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MISA DE MEDIANOCHE
HOMILÍA DEL SANTO PADRE
Navidad, 24 diciembre de 2001
1. "Populus, quí ambulabat in tenebris, vidit lucem
magnam - El pueblo que caminaba en las tinieblas vio una luz grande" (Is
9, 1).
Todos los años escuchamos estas palabras del profeta Isaías,
en el contexto sugestivo de la conmemoración litúrgica del nacimiento de
Cristo. Cada año adquieren un nuevo sabor y hacen revivir el clima de
expectación y de esperanza, de estupor y de gozo, que son típicos de la
Navidad.
Al pueblo oprimido y doliente, que caminaba en tinieblas, se
le apareció "una gran luz". Sí, una luz verdaderamente
"grande", porque la que irradia de la humildad del pesebre es la
luz de la nueva creación. Si la primera creación empezó con la luz (cf. Gn
1, 3), mucho más resplandeciente y "grande" es la luz que da comienzo
a la nueva creación: ¡es Dios mismo hecho hombre!
La Navidad es acontecimiento de luz, es la fiesta de la luz:
en el Niño de Belén, la luz originaria vuelve a resplandecer en el cielo de la
humanidad y despeja las nubes del pecado. El fulgor del triunfo definitivo de
Dios aparece en el horizonte de la historia para proponer a los hombres un nuevo
futuro de esperanza.
2. "Habitaban tierras de sombras, y una luz les
brilló" (Is 9, 1).
El anuncio gozoso que se acaba de proclamar en nuestra
asamblea vale también para nosotros, hombres y mujeres en el alba del
tercer milenio. La comunidad de los creyentes se reúne en oración para
escucharlo en todas las regiones del mundo. Tanto en el frío y la nieve del
invierno como en el calor tórrido de los trópicos, esta noche es Noche
Santa para todos.
Esperado por mucho tiempo, irrumpe por fin el resplandor del
nuevo Día.¡El Mesías ha nacido, el Enmanuel, Dios con nosotros! Ha nacido
Aquel que fue preanunciado por los profetas e invocado constantemente por
cuantos "habitaban en tierras de sombras". En el silencio y la
oscuridad de la noche, la luz se hace palabra y mensaje de esperanza.
Pero, ¿no contrasta quizás esta certeza de fe con la
realidad histórica en que vivimos? Si escuchamos las tristes noticias de
las crónicas, estas palabras de luz y esperanza parecen hablar de ensueños.
Pero aquí reside precisamente el reto de la fe, que convierte este anuncio en
consolador y, al mismo tiempo, exigente. La fe nos hace sentirnos rodeados por
el tierno amor de Dios, a la vez que nos compromete en el amor efectivo a
Dios y a los hermanos.
3. "Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la
salvación para todos los hombres" (Tt 2, 11).
En esta Navidad, nuestros corazones están preocupados e
inquietos por la persistencia en muchas regiones del mundo de la guerra, de
tensiones sociales y de la penuria en que se encuentran muchos seres humanos.
Todo buscamos una respuesta que nos tranquilice.
El texto de la Carta a Tito que acabamos de escuchar nos
recuerda cómo el nacimiento del Hijo unigénito del Padre "trae la
salvación" a todos los rincones del planeta y a cada momento de la
historia. Nace para todo hombre y mujer el Niño llamado "Maravilla de
Consejero, Dios guerrero, Padre perpetuo, Príncipe de la paz" (Is
9, 5). Él tiene la respuesta que puede disipar nuestros miedos y dar nuevo
vigor a nuestras esperanzas.
Sí, en esta noche evocadora de recuerdos santos, se hace más
firme nuestra confianza en el poder redentor de la Palabra hecha carne. Cuando
parecen prevalecer las tinieblas y el mal, Cristo nos repite: ¡no temáis! Con
su venida al mundo, Él ha derrotado el poder del mal, nos ha liberado de la
esclavitud de la muerte y nos ha readmitido al convite de la vida.
Nos toca a nosotros recurrir a la fuerza de su amor
victorioso, haciendo nuestra su lógica de servicio y humildad. Cada uno
de nosotros está llamado a vencer con Él "el misterio de la
iniquidad", haciéndose testigo de la solidaridad y constructor de la paz.
Vayamos, pues, a la gruta de Belén para encontrarlo, pero también para
encontrar, en Él, a todos los niños del mundo, a todo hermano lacerado en el
cuerpo u oprimido en el espíritu.
4. Los pastores "se volvieron dando gloria y alabanza
a Dios por lo que habían visto y oído; todo como les habían dicho" (Lc
2, 17).
Al igual que los pastores, también nosotros hemos de sentir
en esta noche extraordinaria el deseo de comunicar a los demás la alegría del
encuentro con este "Niño envuelto en pañales", en el cual se
revela el poder salvador del Omnipotente. No podemos limitarnos a contemplar
extasiados al Mesías que yace en el pesebre, olvidando el compromiso de ser
sus testigos.
Hemos de volver de prisa a nuestro camino. Debemos volver
gozosos de la gruta de Belén para contar por doquier el prodigio del que hemos
sido testigos. ¡Hemos encontrado la luz y la vida! En Él se nos ha dado el
amor.
5. "Un Niño nos ha nacido..."
Te acogemos con alegría, Omnipotente Dios del cielo y de la
tierra, que por amor te has hecho Niño "en Judea, en la ciudad de
David, que se llama Belén" (cf. Lc 2, 4).
Te acogemos agradecidos, nueva Luz que surges en la noche del
mundo.
Te acogemos como a nuestro hermano, "Príncipe de la
paz", que has hecho "de los dos pueblos una sola cosa"
(Ef 2, 14).
Cólmanos de tus dones, Tú que no has desdeñado comenzar la
vida humana como nosotros. Haz que seamos hijos de Dios, Tú que por nosotros
has querido hacerte hijo del hombre (cf. S. Agustín, Sermón 184).
Tú, "Maravilla de Consejero", promesa segura de
paz; Tú, presencia eficaz del "Dios poderoso"; Tú, nuestro único
Dios, que yaces pobre y humilde en la sombra del pesebre, acógenos al lado de
tu cuna.
¡Venid, pueblos de la tierra y abridle las puertas de vuestra
historia! Venid a adorar al Hijo de la Virgen María, que ha venido entre
nosotros en esta noche preparada por siglos.
Noche de alegría y de luz.
¡Venite, adoremus!
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