Martes 21 de octubre de 2003
Venerados y queridos hermanos:
1. El encuentro de hoy constituye otro momento más de gracia en estos días
particularmente ricos en acontecimientos eclesiales. En este Consistorio tengo
la alegría de imponer la birreta cardenalicia a treinta beneméritos
eclesiásticos, reservando "in pectore" el nombre de otro. Algunos de
estos son mis íntimos colaboradores en la Curia romana; otros desempeñan su
ministerio en venerables Iglesias de antigua tradición o de reciente fundación;
algunos también se han distinguido en el estudio y en la defensa de la doctrina
católica y en el diálogo ecuménico.
A todos y a cada uno dirijo mi cordial saludo. De modo especial, saludo a
monseñor
Jean-Louis Tauran y le agradezco las ponderadas palabras que me ha
dirigido en nombre de cuantos hoy son agregados al Colegio cardenalicio. Saludo
también con afecto a los señores cardenales, a los venerados patriarcas, a los
obispos, a los sacerdotes, a los religiosos, a las religiosas y a los fieles de
todas las partes del mundo, que han venido para acompañar a cuantos son elevados
hoy a la dignidad cardenalicia.
En esta plaza, como se ha destacado oportunamente, resplandece hoy la Iglesia de
Cristo, antigua y siempre nueva, reunida en torno al Sucesor de Pedro.
2. El Colegio cardenalicio, enriquecido con nuevos miembros, al mismo tiempo que
refleja aún más la multiplicidad de razas y culturas que caracterizan al pueblo
cristiano, resalta más evidentemente la unidad de cada porción de la grey de
Cristo con la cátedra del Obispo de Roma.
Vosotros, venerados hermanos cardenales, por el "título" que se os atribuye,
pertenecéis al clero de esta ciudad, cuyo Obispo es el Sucesor de Pedro. De este
modo, por una parte, dilatáis, en cierto sentido, la comunidad eclesial que está
en Roma hasta los últimos confines de la tierra, y, por otra, hacéis presente en
ella a la Iglesia universal. Así, se expresa la naturaleza misma del Cuerpo
místico de Cristo, familia de Dios que abraza a pueblos y naciones de todas
partes, estrechándolos en el vínculo de la única fe y caridad. Y es Pedro el
fundamento visible de esta comunión. En el desempeño de su ministerio, el
Sucesor del Pescador de Galilea cuenta con vuestra colaboración fiel; os pide
que lo acompañéis con la oración, a la vez que invoca al Espíritu Santo para que
no se debilite jamás la comunión entre todos aquellos a quienes el Señor "ha
elegido como vicarios de su Hijo y ha constituido pastores" (cf. Misal
romano, Prefacio I de los Apóstoles).
3. El rojo púrpura de las vestiduras cardenalicias evoca el color de la sangre y
recuerda el heroísmo de los mártires. Es el símbolo de un amor a Jesús y a su
Iglesia que no conoce límites: amor hasta el sacrificio de la vida, "usque
ad sanguinis effusionem".
Por tanto, el don que recibís es grande, e igualmente grande es la
responsabilidad que comporta. El apóstol san Pedro, en su primera carta,
recuerda cuáles son los deberes fundamentales de todo pastor: "Sed pastores del
rebaño de Dios que tenéis a vuestro cargo..., convirtiéndoos en modelos del
rebaño" (1 P 5, 1-2). Es preciso predicar con la palabra y con el ejemplo,
como pone de relieve también la exhortación apostólica postsinodal
Pastores
gregis, que firmé el pasado jueves en presencia de muchos de vosotros. Si
esto vale para todo pastor, vale aún más para vosotros, queridos y venerados
miembros del Colegio cardenalicio.
4. En la página evangélica que acabamos de proclamar, Jesús indica, con su
ejemplo, cómo cumplir esta misión: "El que quiera ser grande -confía a sus
discípulos-, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de
todos" (Mc 10, 44). Sin embargo, sólo después de su muerte los Apóstoles
comprendieron el pleno significado de estas palabras y, con la ayuda del
Espíritu, aceptaron hasta las últimas consecuencias esta "lógica" exigente.
El Redentor sigue presentando este mismo programa a quienes asocia, con el
sacramento del orden, de manera más íntima, a su misma misión. Les pide que se
conviertan a su "lógica", que está en claro contraste con la del mundo: morir a
sí mismos para convertirse en servidores humildes y desinteresados de los
hermanos, evitando toda tentación de carrera y de interés personal.
5. Queridos y venerados hermanos, sólo si os convertís en servidores de todos
podréis cumplir vuestra misión y ayudaréis al Sucesor de Pedro a ser, a su vez,
el "siervo de los siervos de Dios", como solía definirse mi santo predecesor
Gregorio Magno.
Ciertamente, se trata de un ideal difícil de realizar, pero el buen Pastor nos
asegura su apoyo. Además, podemos contar con la protección de María, Madre de la
Iglesia, y de los apóstoles san Pedro y san Pablo, columnas y fundamento del
pueblo cristiano.
En cuanto a mí, os renuevo la expresión de mi estima y os acompaño con un
constante recuerdo en la oración. Dios os conceda gastar totalmente vuestra vida
por las almas, en los diversos ministerios que él os encomienda.
A todos imparto con afecto mi bendición.