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SOLEMNIDAD DEL CORPUS
CHRISTI
HOMILÍA DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II
Jueves 30 de mayo de 2002
1. "Lauda,
Sion, Salvatorem, lauda ducem et pastorem in hymnis et canticis":
"Alaba, Sión, al Salvador, tu guía y tu pastor, con himnos y cánticos".
Acabamos de cantar con fe y devoción estas palabras de la tradicional Secuencia,
que forma parte de la liturgia del Corpus Christi.
Hoy es fiesta solemne, fiesta en la que revivimos la primera Cena sagrada.
Mediante un acto público y solemne, glorificamos y adoramos el Pan y el Vino
que se han convertido en verdadero Cuerpo y en verdadera Sangre del Redentor.
"Es un signo lo que aparece" -subraya la secuencia-, pero
"encierra en el misterio realidades sublimes".
2. "Pan vivo que da la vida: este es el tema de tu canto,
objeto de tu alabanza".
Celebramos hoy una fiesta solemne, que expresa el asombro del pueblo de Dios:
un asombro lleno de gratitud por el don de la Eucaristía. En el sacramento del
altar Jesús quiso perpetuar su presencia viva en medio de nosotros, en la forma
misma en que se entregó a los Apóstoles en el cenáculo. Nos deja lo que
hizo en la última Cena, y nosotros, fielmente, lo renovamos.
Según tradiciones locales consolidadas, la solemnidad del Corpus Christi
comprende dos momentos: la santa misa, en la que se realiza la ofrenda del
Sacrificio, y la procesión, que manifiesta públicamente la adoración del santísimo
Sacramento.
3. "Obedientes a su mandato, consagramos el pan y el vino, hostia de
salvación". Se renueva, ante todo, el memorial de la Pascua de
Cristo.
Pasan los días, los años, los siglos, pero no pasa este gesto santísimo en el
que Jesús condensó todo su evangelio de amor. No deja de ofrecerse a sí
mismo, Cordero inmolado y resucitado, por la salvación del mundo. Con este
memorial la Iglesia responde al mandato de la palabra de Dios, que hemos
escuchado también hoy en la primera lectura: "Recuerda... No te
olvides" (Dt 8, 2. 14).
La Eucaristía es nuestra Memoria viva. La Eucaristía, como recuerda el
Concilio, "contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo
mismo, nuestra Pascua y Pan de vida, que da la vida a los hombres por medio de
su carne vivificada por el Espíritu Santo. Así, los hombres son invitados y
conducidos a ofrecerse a sí mismos, sus trabajos y todas las cosas creadas
junto con Cristo" (Presbyterorum ordinis, 5).
De la Eucaristía, "fuente y cumbre de toda evangelización" (ib.),
también nuestra Iglesia de Roma debe tomar diariamente fuerza e impulso para su
acción misionera y para toda forma de testimonio cristiano en la ciudad de los
hombres.
4. "Buen pastor, verdadero pan, oh Jesús, ten piedad de nosotros:
aliméntanos y defiéndenos".
Tú, buen Pastor, recorrerás dentro de poco las calles de nuestra ciudad. En
esta fiesta, toda ciudad, tanto la metrópoli como la más pequeña aldea
del mundo, se transforman espiritualmente en la Sión, la Jerusalén que
alaba al Salvador: el nuevo pueblo de Dios, congregado de todas las
naciones y alimentado con el único Pan de vida.
Este pueblo necesita la Eucaristía. En efecto, es la Eucaristía la que lo
convierte en Iglesia misionera. Pero, ¿es posible esto sin sacerdotes
que renueven el misterio eucarístico?
Por eso, en este día solemne, os invito a rezar por el éxito de la Asamblea
eclesial diocesana, que se celebrará en la basílica de San Juan de Letrán
a partir del lunes próximo, y que prestará particular atención al tema de las
vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada.
Muchachos romanos, os repito las palabras que dirigí, durante la Jornada
mundial de la Juventud de 2000, a los jóvenes reunidos en Tor Vergata:
"Si alguno de vosotros (...) siente en su interior la llamada del Señor a
entregarse totalmente a él para amarlo "con corazón indiviso" (cf. 1
Co 7, 34), no se deje paralizar por la duda o el miedo. Pronuncie con valentía
su sí sin reservas, fiándose de Aquel que es fiel en todas sus
promesas" (Homilía, 20 de agosto de 2000, n. 6: L'Osservatore
Romano, edición en lengua española, 25 de agosto de 2000, p. 12).
5. "Ave, verum Corpus, natum de Maria Virgine".
"Te
adoramos, oh verdadero Cuerpo nacido de la Virgen María".
Te adoramos, santo Redentor nuestro, que te encarnaste en el seno purísimo de
la Virgen María. Dentro de poco la solemne procesión nos conducirá
al más insigne templo mariano de Occidente, la basílica de Santa María la
Mayor. Te damos gracias, Señor, por tu presencia eucarística en el
mundo.
Por nosotros aceptaste padecer, y en la cruz manifestaste hasta el extremo tu
amor a toda la humanidad. ¡Te adoramos, viático diario de todos nosotros,
peregrinos en la tierra!
"Tú que todo lo sabes y puedes, que nos alimentas en la tierra, conduce a
tus hermanos a la mesa del cielo, en la gloria de tus santos". Amén.
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