Después del Evangelio, Juan Pablo II presentó así al
Patriarca ecuménico, introduciendo su homilía:
Amadísimos hermanos y hermanas, el pasaje del Evangelio, que acabamos de
escuchar en latín y griego, nos invita a profundizar en el significado de esta
fiesta de los apóstoles San Pedro y San Pablo. Deseo invitaros ahora a escuchar
las reflexiones que el Patriarca ecuménico, Su Santidad Bartolomé I, nos
propondrá, teniendo presente que ambos hablamos de unidad.
Homilía del Patriarca ecuménico Bartolomé I
Santidad:
Con sentimientos de alegría y de tristeza, venimos a Vuestra Santidad durante
este importante día de la fiesta de los apóstoles San Pedro y San Pablo, para
manifestar nuestro amor a la persona de Vuestra Santidad y a todos los miembros
de la Iglesia hermana de Roma, que celebra la fiesta de sus patronos. A la vez
que compartimos vuestra alegría, sentimos tristeza porque falta lo que hubiera
colmado la alegría de ambos, es decir, el restablecimiento de la plena comunión
entre nuestras Iglesias.
Hoy centramos nuestra atención en el feliz 40° aniversario del encuentro,
celebrado en Jerusalén en el año 1964, de nuestros predecesores de venerada
memoria, un encuentro que puso fin al camino de nuestro mutuo alejamiento y
constituyó el inicio de un nuevo camino de acercamiento de nuestras Iglesias.
Durante este nuevo camino se han dado muchos pasos hacia el acercamiento
recíproco. Se han entablado diálogos, se han realizado encuentros, se han
intercambiado cartas; el amor ha crecido, pero aún no hemos llegado a la meta
anhelada. En cuarenta años no ha sido posible superar las divergencias que se
han acumulado durante más de novecientos años.
La esperanza -que va unida a la fe y al amor, que siempre espera- es uno de los
dones importantes de Dios. También nosotros esperamos que lo que no ha sido
posible hasta hoy se obtenga en el futuro, y ojalá que sea en un futuro próximo.
Tal vez sea un futuro lejano, pero nuestra esperanza y nuestro amor no deben
quedar restringidos en breves límites temporales. Nuestra presencia hoy, aquí,
expresa con evidencia nuestro deseo sincero de eliminar todos los obstáculos
eclesiales que no sean dogmáticos o esenciales, para que nuestro interés se
centre en el estudio de las diferencias esenciales y de las verdades dogmáticas
que hasta hoy dividen a nuestras Iglesias, así como en el modo de vivir la
verdad cristiana de la Iglesia unida.
Sin pretender unir nuestro nombre a metas que sólo el Espíritu Santo puede
obtener, no atribuyamos a nuestras acciones una eficacia mayor que la que Dios
tenga a bien darles. Sin embargo, manifestando nuestro deseo, trabajemos
incansablemente para conseguir lo que cada día pedimos en nuestra oración: "la
unión de todos". Conscientes de que nuestro Señor Jesucristo nos manifestó en la
oración sacerdotal cuán necesaria es nuestra unidad, para que el mundo crea que
él viene de Dios, colaboramos con vosotros para alcanzar esta unidad, y
exhortamos a todos a orar con fervor por el éxito de nuestros esfuerzos comunes.
Amadísimos cristianos, la unidad de las Iglesias, de la que hablamos y por la
que pedimos vuestras oraciones, no es una unión mundana, como las de los
Estados, de las asociaciones de personas y de organismos, en las que se crea una
unión organizativa más elevada. Ese tipo de unión es muy fácil de conseguir y
todas las Iglesias ya han creado diversas organizaciones, en cuyo ámbito
colaboran en distintos sectores.
La unidad a la que las Iglesias aspiran es una búsqueda espiritual orientada a
vivir juntos la comunión espiritual con la persona de nuestro Señor Jesucristo.
Podrá conseguirse cuando todos tengamos "la mente de Cristo", "el amor de
Cristo", "la fe de Cristo", "la humildad de Cristo", "la disposición de Cristo
al sacrificio" y, en general, cuando vivamos todo lo que es de Cristo como él lo
vivió, o al menos cuando anhelemos sinceramente vivir como él quiere que
vivamos.
En este delicadísimo esfuerzo espiritual emergen dificultades debidas a que la
mayor parte de nosotros, los hombres, muy a menudo presentamos nuestras
posiciones, opiniones y valoraciones como si fueran expresión de la mente, del
amor y, en general, del espíritu de Cristo. Dado que estas opiniones y
valoraciones personales, y a veces también las vivencias personales, no
coinciden ni entre sí ni con la vida de Cristo, surgen las discordias. De buena
fe, mediante los diálogos intereclesiales, tratamos de comprendernos mutuamente
con sobreabundancia de amor; como también tratamos de constatar en qué y por qué
se diferencian nuestras vivencias, que se expresan con diversas formulaciones
dogmáticas. No hagamos discursos abstractos sobre cuestiones teóricas, acerca de
las cuales nuestra posición no tiene consecuencias para la vida. Busquemos entre
las muchas vivencias, que se expresan con diversas formulaciones, lo que
manifiesta correctamente, o al menos lo más perfectamente posible, el espíritu
de Cristo.
Recordad el comportamiento de los dos discípulos de Cristo cuando fue rechazado
por algunos habitantes de cierta región. Los dos discípulos se indignaron y
preguntaron a Cristo si podían pedir a Dios que hiciera bajar fuego del cielo
contra los que se habían negado a acogerlo. La respuesta del Señor fue la que se
ha dado a muchos cristianos a lo largo de los siglos: "No sabéis de qué
espíritu sois, porque el Hijo del hombre no ha venido a perder las almas de los
hombres, sino a salvarlas" (Lc 9, 55-56). En muchas ocasiones, algunos
fieles, en el decurso de los siglos, han pedido a Cristo que apruebe obras que
no estaban de acuerdo con su mente. Más aún, han atribuido a Cristo sus
propias opiniones y enseñanzas, sosteniendo unos y otros que interpretaban el
espíritu de Cristo. De allí han surgido discordias entre los fieles, que, como
consecuencia, se han dividido en grupos, asumiendo la forma actual de las
diversas Iglesias.
Hoy los esfuerzos comunes tienden a vivir el espíritu de Cristo del modo que él
aprobaría si se le consultara. Esos esfuerzos presuponen pureza de corazón,
finalidades desinteresadas, santa humildad; en pocas palabras, santidad de vida.
Contrastes acumulados e intereses seculares no nos permiten ver claramente y
retrasan la comprensión común del espíritu de Cristo, tras la cual llegará la
tan anhelada unidad de las Iglesias, como su unión en Cristo, en el mismo
espíritu, en el mismo Cuerpo y en su misma Sangre. Naturalmente, desde el punto
de vista espiritual, no tiene sentido la aceptación y la realización de una
unión exterior, cuando sigue existiendo la divergencia con respecto al espíritu.
Así se comprende que no se ha de buscar igualar las tradiciones, los usos y las
costumbres de todos los fieles, sino que se ha de buscar sólo vivir en común la
persona del uno y único e inmutable Jesucristo, en el Espíritu Santo, la
comunión vital del acontecimiento de la Encarnación del Logos de Dios, y de la
venida del Espíritu Santo a la Iglesia, así como vivir en común el
acontecimiento de la Iglesia como Cuerpo de Cristo, que lo recapitula todo en sí
mismo. Esta vivencia espiritual que buscamos constituye la vivencia suprema del
hombre, representa su unión con Cristo y, por consiguiente, el diálogo sobre
este punto es el más importante de todos. Por eso hemos pedido y pedimos a los
cristianos que oren con fervor a nuestro Señor Jesucristo para que oriente los
corazones a alcanzar la meta de esa aspiración, de modo que, una vez obtenida,
podamos festejar juntos, con la gracia de Dios, todas las celebraciones
eclesiales en plena comunión espiritual y alegría. Amén.
* * *
Homilía del Santo Padre Juan Pablo II
1. "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo" (Mt 16, 16). Tras la
pregunta del Señor, Pedro, también en nombre de los demás Apóstoles, hace su
profesión de fe.
En ella se afirma el fundamento seguro de nuestro camino hacia la comunión
plena. En efecto, si queremos la unidad de los discípulos de Cristo, debemos
recomenzar desde Cristo. Como a Pedro, también a nosotros se nos pide que
confesemos que él es la piedra angular, la Cabeza de la Iglesia. En la carta
encíclica Ut unum sint escribí: "Creer en Cristo significa querer la
unidad; querer la unidad significa querer la Iglesia; querer la Iglesia
significa querer la comunión de gracia que corresponde al designio del Padre
desde toda la eternidad" (n. 9).
2. Ut unum sint! De aquí brota nuestro compromiso de comunión, en
respuesta al ardiente deseo de Cristo. No se trata de una vaga relación de
buenos vecinos, sino del vínculo indisoluble de la fe teologal, por el que
estamos destinados no a la separación, sino a la comunión.
Hoy vivimos con dolor lo que, a lo largo de la historia, ha roto nuestro vínculo
de unidad en Cristo. Desde esta perspectiva, nuestro encuentro de hoy no es sólo
un gesto de cortesía, sino una respuesta al mandato del Señor. Cristo es la
Cabeza de la Iglesia y nosotros queremos seguir haciendo juntos todo lo
humanamente posible para superar lo que aún nos divide y nos impide comulgar con
el mismo Cuerpo y Sangre del Señor.
3. Con estos sentimientos, deseo expresarle profunda gratitud a usted, Santidad,
por su presencia y por las reflexiones que ha querido proponernos. También me
alegra celebrar con usted el recuerdo de san Pedro y san Pablo, que este año
coincide con el cuadragésimo aniversario del bendito encuentro celebrado en
Jerusalén, el 5 y 6 de enero de 1964, entre el Papa Pablo VI y el Patriarca
Atenágoras I.
Santidad, deseo agradecerle de corazón el haber aceptado mi invitación a hacer
visible y reafirmar hoy, con este encuentro, el espíritu que animaba a aquellos
dos peregrinos singulares, que dirigieron sus pasos el uno hacia el otro, y
eligieron abrazarse por primera vez precisamente en el lugar donde nació la
Iglesia.
4. Aquel encuentro no puede ser sólo un recuerdo. Es un desafío para
nosotros. Nos indica el camino del redescubrimiento recíproco y la
reconciliación. Ciertamente, se trata de un camino difícil, lleno de obstáculos.
En el conmovedor gesto de nuestros predecesores en Jerusalén podemos encontrar
la fuerza para superar cualquier malentendido y dificultad, a fin de
consagrarnos sin cesar a este compromiso de unidad.
La Iglesia de Roma está avanzando con voluntad firme y gran sinceridad por el
camino de la reconciliación plena, mediante iniciativas que se han ido revelando
posibles y útiles. Hoy deseo expresar el anhelo de que todos los cristianos
intensifiquen, cada uno por su parte, los esfuerzos para que llegue cuanto
antes el día en que se realice plenamente el deseo del Señor: "Que todos sean
uno" (Jn 17, 11. 21). Que la conciencia no nos reproche haber omitido
pasos, haber desaprovechado oportunidades y no haber probado todos los caminos.
5. Como sabemos muy bien, la unidad que buscamos es ante todo don de Dios.
Pero somos conscientes de que apresurar la hora de su realización plena también
depende de nosotros, de nuestra oración y de nuestra conversión a Cristo.
Santidad, por lo que a mí respecta, deseo confesar que en el camino de la
búsqueda de la unidad siempre me ha guiado, como una brújula segura, la
doctrina del concilio Vaticano II. La carta encíclica Ut unum sint,
publicada pocos días antes de la memorable visita de Vuestra Santidad a Roma, en
1995, reafirmó precisamente lo que el Concilio había enunciado en el decreto
sobre el ecumenismo Unitatis redintegratio, de cuya promulgación este año
se celebra el cuadragésimo aniversario.
Varias veces, en circunstancias solemnes, he destacado, y lo reafirmo también
hoy, que el compromiso asumido por la Iglesia católica con el concilio Vaticano
II es irrevocable. ¡No se puede renunciar a él!
6. El rito de la imposición de los palios a los nuevos metropolitanos
contribuye a completar la solemnidad y la alegría de esta celebración, a hacerla
más rica en contenido espiritual y eclesial.
Venerados hermanos, el palio que hoy recibiréis en presencia del Patriarca
ecuménico, nuestro hermano en Cristo, es signo de la comunión que os une de modo
especial al testimonio apostólico de Pedro y Pablo. Os une al Obispo de Roma,
Sucesor de Pedro, llamado a prestar un peculiar servicio eclesial con respecto a
todo el Colegio episcopal. Os doy las gracias por vuestra presencia y os expreso
los mejores deseos para vuestro ministerio en favor de Iglesias metropolitanas
esparcidas por varias naciones. Os acompaño de buen grado con el afecto y la
oración.
7. "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo". ¡Cuántas veces vuelven a mi
oración diaria estas palabras, que constituyen la profesión de fe de Pedro! En
el precioso icono donado por el Patriarca Atenágoras I al Papa Pablo VI el 5 de
enero de 1964, los dos santos Apóstoles, Pedro el "Corifeo", y Andrés el "Protóclito",
se abrazan en un elocuente lenguaje de amor, debajo del Cristo glorioso.
Andrés fue el primero en seguir al Señor; Pedro fue llamado a confirmar a sus
hermanos en el fe.
Su abrazo bajo la mirada de Cristo es una invitación a proseguir por el camino
emprendido, hacia la meta de unidad que queremos alcanzar juntos.
Que ninguna dificultad nos frene. Al contrario, sigamos avanzando con
esperanza, sostenidos por la intercesión de los Apóstoles y la maternal
protección de María, Madre de Cristo, Hijo de Dios vivo.