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PRIMERAS VÍSPERAS
DE LA SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS
HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
Sábado 29 de mayo de 2004
1. "Veni, creator Spiritus!".
En la solemnidad de Pentecostés, desde todas las partes de la Iglesia se
eleva este canto unánime: "Veni, creator Spiritus!". El
Cuerpo místico de Cristo, esparcido por toda la tierra, invoca al Espíritu que
le da vida, al Soplo vital que anima su ser y su obrar.
Las antífonas de los salmos nos acaban de recordar cuál fue la experiencia de
los discípulos en el Cenáculo: "Al llegar el día de Pentecostés, cincuenta
días después de Pascua, los discípulos estaban todos reunidos en el mismo lugar"
(Ant. 1); "los apóstoles vieron aparecer unas lenguas de fuego, como llamaradas,
que se repartían, y se posó encima de cada uno el Espíritu Santo" (Ant. 2).
Revivimos esa misma experiencia espiritual también nosotros, reunidos en esta
plaza, convertida en un gran cenáculo. Y como nosotros, innumerables
comunidades diocesanas y parroquiales, asociaciones, movimientos y grupos, en
todas partes del mundo elevan al cielo la invocación común: "¡Ven, Espíritu
Santo!".
2. Saludo a los señores cardenales y a los demás prelados y sacerdotes
presentes. Os saludo a todos vosotros, amadísimos hermanos y hermanas, que
habéis querido participar en esta sugestiva celebración.
Envío ahora mi saludo a los numerosos jóvenes que desde Lednica, en Polonia, se
han unido a nosotros a través de la radio y la televisión.
Desde la plaza de San Pedro dirijo mi cordial saludo a los jóvenes que se hallan
reunidos en la vigilia de oración en Lednica. Invoco con vosotros, queridos
amigos míos, el don del Espíritu Santo. El Consolador, el Espíritu de verdad, os
colme del amor de Cristo, a quien confiáis vuestro futuro. Os bendigo de
corazón.
3. Saludo de modo especial a los miembros de la Renovación en el Espíritu,
una de las diversas expresiones de la gran familia del movimiento carismático
católico. Gracias al movimiento carismático numerosos cristianos, hombres y
mujeres, jóvenes y adultos, han redescubierto Pentecostés como realidad viva y
presente en su vida diaria. Deseo que la espiritualidad de Pentecostés se
difunda en la Iglesia, como renovado impulso de oración, de santidad, de
comunión y de anuncio.
A este propósito, apoyo la iniciativa denominada "Zarza ardiente", promovida por
la Renovación en el Espíritu. Se trata de una adoración incesante, día y noche,
ante el santísimo Sacramento; una invitación a los fieles a "volver al
Cenáculo", para que, unidos en la contemplación del misterio eucarístico,
intercedan por la unidad plena de los cristianos y por la conversión de los
pecadores. Deseo de corazón que esta iniciativa lleve a muchos a redescubrir los
dones del Espíritu, que tienen su fuente en Pentecostés.
4. Amadísimos hermanos y hermanas, la celebración de esta tarde me recuerda el
memorable encuentro con los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades
en la víspera de Pentecostés de hace seis años. Fue una
extraordinaria epifanía de la unidad de la Iglesia, en la riqueza y variedad de
los carismas, que el Espíritu Santo concede en abundancia. Repito ahora con
fuerza lo que afirmé en aquella ocasión: los movimientos eclesiales y las
nuevas comunidades son una "respuesta providencial", "suscitada por el Espíritu
Santo", a la exigencia actual de nueva evangelización, para la cual se necesitan
"personalidades cristianas maduras" y "comunidades cristianas vivas" (n. 7: cf.
L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 5 de junio de 1998, p.
14).
Por eso os digo también a vosotros: "¡Abríos con docilidad a los dones del
Espíritu! ¡Acoged con gratitud y obediencia los carismas que el Espíritu concede
sin cesar! No olvidéis que cada carisma es otorgado para el bien común, es
decir, en beneficio de toda la Iglesia" (ib., n. 5).
5. "Veni, Sancte Spiritus!".
En medio de nosotros, con las manos elevadas, está la Virgen orante, Madre de
Cristo y de la Iglesia.
Juntamente con ella, imploramos y acogemos el don del Espíritu Santo, luz de
verdad y fuerza de auténtica paz. Lo hacemos con las palabras de la
antífona del Magníficat, que cantaremos dentro de poco:
"¡Ven, Espíritu Santo! Llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el
fuego de tu amor, tú que congregas a los pueblos de todas las lenguas en la
confesión de una sola fe. Aleluya".
Sancte Spiritus, veni!
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