1. "Misericordias Domini in aeternum cantabo, cantaré eternamente las
misericordias del Señor..." (cf. Sal 88, 2). Hace veinticinco años
experimenté de modo particular la misericordia divina. En el Cónclave, a través
del Colegio cardenalicio, Cristo me dijo también a mí, como en otro tiempo a
Pedro a orillas del lago de Genesaret: "Apacienta mis corderos" (Jn 21,
16).
Sentía en mi alma el eco de la pregunta dirigida entonces a Pedro: "¿Me amas?
¿Me amas más que estos...?" (cf. Jn 21, 15-16). ¿Cómo podía, humanamente
hablando, no estremecerme? ¿Cómo podía no pesarme una responsabilidad tan
grande? Fue necesario recurrir a la misericordia divina para que a la pregunta:
"¿Aceptas?", pudiera responder con confianza: "En la obediencia de la fe, ante
Cristo mi Señor, encomendándome a la Madre de Cristo y de la Iglesia, consciente
de las grandes dificultades, acepto".
Hoy, queridos hermanos y hermanas, me agrada compartir con vosotros una
experiencia que ya se prolonga desde hace un cuarto de siglo. Cada día se repite
en mi corazón el mismo diálogo entre Jesús y Pedro. En espíritu, contemplo la
mirada benévola de Cristo resucitado. Él, consciente de mi fragilidad humana, me
anima a responder con confianza como Pedro: "Señor, tú lo sabes todo; tú sabes
que te quiero" (Jn 21, 17). Y después me invita a asumir las
responsabilidades que él mismo me ha confiado.
2. "El buen pastor da su vida por las ovejas" (Jn 10, 11). Mientras Jesús
pronunciaba estas palabras, los Apóstoles no sabían que hablaba de sí mismo. No
lo sabía ni siquiera Juan, el apóstol predilecto. Lo comprendió en el Calvario,
al pie de la cruz, viéndolo ofrecer silenciosamente la vida por "sus ovejas".
Cuando llegó para él y para los demás Apóstoles el momento de cumplir esta misma
misión, se acordaron de sus palabras. Se dieron cuenta de que, sólo porque había
asegurado que él mismo actuaría por medio de ellos, serían capaces de cumplir la
misión.
Fue muy consciente de ello en particular Pedro, "testigo de los sufrimientos de
Cristo" (1 P 5, 1), que exhortaba a los ancianos de la Iglesia:
"Apacentad la grey de Dios que os está encomendada" (1 P 5, 2).
A lo largo de los siglos los sucesores de los Apóstoles, guiados por el Espíritu
Santo, han seguido congregando a la grey de Cristo y guiándola hacia el reino de
los cielos, conscientes de poder asumir una responsabilidad tan grande sólo "por
Cristo, con Cristo y en Cristo".
Tuve esta misma conciencia cuando el Señor me llamó a desempeñar la misión de
Pedro en esta amada ciudad de Roma y al servicio del mundo entero. Desde el
comienzo de mi pontificado, mis pensamientos, mis oraciones y mis acciones han
estado animados por un único deseo: testimoniar que Cristo, el buen Pastor,
está presente y actúa en su Iglesia. Él va continuamente en busca de la oveja
perdida, la lleva al redil y venda sus heridas; cuida de la oveja débil y
enferma y protege a la fuerte. Por eso, desde el primer día, no he dejado jamás
de exhortar: "¡No tengáis miedo de acoger a Cristo y aceptar su poder!". Repito
hoy con fuerza: "¡Abrid, más aún, abrid de par en par las puertas a Cristo!".
Dejaos guiar por él. Fiaos de su amor.
3. Al iniciar mi pontificado, pedí: "¡Ayudad al Papa y a cuantos quieren servir
a Cristo y, con el poder de Cristo, servir al hombre y a la humanidad entera!".
A la vez que con vosotros doy gracias a Dios por estos veinticinco años,
marcados plenamente por su misericordia, siento la necesidad particular de
expresaros mi gratitud también a vosotros, hermanos y hermanas de Roma y del
mundo entero, que habéis respondido y seguís respondiendo de varios modos a mi
petición de ayuda. Sólo Dios sabe cuántos sacrificios, oraciones y sufrimientos
se han ofrecido para sostenerme en mi servicio a la Iglesia. Cuánta benevolencia
y solicitud, cuántos signos de comunión me han rodeado cada día. ¡Que el buen
Dios recompense a todos con generosidad! Os ruego, amadísimos hermanos y
hermanas, que no interrumpáis esta gran obra de amor al Sucesor de Pedro. Os lo
pido una vez más: ayudad al Papa, y a cuantos quieren servir a Cristo, a servir
al hombre y a la humanidad entera.
4. A ti, Señor Jesucristo,
único Pastor de la Iglesia,
te ofrezco los frutos
de estos veinticinco años de ministerio
al servicio del pueblo
que me has encomendado.
Perdona el mal realizado
y multiplica el bien:
todo es obra tuya
y sólo a ti se debe la gloria.
Con plena confianza en tu misericordia
vuelvo a presentarte, también hoy,
a quienes hace años
has encomendado
a mi solicitud pastoral.
Consérvalos en el amor,
reúnelos en tu redil,
toma sobre tus hombros a los débiles,
venda a los heridos, cuida a los fuertes.
Sé tú su Pastor,
para que no se dispersen.
Protege a la amada Iglesia
que está en Roma
y a las Iglesias del mundo entero.
Penetra con la luz
y la fuerza de tu Espíritu
a cuantos has puesto
a la cabeza de tu grey:
que cumplan con entusiasmo su misión
de guías, maestros y santificadores,
en espera de tu retorno glorioso.
Te renuevo, en las manos de María,
Madre amada,
el don de mí mismo,
del presente y del futuro:
que todo se cumpla según tu voluntad.
Pastor supremo,
permanece en medio de nosotros,
para que contigo avancemos seguros
hacia la casa del Padre.
Amén.
Saludos al final de la misa
Antes de concluir la celebración, deseo dirigir a todos los presentes mi cordial
saludo, dando las gracias de modo particular a los numerosos peregrinos provenientes de Italia, de Polonia y de otros países.
Saludo a los cardenales, con un pensamiento especial para el cardenal
Joseph Ratzinger, decano del sacro Colegio, a quien agradezco las afectuosas palabras
que me ha dirigido. Extiendo también mi saludo fraterno a los numerosos obispos
presentes.
Saludo a la comunidad diocesana de Roma, reunida aquí con el cardenal vicario,
los obispos auxiliares y los párrocos.
Saludo con deferencia a los jefes de Estado, especialmente al presidente de
Italia, Carlo Azeglio Ciampi, a quien agradezco las amables expresiones de
felicitación que me ha dirigido ayer durante un especial mensaje televisivo.
Saludo, además, al presidente de Polonia y a todas las autoridades presentes,
así como a los representantes de diversas instituciones italianas e
internacionales.
Doy las gracias a todos los que, desde tantas partes de la tierra, sostienen mi
ministerio apostólico diario con la oración y con el ofrecimiento de sus
sufrimientos. Os agradezco vuestra presencia cariñosa y orante.
Gracias por el afecto que habéis mostrado por el Sucesor de Pedro.
Gracias por vuestra oración, con la que me sostenéis siempre.
Gracias por vuestra adhesión a las enseñanzas de la Sede apostólica.
Gracias por vuestro apoyo a las obras de caridad del Papa.
Gracias a todos. ¡Que el Señor os bendiga!