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"STATIO ORBIS". CLAUSURA DEL XLVII
CONGRESO EUCARÍSTICO INTERNACIONAL
HOMILÍA DE JUAN PABLO II
Domingo 25 de junio
1. "Tomad, esto es mi cuerpo (...); esta es mi
sangre" (Mc 14, 22-23).
Las palabras que pronunció Jesús durante la última Cena resuenan hoy en
nuestra asamblea, mientras nos disponemos a clausurar el Congreso eucarístico
internacional. Resuenan con singular intensidad, como una renovada consigna:
"¡Tomad!".
Cristo nos confía su Cuerpo entregado y su Sangre derramada. Nos los confía
como hizo con los Apóstoles en el Cenáculo, antes de su supremo sacrificio en
el Gólgota. Pedro y los demás comensales acogieron estas palabras con asombro
y profunda emoción. Pero ¿podían comprender entonces cuán lejos los llevarían?
Se cumplía en aquel momento la promesa que Jesús había
hecho en la sinagoga de Cafarnaúm: "Yo soy el pan de
vida, (...) el pan que yo daré, es mi carne, para la vida del mundo" (Jn 6,
48. 51). La promesa se cumplía en la víspera de la pasión, en la
que Cristo se entregaría a sí mismo por la salvación de la humanidad.
2. "Esta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por
muchos" (Mc 14, 24).
En el Cenáculo Jesús habla de alianza. Es un término que los Apóstoles
comprenden fácilmente, porque pertenecen al pueblo con el que Yahveh, como nos
narra la primera lectura, había sellado la antigua alianza, durante el éxodo
de Egipto (cf. Ex 19-24). Tienen muy presentes en su memoria el monte
Sinaí y Moisés, que había bajado de ese monte llevando la Ley divina grabada
en dos tablas de piedra.
No han olvidado que Moisés, después de haber tomado el "libro de la
alianza", lo había leído en voz alta y el pueblo había aceptado,
respondiendo: "Obedeceremos y haremos todo cuanto ha dicho el Señor"
(Ex 24, 7). Así, se había establecido un pacto entre Dios y su pueblo,
sellado con la sangre de animales inmolados en sacrificio. Por eso Moisés había
rociado al pueblo diciendo: "Esta es la sangre de la alianza que el
Señor ha hecho con vosotros, según todas estas palabras" (Ex 24,
8).
Así pues, los Apóstoles comprendieron bien la referencia a la antigua alianza.
Pero ¿qué comprendieron de la nueva? Seguramente muy poco. Deberá
bajar el Espíritu Santo a abrirles la mente. Sólo entonces comprenderán el
sentido pleno de las palabras de Jesús. Comprenderán y se alegrarán.
Se percibe claramente un eco de esa alegría en las palabras de la carta a los
Hebreos que acabamos de proclamar: "Si la sangre de machos cabríos y
de toros y la ceniza de vaca santifica con su aspersión a los contaminados, en
orden a la purificación de la carne, ¡cuánto más la sangre de Cristo!"
(Hb 9, 13-14). Y el autor de la carta concluye: "Por eso
Cristo es mediador de una nueva alianza; para que (...) los que han sido
llamados reciban la herencia eterna prometida" (Hb 9, 15).
3. "Este es el cáliz de mi sangre". La tarde del Jueves santo,
los Apóstoles llegaron hasta el umbral del gran misterio. Cuando,
terminada la cena, salieron con él hacia el huerto de los Olivos, no podían
saber aún que las palabras que había pronunciado sobre el pan y el cáliz se
cumplirían dramáticamente al día siguiente, en la hora de la cruz. Quizá ni
siquiera en el día tremendo y glorioso que la Iglesia llama feria sexta in
parasceve -el Viernes santo-, se dieron cuenta de que lo que Jesús les había
transmitido bajo las especies del pan y del vino contenía la realidad
pascual.
En el evangelio de san Lucas hay un pasaje iluminador. Hablando de los dos discípulos
de Emaús, el evangelista describe su desilusión: "Nosotros esperábamos
que sería él el que iba a librar a Israel" (Lc 24, 21). Este debió
de ser también el sentimiento de los demás discípulos, antes de su encuentro
con Cristo resucitado. Sólo después de la resurrección comenzaron a
comprender que en la pascua de Cristo se había realizado la redención del
hombre. El Espíritu Santo los guiaría luego a la verdad completa, revelándoles
que el Crucificado había entregado su cuerpo y había derramado su sangre como
sacrificio de expiación por los pecados de los hombres, por los pecados de todo
el mundo (cf. 1 Jn 2, 2).
También el autor de la carta a los Hebreos nos ofrece una clara síntesis
del misterio: "Cristo (...) penetró en el santuario una vez para
siempre, no con sangre de machos cabríos ni de novillos, sino con su propia
sangre, consiguiendo una redención eterna" (Hb 9, 11-12).
4. Hoy reafirmamos esta verdad en la Statio orbis de este Congreso
eucarístico internacional, mientras, obedeciendo al mandato de Cristo, volvemos
a hacer "en conmemoración suya" cuanto él realizó en el Cenáculo
la víspera de su pasión.
"Tomad, esto es mi cuerpo. (...) Esta es mi sangre de la alianza, que es
derramada por muchos" (Mc 14, 22. 24). Desde esta plaza
queremos repetir a los hombres y a las mujeres del tercer milenio este
anuncio extraordinario: el Hijo de Dios se hizo hombre por nosotros y
se entregó en sacrificio por nuestra salvación. Nos da su cuerpo y su sangre
como alimento para una vida nueva, una vida divina, ya no sometida a la muerte.
Con emoción recibamos nuevamente este don de manos de Cristo, para que, por
medio de nosotros, llegue a todas las familias y a todas las ciudades, a los
lugares del dolor y a los centros de la esperanza de nuestro tiempo. La Eucaristía
es don infinito de amor: bajo los signos del pan y del vino reconocemos y
adoramos el sacrificio único y perfecto de Cristo, ofrecido por nuestra salvación
y por la de toda la humanidad. La Eucaristía es realmente "el misterio que
resume todas las maravillas que Dios realizó por nuestra salvación" (cf.
santo Tomás de Aquino, De sacr. Euch., cap. I).
En el Cenáculo nació y renace continuamente la fe eucarística
de la Iglesia. Al terminar el Congreso eucarístico, queremos volver
espiritualmente a los orígenes, a la hora del Cenáculo y del Gólgota,
para dar gracias por el don de la Eucaristía, don inestimable que Cristo nos ha
dejado, don del que vive la Iglesia.
5. Dentro de poco concluirá nuestra asamblea litúrgica, enriquecida con
la presencia de fieles procedentes de todo el mundo, y que es más sugestiva aún
gracias a este extraordinario adorno floral. A todos os saludo con afecto y os
doy las gracias de corazón.
Salgamos de este encuentro fortalecidos en nuestro compromiso apostólico y
misionero. Que la participación en la Eucaristía os lleve a ser pacientes en
la prueba a vosotros, enfermos; fieles en el amor a vosotros, esposos;
perseverantes en los santos propósitos a vosotros, consagrados; fuertes
y generosos a vosotros, queridos niños de primera comunión, y, sobre
todo, a vosotros, queridos jóvenes, que os disponéis a asumir
personalmente la responsabilidad del futuro. Desde esta Statio orbis mi
pensamiento va ahora a la solemne celebración eucarística con la que se
concluirá la Jornada mundial de la juventud. A vosotros, jóvenes de
Roma, de Italia y del mundo, os digo: preparaos esmeradamente para ese
encuentro internacional de la juventud, en el que se os llamará a confrontaros
con los desafíos del nuevo milenio.
6. Y tú, Cristo, nuestro Señor, que "con este sacramento alimentas y
santificas a tus fieles, para que una misma fe ilumine y un mismo amor congregue
a todos los hombres que habitan un mismo mundo" (Prefacio II de la Santísima
Eucaristía), haz que tu Iglesia, que celebra el misterio de tu
presencia salvadora, sea cada vez más firme y compacta.
Infunde tu Espíritu en cuantos se acercan a la sagrada mesa, y dales mayor
audacia para testimoniar el mandamiento de tu amor, a fin de que el mundo crea
en ti, que un día dijiste: "Yo soy el pan vivo, bajado del
cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre" (Jn 6,
51).
Tú, Señor Jesucristo, Hijo de la Virgen María, eres el único Salvador del
hombre, "ayer, hoy y siempre".
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