ni debe medirse el progreso sólo con categorías económicas. La dimensión
espiritual del ser humano debe encontrar su lugar exacto.
El hombre es él mismo a través de la madurez de su espíritu,
de su conciencia, de su relación con Dios y con el prójimo.
No existirá un mundo mejor, y un orden mejor de la vida
social, si antes no se da preferencia a los valores del espíritu humano.
Recordad esto bien vosotros que justamente anheláis cambios que comporten una
sociedad mejor y más justa; vosotros, jóvenes, que justamente
contestáis toda clase de mal, de discriminación, de violencia, de torturas reservadas a los hombres. Recordad que el orden que deseáis es un orden
moral y no lo alcanzaréis en modo alguno, si no dais la precedencia a todo lo
que constituye la fuerza del espíritu humano: justicia, amor y amistad.
3. La Universidad es, en todo país y sociedad, la escuela y el
ambiente de formación de la propia cultura.
Se encamina a esto el trabajo de investigación y de creatividad
de los científicos y de los profesores que transmiten el resultado de sus
investigaciones a las generaciones jóvenes de estudiantes. La cultura crea un
perfil espiritual en la sociedad: un particular fundamento de su identidad constituye la herencia con la que vienen educadas siempre las nuevas
generaciones. Deseo referirme ahora con especial estaba y gratitud al trabajo científico
de cada Universidad, de cada investigador y de cada profesor. Juntamente, con esta dignidad característica
de ellos, se une la gran
responsabilidad hacia esta juventud que entrega su corazón e
inteligencia, para así poder absorber los bienes del conocimiento y de la
cultura.
Una de las primeras tareas que se ponen a la vista de las
personas cultas es la difusión de la cultura en sus múltiples matices. El
acceso universal a los bienes de la cultura es la finalidad que debe perseguir
toda sociedad y la humanidad entera.
El retorno de la mente y del corazón a estos bienes es la
condición y el examen del auténtico progreso humano. De él, en gran medida,
depende la victoria de la paz y de la justicia en la vida de las naciones y de
cada continente.
¡Esforzaos en este terreno!
¡Elevad el nivel de la instrucción pública y de la cultura de vuestros connacionales
! ¡Superad el analfabetismo! ¡Servid a la gran causa de la
humanidad de manera cada vez más consciente, sin olvidar la causa del
cristianismo de modo cada día más responsable.
4. Os escribo, porque os veo aún reunidos alrededor de la
Basílica de la Virgen de Guadalupe en número de unas 80.000. Todos vosotros,
hijos e hijas de México y Latinoamérica, cualquiera que sea vuestro ambiente de
origen y la Universidad de pertenencia, uníos a la Madre que la Iglesia venera
bajo la advocación de «Sede de la Sabiduría ». La Sabiduría es fuente
tanto de una humanidad social y madura como del Cristianismo. Permitidme que una
vez más me dirija a la «Sede de la Sabiduría» confiándole la reunión
que acabamos de tener y todos los ambientes universitarios del continente latinoamericano: profesores y estudiantes. A Ella encomiendo especialmente vuestros problemas a los que
me refería entonces y a los que he hecho mención en
esta carta, delineándolos sólo sin intentar un análisis exhaustivo. Son
problemas importantes, fundamentales. Esta es la problemática que debe estar
presente en nuestro corazón ya que nos hemos reunido allí, en aquel Santuario.
Me encomiendo especialmente a la que decimos constantemente
«bendito es el fruto de tu vientre, Jesús» en una oración por la feliz fructificación
de estos problemas en vuestros corazones.
Os bendigo de todo corazón.
Vaticano, 15 de febrero de 1979
IOANNES PAULUS PP. II |