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MISA CONCELEBRADA POR LOS CARDENALES Y
OBISPOS FALLECIDOS DURANTE EL AÑO
HOMILÍA DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II
Martes 5 de noviembre de 2002
1. "Bueno es el Señor para el que en él espera, para el alma que le
busca" (Lm 3, 25).
La solemnidad de Todos los Santos y la conmemoración de Todos los Fieles
difuntos suscitan cada año en la comunidad eclesial un intenso y
generalizado clima de oración. Un clima triste y a la vez sereno, en el que
la consoladora certeza de la comunión de los santos alivia el dolor, jamás
mitigado del todo, por las personas fallecidas.
Envueltos en esta particular atmósfera espiritual, nos hallamos en torno al
altar del Señor, unidos en oración por los cardenales y los obispos que
durante los últimos doce meses concluyeron su jornada terrena. Y al ofrecer
por ellos nuestros sufragios, por medio de Cristo, les estamos agradecidos
por los ejemplos que nos han dejado para sostenernos en nuestro camino.
2. En este momento los prelados difuntos están muy presentes en nuestro
corazón. Con algunos de ellos teníamos vínculos de profundad amistad y, al
decir esto, estoy convencido de que interpreto también los sentimientos de
muchos de vosotros. Me complace mencionar, de modo particular, a los
venerados cardenales que nos han dejado: Paolo Bertoli, Franjo
Kuharic, Louis-Marie Billé, Alexandru Todea, Johannes Joachim Degenhardt, Lucas
Moreira Neves, François-Xavier Nguyên Van Thuân y John Baptist Wu
Cheng-Chung. A su recuerdo se une el de los arzobispos y obispos
que, en las diferentes partes del mundo, han llegado al final de su camino
terreno.
Estos hermanos nuestros han llegado a la meta. Hubo un día en el que cada uno
de ellos, aún lleno de energías, pronunció su "heme aquí" en el
momento de ser ordenado sacerdote. Primero en su corazón, después en voz alta,
dijeron: "Heme aquí". Todos estuvieron unidos a Cristo,
asociados a su sacerdocio, de modo especial.
En la hora de la muerte, pronunciaron su último "heme aquí", unido
al de Jesús, que murió encomendando su espíritu en manos del Padre (cf. Lc
23, 46). Durante toda su vida, especialmente después de haberla consagrado a
Dios, "buscaron las cosas de arriba" (cf. Col 3, 1). Y,
con su palabra y su ejemplo, exhortaron a los fieles a hacer lo mismo.
3. Fueron pastores, pastores de la grey de Cristo. ¡Cuántas veces
rezaron, con el pueblo santo de Dios, el salmo "De profundis"!
En las exequias, en los cementerios y en los hogares donde había entrado la
muerte: "De profundis clamavi ad te, Domine... quia apud te
propitiatio est... Speravit anima mea in Domino... quia apud Dominum
misericordia et copiosa apud eum redemptio" (Sal 129, 1. 4. 5. 7).
Cada uno de ellos dedicó su vida a anunciar este perdón de Cristo, la
misericordia de Cristo, la redención de Cristo, hasta que llegó su hora, su última
hora. Ahora nosotros estamos aquí para rogar por ellos, para ofrecer el
sacrificio divino en sufragio de sus almas elegidas: "Domine,
exaudi vocem meam" (Sal 129, 2).
4. Fueron pastores. Con el servicio de la predicación, infundieron en el
corazón de los fieles la conmovedora y consoladora verdad del amor de Dios:
"Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que
crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna" (Jn 3, 16). En
nombre del Dios de amor, sus manos bendijeron, sus palabras confortaron y su
presencia -incluso silenciosa- testimonió con elocuencia que la misericordia de
Dios es infinita, que su compasión es inagotable (cf. Lm 3, 22).
Algunos de ellos tuvieron la gracia de dar este testimonio de modo heroico,
afrontando duras pruebas y persecuciones inhumanas. En esta eucaristía
bendecimos a Dios por ellos, pidiendo honrar dignamente su memoria y el vínculo
imperecedero de su amistad fraterna, a la espera de poder abrazarlos de nuevo en
la casa del Padre.
5. "Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros
apareceréis gloriosos con él" (Col 3, 4).
Estas palabras de san Pablo, que han resonado en la segunda lectura, nos invitan
a pensar en la vida eterna, hacia la cual nuestros venerados hermanos han dado
ya su último paso. A la luz del misterio pascual de Cristo, su muerte
es, en realidad, la entrada en la plenitud de la vida. En efecto, el cristiano
-como dice el Apóstol- ha "muerto" ya por el bautismo, y su
existencia está misteriosamente "oculta con Cristo en Dios" (Col
3, 3).
Así pues, a la luz de la fe, nos sentimos aún más cerca de nuestros hermanos
difuntos: la muerte nos ha separado aparentemente, pero el poder de Cristo
y de su Espíritu nos une de un modo más profundo aún. Alimentados con el Pan
de vida, también nosotros, junto con cuantos nos han precedido, esperamos con
firme esperanza nuestra manifestación plena.
Sobre ellos, al igual que sobre nosotros, vele maternalmente la Virgen María, y
nos obtenga a todos llegar a ocupar en la casa del Padre el "lugar"
que Cristo, vida nuestra, nos ha preparado (cf. Jn 14, 2-3). "Salve
Regina".
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