HOMILIA DEL SANTO PADRE
EN LA VIGILIA PASCUAL
Sábado Santo, 22 de abril de 2000
1. "Tenéis guardias. Id, aseguradlo como sabéis" (Mt 27,
65).
La tumba de Jesús fue cerrada y sellada. Según la petición de los sumos
sacerdotes y los fariseos, se pusieron soldados de guardia para que nadie
pudiera robarlo (Mt 27, 62-64). Este es el acontecimiento del que parte
la liturgia de la Vigilia Pascual.
Vigilaban junto al sepulcro aquellos que habían querido la muerte de Cristo,
considerándolo un "impostor" (Mt 27, 63). Su deseo era que Él
y su mensaje fueran enterrados para siempre.
Velan, no muy lejos de allí, María y, con ella, los Apóstoles y algunas
mujeres. Tenían aún impresa en el corazón la imagen perturbadora de hechos
que acaban de ocurrir.
2. Vela la Iglesia, esta noche, en todos los rincones de la tierra, y revive
las etapas fundamentales de la historia de la salvación. La solemne liturgia
que estamos celebrando es una expresión de este "vigilar" que, en
cierto modo, recuerda el mismo de Dios, al que se refiere el Libro del Éxodo:
"Noche de guardia fue ésta para Yahveh, para sacarlos de la tierra de
Egipto. Esta misma noche será la noche de guardia en honor de Yahveh ..., por
todas sus generaciones" (Ex 12, 42).
En su amor providente y fiel, que supera el tiempo y el espacio, Dios vela sobre
el mundo. Canta el salmista: "Yahveh es tu guardián, tu sombra, Yahveh, a
tu diestra. De día el sol no te hará daño, ni la luna de noche. Te guarda
Yahveh de todo mal, él guarda tu alma;... desde ahora y por siempre" (Sal
120, 4-5.8).
También el pasaje que estamos viviendo entre el segundo y el tercer milenio
está guardado en el misterio del Padre. Él "obra siempre" (Jn
5, 7) por la salvación del mundo y, mediante el Hijo hecho hombre, guía a su
pueblo de la esclavitud a la libertad. Toda la "obra" del Gran Jubileo
del año 2000 está, por decirlo así, inscrita en esta noche de Vigilia, que
lleva a cumplimiento aquella del Nacimiento del Señor. Belén y el Calvario
remiten al mismo misterio de amor de Dios, que tanto amó al mundo "que dio
a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga
vida eterna" (Jn 3, 16).
3. En esta Noche, la Iglesia, en su velar, se centra sobre los textos de la
Escritura, que trazan el designio divino de salvación desde el Génesis al
Evangelio y que, gracias también a los ritos del agua y del fuego, confieren a
esta singular celebración una dimensión cósmica. Todo el universo creado
está llamado a velar en esta noche junto al sepulcro de Cristo. Pasa ante
nuestros ojos la historia de la salvación, desde la creación a la redención,
desde el éxodo a la Alianza en el Sinaí, de la antigua a la nueva y eterna
Alianza. En esta noche santa se cumple el proyecto eterno de Dios que arrolla la
historia del hombre y del cosmos.
4. En la vigilia pascual, madre de todas las vigilias, cada hombre puede
reconocer también la propia historia de salvación, que tiene su punto
fundamental en el renacer en Cristo mediante el Bautismo.
Esta es, de manera muy especial, vuestra experiencia, queridos Hermanos y
Hermanas que dentro de poco recibiréis los sacramentos de la iniciación
cristiana: el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía.
Venís de diversos Países del mundo: Japón, China, Camerún, Albania e Italia.
La variedad de vuestras naciones de origen pone de relieve la universalidad de
la salvación traída por Cristo. Dentro de poco, queridos, seréis insertos
íntimamente en el misterio de amor de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Que
vuestra existencia se haga un canto de alabanza a la Santísima Trinidad y un
testimonio de amor que no conozca fronteras.
5. "Ecce lignum Crucis, in quo salus mundi pependit: venite adoremus!"
Esto ha cantado ayer la Iglesia, mostrando el árbol la Cruz, "donde estuvo
clavada la salvación del mundo". "Fue crucificado, muerto y sepultado",
recitamos en el Credo.
El sepulcro. El lugar donde lo habían puesto (cf. Mc 16, 6). Allí está
espiritualmente presente toda la Comunidad eclesial de cada rincón de la tierra.
Estamos también nosotros con las tres mujeres que se acercan al sepulcro, antes
del alba, para ungir el cuerpo sin vida de Jesús (cf. Mc 16, 1). Su
diligencia es nuestra diligencia. Con ellas descubrimos que la piedra sepulcral
ha sido retirada y el cuerpo ya no está allí. "No está aquí",
anuncia el Ángel, mostrando el sepulcro vacío y las vendas por tierra. La
muerte ya no tiene poder sobre Él (cf Rm 6, 9).
¡Cristo ha resucitado! Anuncia al final de esta noche de Pascua la Iglesia, que
ayer había proclamado la muerte de Cristo en la Cruz. Es un anuncia de verdad y
de vida.
"Surrexit Dominus de sepulcro, qui pro nobis pependit in ligno. Alleluia!"
Ha resucitado del sepulcro el Señor, que por nosotros fue colgado a la cruz.
Sí, Cristo ha resucitado verdaderamente y nosotros somos testigos de ello.
Lo gritamos al mundo, para que la alegría que nos embarga llegue a tantos otros
corazones, encendiendo en ellos la luz de la esperanza que no defrauda.
Cristo ha resucitado, alleluya