 |
VISITA PASTORAL A ISCHIA (ITALIA)
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Domingo
5 de mayo de 2002
1. "Queridos hermanos, glorificad en vuestros corazones a Cristo Señor
y estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la
pidiere" (1 P 3, 15).
Con estas palabras del apóstol san Pedro, deseo saludaros a todos vosotros,
amadísimos hermanos y hermanas de Ischia. ¡Gracias por vuestra cordial
acogida!
Saludo en primer lugar, a vuestro amado pastor, monseñor Filippo Strofaldi, al
que agradezco las palabras de bienvenida que ha querido dirigirme en vuestro
nombre. Extiendo mi saludo cordial al cardenal de Nápoles, a los obispos de
Campania y a los demás prelados presentes, a los sacerdotes, a los religiosos y las
religiosas, y a los diversos componentes de la familia diocesana.
Dirijo un saludo deferente a los representantes del Gobierno italiano, así como
a los representantes del ayuntamiento, de la provincia de Nápoles y de la región
de Campania. Saludo también a las demás autoridades políticas y militares que
con su presencia han querido honrar nuestro encuentro. Doy las gracias,
asimismo, a cuantos han prestado su generosa colaboración para preparar mi
visita.
Por último, os estrecho en un gran abrazo a todos vosotros, habitantes de la
isla, y en especial a los ancianos, a los enfermos, a los niños y a las
familias, sin olvidar a los que, por diferentes motivos, no han podido estar con
nosotros hoy.
2. Amadísimos hermanos y hermanas, permitidme que, en el marco de esta
solemne y festiva celebración eucarística, dirija a vuestra amada comunidad tres
palabras importantes, tomándolas de las lecturas bíblicas recién
proclamadas.
La primera es: "¡escucha!". La encontramos en el vivo
relato del libro de los Hechos de los Apóstoles, donde se narra que "el
gentío escuchaba con aprobación lo que decía Felipe, porque había oído
hablar de los signos que hacía y los estaba viendo" (Hch 8, 6). La
escucha del testigo de Jesús, que habla de él con amor y entusiasmo, produce,
como fruto inmediato, la alegría. San Lucas observa: "La ciudad se
llenó de alegría" (Hch 8, 8).
Comunidad cristiana de Ischia, si quieres experimentar también tú esta
alegría, ¡permanece a la escucha de la palabra de Dios! Así cumplirás
tu misión, caminando bajo la acción del Espíritu Santo. Difundirás el
evangelio de la alegría y de la paz, permaneciendo unida a tu obispo y a los
sacerdotes, sus primeros colaboradores.
Como sucedió con la comunidad de Samaría, de la que habla la primera lectura,
también descenderá sobre ti la efusión abundante del Consolador, el cual,
como recuerda el concilio Vaticano II, "mueve el corazón, lo dirige a
Dios, abre los ojos del espíritu y concede a todos gusto en aceptar y creer la
verdad" (Dei Verbum, 5).
3. Amadísimos hermanos y hermanas, hay una segunda palabra que
quisiera dirigiros, y es: "¡acoge!". Vuestra espléndida isla,
meta de gran número de visitantes y turistas, conoce bien el valor de la
acogida. Por tanto, Ischia puede convertirse también en un laboratorio
privilegiado de la típica acogida que los discípulos de Cristo están
llamados a ofrecer a todos, sea cual sea el país del que procedan y sea cual
sea la cultura a la que pertenezcan. Sólo quien ha abierto su corazón a Cristo
es capaz de ofrecer una acogida nunca formal y superficial, sino
caracterizada por la "mansedumbre" y el "respeto" (cf. 1
P 3, 15).
La fe acompañada por obras buenas es contagiosa y se irradia, porque hace
visible y comunica el amor de Dios. Tended a vivir este estilo de vida,
escuchando las palabras del apóstol san Pedro, que acabamos de proclamar en la
segunda lectura (cf. 1 P 3, 15). Exhorta a los creyentes a estar siempre
prontos "para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la
pidiere". Y añade: "Mejor es padecer haciendo el bien, si tal
es la voluntad de Dios, que padecer haciendo el mal" (1 P 3, 17).
4. ¡Cuánta sabiduría humana y cuánta riqueza espiritual en estos
consejos ascéticos y pastorales, sencillos pero fundamentales! Estos consejos
nos llevan a la tercera palabra que quisiera dirigiros: "¡ama!".
La escucha y la acogida abren el corazón al amor. El pasaje del evangelio de
san Juan que acabamos de leer nos ayuda a comprender mejor esta misteriosa
realidad. Nos muestra que el amor es la plena realización de la vocación de
la persona según el designio de Dios. Este amor es el gran don de Jesús,
que nos hace verdadera y plenamente hombres. "El que acepta mis
mandamientos y los guarda -dice el Señor-, ese me ama. Al que me ama, lo amará
mi Padre, y yo también lo amaré y me revelará a él" (Jn 14, 21).
Cuando nos sentimos amados, nos resulta más fácil amar. Cuando experimentamos
el amor de Dios, estamos más dispuestos a seguir a Aquel que amó a sus discípulos
"hasta el extremo" (Jn 13, 1), es decir, hasta la entrega total
de sí mismo.
La humanidad necesita hoy, tal vez más que nunca, este amor, porque sólo el
amor es creíble. La fe inquebrantable en este amor inspira en los discípulos
de Jesús de todas las épocas pensamientos de paz, abriendo horizontes de perdón
y concordia. Ciertamente, esto es imposible según la lógica del mundo, pero
todo resulta posible para quien se deja transformar por la gracia del Espíritu
de Cristo, derramada con el bautismo en nuestro corazón (cf. Rm 5, 5).
5. Iglesia que vives en Ischia, sé dócil y obediente a la palabra de Dios
y serás laboratorio de paz y de auténtico amor. Así llegarás a ser
una Iglesia cada vez más acogedora, donde todos se sientan como en su casa. Los
que vengan a visitarte saldrán fortalecidos en el cuerpo, pero aún más
robustecidos en el espíritu.
Bajo la guía iluminada y prudente de tu pastor, sé una comunidad que sepa escuchar,
una tierra dispuesta a acoger, y una familia que se esfuerce por amar
a todos en Cristo.
Te encomiendo a la Virgen María, Madre del Amor hermoso, para que te ayude a
hacer que resplandezca tu identidad de Iglesia de Cristo, de Iglesia del amor.
Que te sirvan de ejemplo y te ayuden tus santos patronos, en los que se ha
concretado de modo visible y creíble la caridad divina.
Amadísima Iglesia que vives en Ischia, el soplo del Espíritu de Cristo te
impulsa hacia los horizontes ilimitados de la santidad. No temas. Al contrario,
rema mar adentro con confianza. Avanza siempre con confianza.
¡Alabado sea Jesucristo!
|