1. Me alegra acoger también este año, en la basílica vaticana, a la vasta y
multiforme comunidad de las universidades eclesiásticas romanas, que
reanudan su camino académico. Saludo con gratitud al cardenal Zenon Grocholewski,
que celebra la santa Eucaristía; saludo a los demás prelados presentes, a los
oficiales de la Congregación para la educación católica, a los rectores, a los
profesores y a los alumnos de los ateneos y de los demás institutos y facultades
pontificias. A todos y a cada uno doy mi más cordial bienvenida.
2. "Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una es la esperanza a que habéis
sido llamados" (Ef 4, 4). Estas palabras, que san Pablo dirigió a los
Efesios, se dirigen esta tarde a la comunidad académica eclesiástica de Roma,
única en el mundo por su número y por la variedad de sus miembros. En efecto,
las universidades eclesiásticas romanas contribuyen a manifestar, a su manera,
la unidad y la universalidad de la Iglesia. Unidad multiforme que se funda en
una misma "vocación", es decir, en la llamada común al seguimiento de Cristo. Os
invito especialmente a vosotros, queridos estudiantes, a hacer que la formación
de estos años os ayude siempre a "comportaros de manera cada vez más digna de
la vocación" cristiana (cf. Ef 4, 1); os exhorto a poner vuestros
talentos al servicio de la Iglesia con toda humildad y disponibilidad.
3. El salmo responsorial (cf. Sal 23) acaba de evocar una "generación"
que "busca el rostro de Dios". Pienso en vosotros, queridos profesores y
amados estudiantes, unidos por el deseo común de conocer a Dios y de penetrar en
su misterio de salvación, revelado plenamente en Cristo. El salmista advierte
que para subir al monte del Señor se requieren "manos inocentes y puro corazón"
(Sal 23, 4), y añade que quien quiera conocer la verdad debe esforzarse
por practicarla al hablar y al obrar (cf. Sal 23). "Esta es la generación
que busca a Dios": sed así, queridos hermanos. Sed hombres y mujeres
comprometidos a unir la fe y la vida, en el plano cognoscitivo y antes
aún en el plano existencial.
4. En la Eucaristía encontramos una clave de lectura sintética de lo que
la palabra de Dios nos dice en la liturgia de hoy. Por una parte, la Eucaristía
es el principio de la unidad en la caridad, de la comunión en la
multiplicidad de los dones. Por otra, es el mysterium fidei, que contiene
en sí la invitación a pasar de la superficie a la realidad profunda que
está bajo las apariencias. Mediante la Eucaristía, el Espíritu Santo ilumina la
mirada de nuestro corazón, dándonos la posibilidad de comprender los signos de
los tiempos nuevos (cf. Aleluya; Ef 1, 17; Lc 21, 29-31). El
misterio eucarístico es escuela en la que el cristiano se forma en el "intellectus
fidei", ejercitándose en conocer adorando y en creer contemplando. En él, al
mismo tiempo, madura su personalidad cristiana, para ser capaz de
testimoniar la verdad en la caridad.
5. Amadísimos hermanos y hermanas, este año académico coincide con el Año de
la Eucaristía. Siguiendo el ejemplo de santo Tomás de Aquino y de todos los
doctores de la Iglesia, esforzaos por encontrar en el Sacramento del altar
renovada luz de sabiduría y constante fuerza de vida evangélica. Que a la
Eucaristía, fuente inagotable de salvación, os acompañe y os guíe cada día
María, "Mujer eucarística" y Virgen de la escucha obediente.