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HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II CON
OCASIÓN DEL INICIO DEL AÑO ACADÉMICO DE LAS UNIVERSIDADES PONTIFICIAS
Viernes
25 de octubre de 2002
1. "Esta es la generación que busca tu rostro Señor" (cf. Sal
23, 6).
Las palabras que hemos cantado como estribillo del Salmo responsorial cobran un
significado particular hoy, en esta basílica. En efecto, en ella se han reunido
rectores, profesores y alumnos de las Universidades eclesiásticas romanas, con
ocasión de la tradicional celebración de inicio del nuevo año académico.
A todos dirijo mi cordial saludo. Expreso en particular mi agradecimiento al
cardenal Zenon Grocholewski, que preside la celebración eucarística, y a sus
colaboradores por el trabajo que realizan diariamente en la Congregación para
la educación católica.
2. Al veros, amadísimos hermanos y hermanas, pienso con gratitud: Señor,
"esta es la generación que busca tu rostro". En efecto, ¿qué es el
estudio de la teología sino un modo peculiar de buscar el rostro de Dios?
Asimismo, el estudio de las demás ciencias que se enseñan en vuestros
ateneos ¿qué es sino una reflexión sobre la realidad del hombre, de la
Iglesia y de la historia, en los que Dios se revela a sí mismo y su
inescrutable misterio de salvación?
"Del Señor es la tierra y cuanto la llena, el orbe y todos sus
habitantes" (Sal 23, 1): desde cualquier perspectiva que
se enfoque la realidad, el creyente sabe que está, por decirlo así, "en
una tierra sagrada" (cf. Ex 3, 5), porque no hay nada de positivo,
dentro o fuera del hombre, que no refleje de algún modo la sabiduría divina.
"¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la
tierra!" (Sal 8, 2. 10).
3. La perícopa evangélica que acaba de proclamarse nos habla de dos
niveles de "sabiduría": el primero consiste en la capacidad
de "explorar el aspecto de la tierra y del cielo" (Lc 12, 56),
es decir, de captar nexos de causa-efecto en los fenómenos naturales. En otro
nivel, más profundo, se sitúa en cambio la capacidad de juzgar el
"tiempo" en el que se desarrolla la historia de la salvación, el
tiempo en el que Dios obra y espera la colaboración del hombre.
En la "plenitud de los tiempos", recuerda san Pablo (Ga 4, 4), Dios
envió a su Hijo unigénito. Sin embargo, el evangelista san Juan explica
que "vino a su casa, y los suyos no lo recibieron" (Jn 1, 11).
La presencia del Verbo encarnado otorga al tiempo una singular cualidad: lo
hace "decisivo", en el sentido de que en él se decide el destino
eterno de cada hombre y de toda la humanidad. Al máximo don de Dios corresponde
la máxima responsabilidad del hombre.
4. La severa observación que Cristo dirige a la multitud se aplica muy
bien a nuestra época, en la que la humanidad ha desarrollado una elevadísima
capacidad de analizar y leer los fenómenos, por decirlo así, "con
superficialidad", pero tiende a evitar los interrogantes más profundos
sobre el sentido último de la realidad, sobre el sentido de la vida y de la
muerte, sobre el bien y el mal en la historia.
La fuerte acusación: "Hipócritas" (Lc 12, 56), dirigida
por Jesús, implica claramente que aquí no se trata sólo de no saber juzgar
lo que conviene (cf. Lc 12, 57), sino también de no querer acogerlo.
En otras palabras, la hipocresía consiste en una falsa sabiduría, que
se complace en muchos conocimientos, pero evita comprometerse en cuestiones
exigentes en el ámbito religioso y moral.
5. La primera lectura de hoy, tomada de la carta de san Pablo a los
Efesios, presenta una síntesis admirable entre fe y vida, entre teología
y sabiduría evangélica; es la perspectiva de la unidad. Se alimenta de
algunas virtudes que el Apóstol enumera: humildad, mansedumbre, paciencia
y tolerancia mutua por amor (cf. Ef 4, 2). La exhortación moral de san
Pablo se funda plenamente en la contemplación del misterio y en su traducción
al comportamiento concreto de los miembros de la comunidad.
Por tanto, el antídoto contra la hipocresía es una constante interacción entre
lo que se sabe y lo que se vive, entre el mensaje de verdad recibido como don
con la vocación cristiana y las actitudes personales y comunitarias concretas.
En otras palabras, entre el saber de la fe y la santidad de la vida.
6. Estas reflexiones, inspiradas por la palabra de Dios, interpelan en
particular a cuantos están comprometidos en las Universidades eclesiásticas.
Profesores y alumnos están llamados a prestar una atención constante para interpretar
los signos de los tiempos en relación con el Signo central de la
revelación divina, Cristo Señor. En particular, están llamados a ponerse
siempre al servicio de la unidad de la Iglesia. Esta unidad, abierta por
su misma naturaleza a la dimensión católica, encuentra aquí, en Roma, el
ambiente ideal para ser creída, estudiada y servida.
Queridos hermanos y hermanas, la unidad del Cuerpo eclesial se conserva y se
edifica por medio del vínculo de la paz, en la verdad y en la caridad (cf. Ef
4, 3). Por tanto, es necesario que vuestras Universidades sean, ante todo, lugares
de auténtica sabiduría cristiana, donde cada uno se esfuerce personalmente
por realizar una síntesis coherente entre la fe y la vida, entre los contenidos
estudiados y la conducta práctica.
En esto, vuestros maestros han de ser los santos, especialmente los
doctores de la Iglesia y los que han dedicado su vida al estudio y a la enseñanza.
Ellos son, en el sentido más alto, la "generación que busca el rostro de
Dios" (cf. Sal 23, 6) y, precisamente por haber sido
contempladores apasionados del rostro de Dios, también han sabido transmitir a
los demás los luminosos reflejos de verdad, de belleza y de bondad que brotan
de él.
María santísima, Sede de la Sabiduría, vele siempre sobre vuestras
comunidades académicas y sobre cada uno de vosotros. Que ella os obtenga del
Espíritu Santo abundancia de sabiduría, ciencia e inteligencia para que, como
dice san Pablo en la carta a los Efesios, "podáis comprender con todos los
santos cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer
el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que os vayáis llenando
hasta la total plenitud de Dios" (Ef 3, 18-19). Amén.
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