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HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO
II DURANTE LA MISA DE INICIO DEL CURSO ACAD ÉMICO
EN LAS UNIVERSIDADES ECLESIÁSTICAS
Viernes 24 de octubre
de 2003
1. "El Padre de nuestro Señor Jesucristo ilumine los ojos de nuestro corazón,
para que comprendamos los signos de los tiempos nuevos" (Aleluya; cf.
Ef 1, 17; Lc 21, 29-31). La liturgia de hoy nos invita a pedir a Dios
que ilumine nuestro corazón con la luz de su gracia. ¡La luz y la sabiduría
del corazón! Este es el camino real por el cual podemos llegar al
descubrimiento de la verdad. Se trata de un bien precioso que debemos pedir para
todos los hijos de la Iglesia, para que sepan afrontar con valentía los desafíos
de nuestro tiempo.
La invocación de la luz para nuestro corazón adquiere un significado totalmente
singular en nuestra asamblea litúrgica, pues esta tarde se halla reunida en
torno al altar la comunidad de las universidades eclesiásticas romanas,
al inicio del año académico. Se abre ante vosotros, amadísimos hermanos y
hermanas, un nuevo año de estudio e investigación, que dedicaréis con esmero a
profundizar en la teología y en las demás disciplinas, para prepararos a asumir
en el futuro tareas y responsabilidades pastorales al servicio del pueblo
cristiano. Acompañad el esfuerzo del estudio con la oración, la meditación y la
búsqueda constante de la voluntad del Señor. Así, podréis comprender más
fácilmente "los signos de los tiempos nuevos". El gran doctor san Agustín
expresaba esta misma exigencia con una fórmula de singular eficacia: "Orent
ut intelligant", "oren para comprender" (De doctrina christiana, III,
56: PL 34, 89).
2. Con estos sentimientos, me alegra daros mi cordial bienvenida a todos
vosotros, amadísimos hermanos y hermanas que participáis en esta solemne
celebración. Saludo ante todo al señor cardenal Zenon Grocholewski, prefecto de
la Congregación para la educación católica. Saludo, asimismo, a los grandes
cancilleres, a los rectores de las universidades, a los miembros del cuerpo
académico y a los rectores de los seminarios y colegios.
Os saludo con afecto a cada uno de vosotros, amadísimos jóvenes que estáis
realizando vuestros estudios en Roma, con una palabra especial de aliento para
los que inician este año su itinerario universitario. Tomad conciencia del gran
don que habéis recibido: poder realizar vuestra formación cultural, humana y
espiritual en la ciudad y en la diócesis de Roma, que tiene el privilegio de
conservar las tumbas de los apóstoles san Pedro y san Pablo, "columnas" de la
Iglesia. Esto os da la oportunidad de profundizar y percibir más de cerca la
dimensión universal de la misión de la Iglesia y sintonizar más perfectamente
con su magisterio.
3. "El bien que quiero hacer no lo hago; el mal que no quiero hacer, eso es lo
que hago" (Rm 7, 19). En la primera lectura, tomada de la carta a los
Romanos (cf. Rm 7, 18-25), san Pablo, en un cuadro con tono fuerte y
dramático, pone de relieve la incapacidad del ser humano de hacer el bien y
evitar el mal. Pero existe una salida: la victoria sobre el mal nos
viene de la bondad de Dios misericordioso, que se manifestó plenamente en
Cristo. Y, con un ímpetu de alegría, el Apóstol exclama: "Gracias a Dios, por
Jesucristo nuestro Señor" (Rm 7, 25).
Como san Pablo, la Iglesia no deja de anunciar esta gran "buena nueva", que es
para todos: Cristo, muerto y resucitado, ha vencido el mal y nos ha librado del
pecado. Él es nuestra salvación.
Este anuncio salvífico resuena incesantemente también en nuestro tiempo y
constituye el centro de la misión de la comunidad eclesial. Hoy, como en el
pasado, el hombre busca respuestas satisfactorias a los interrogantes sobre el
sentido de su vida y de su muerte. Durante el período de formación teológica,
queridos jóvenes, os preparáis para ser capaces de dar las respuestas de la fe
de modo adecuado al lenguaje y a la mentalidad de nuestro tiempo. Por tanto,
procurad que todo se oriente a una misión tan elevada: anunciar a Cristo y la
fuerza liberadora de su Evangelio.
4. "Si sabéis interpretar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo no sabéis
interpretar el tiempo presente?" (Lc 12, 56). También con estas palabras
Jesús nos exhorta a confrontarnos con las realidades de nuestra época. Si, por
una parte, vuestro corazón no se debe separar jamás de la contemplación del
misterio de Dios, por otra, es preciso que mantengáis la mirada fija en los
acontecimientos del mundo y de la historia. A este respecto, el concilio
Vaticano II afirmó que es deber permanente de la Iglesia "escrutar a fondo los
signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que, de
manera acomodada a cada generación, pueda responder a los perennes interrogantes
de los hombres sobre el sentido de la vida presente y futura y sobre la
relación mutua entre ambas" (Gaudium et spes, 4).
Que este sea el espíritu con el que os dediquéis al estudio durante estos años
de vuestra formación teológica y pastoral.
La Virgen María, Sede de la sabiduría, vele sobre vuestro trabajo diario en las
Universidades pontificias romanas. Ella, la primera evangelizadora, os acompañe
y obtenga que os preparéis para ser auténticos apóstoles del Evangelio de
Cristo. Amén.
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