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HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
CELEBRACIÓN DE LAS PRIMERAS VÍSPERAS DE LA SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA,
MADRE DE DIOS, Y DEL TE DEUM PARA DAR GRACIAS A DIOS
31
de diciembre
1. "Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo,
nacido de mujer" (Ga 4, 4).
¿Qué es "la plenitud de los tiempos", de la que habla el Apóstol?
La experiencia nos permite palpar que el tiempo pasa inexorablemente.
Todas las criaturas están sujetas al paso del tiempo. Pero sólo el hombre se
da cuenta de su devenir en el tiempo. Advierte que su historia personal está
vinculada al fluir de los días.
La humanidad, consciente de su "devenir", escribe su propia historia:
la historia de las personas, de los Estados y de los continentes, la historia de
las culturas y de las religiones. Esta tarde nos preguntamos: ¿qué es lo
que ha caracterizado principalmente al milenio que ahora está llegando a su
fin? ¿Cómo se presentaba hace mil años la geografía de los países, la
situación de los pueblos y de las naciones? ¿Quién sabía entonces de la
existencia de otro gran continente al oeste del océano Atlántico? El
descubrimiento de América, con el que comenzó una nueva era de la historia de
la humanidad, constituye sin duda un elemento fundamental en la valoración del
milenio que concluye.
También este último siglo se ha caracterizado por profundas y a veces rápidas
transformaciones, que han influido en la cultura y en las relaciones entre los
pueblos. Basta pensar en las dos ideologías opresoras, responsables de
innumerables víctimas, que en él se han consumado. ¡Qué sufrimientos! ¡Qué
dramas! Pero también ¡qué conquistas tan extraordinarias! Estos años,
confiados por el Creador a la humanidad, llevan en sí los signos de los
esfuerzos del hombre, de sus derrotas y de sus victorias (cf. Gaudium et spes,
2).
En este cambio de época, quizá el mayor riesgo consiste en que "muchos de
nuestros contemporáneos no pueden discernir bien los valores perennes y, al
mismo tiempo, compaginarlos adecuadamente con los nuevos descubrimientos" (ib.,
4). Éste es un gran desafío para nosotros, hombres y mujeres que nos
disponemos a entrar en el año 2000.
2. "Al llegar la plenitud de los tiempos". La liturgia nos habla
de la "plenitud de los tiempos" y nos ilumina sobre el contenido de
esa "plenitud". Dios quiso introducir su Verbo eterno en la
historia de la gran familia humana, haciéndole asumir una humanidad como la
nuestra. Mediante el acontecimiento sublime de la Encarnación, el tiempo humano
y cósmico alcanzó su plenitud: "Al llegar la plenitud de los
tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, (...) para que recibiéramos la
filiación adoptiva" (Ga 4, 4-5). Éste es el gran misterio: la Palabra eterna de Dios, el Verbo del Padre, se ha hecho presente en los
acontecimientos que componen la historia terrena del hombre. Con la encarnación
del Hijo de Dios, la eternidad entró en el tiempo, y la historia del hombre se
abrió a un cumplimiento trascendente en lo absoluto de Dios.
De este modo, al hombre se le ofrece una perspectiva inimaginable: puede
aspirar a ser hijo en el Hijo, heredero con él del mismo destino de gloria. La
peregrinación de la vida terrena es, por tanto, un camino que se realiza en el
tiempo de Dios. La meta es Dios mismo, plenitud del tiempo en la eternidad.
3. A los ojos de la fe, el tiempo cobra así un significado religioso y más
aún durante el Año jubilar que acaba de empezar. Cristo es el Señor del
tiempo. Todo instante del tiempo humano está bajo el signo de la redención del
Señor, que entró, una vez para siempre, "en la plenitud de los
tiempos" (Tertio millennio adveniente, 10). Desde esta perspectiva,
damos gracias a Dios por lo que ha sucedido a lo largo de este año, de este
siglo y de este milenio. De modo especial, queremos dar gracias por los
constantes progresos en el mundo del espíritu. Damos gracias por los santos de
este milenio: los elevados al honor de los altares y los más numerosos aún
que no conocemos y han santificado el tiempo con su adhesión fiel a la voluntad
de Dios. Damos gracias también por todas las conquistas y los éxitos
conseguidos por la humanidad en el campo científico y técnico, artístico y
cultural.
Por cuanto concierne a la diócesis de Roma, queremos dar gracias por el
itinerario espiritual recorrido durante los años pasados y por el cumplimiento
de la Misión ciudadana con vistas al gran jubileo. Mi pensamiento va a
la tarde del 22 de mayo, vigilia de Pentecostés, cuando invocamos juntos al Espíritu
Santo, para que esta singular experiencia pastoral llegue a ser, en el nuevo
siglo, forma y modelo de la vida y de la pastoral de la Iglesia, en Roma y en
muchas otras ciudades y lugares del mundo, al servicio de la nueva evangelización.
Al mismo tiempo que elevamos nuestra acción de gracias a Dios, sentimos la
necesidad de implorar su misericordia para el milenio que termina. Pedimos perdón
porque a menudo, por desgracia, las conquistas de la técnica y de la ciencia,
tan importantes para el auténtico progreso humano, se han usado contra el
hombre: miserere nostri, Domine, miserere nostri!
4. Dos mil años han pasado desde que "la Palabra se hizo carne, y
puso su morada entre nosotros; hemos contemplado su gloria, gloria que recibe
del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad" (Jn 1, 14).
Por eso, elevamos en coro el canto de nuestra alabanza y acción de gracias:
Te Deum laudamus.
Te alabamos, Dios de la vida y de la esperanza.
Te alabamos, Cristo, Rey de la gloria, Hijo eterno del Padre.
Tú, nacido de la Virgen Madre, eres nuestro Redentor; te has convertido en
hermano nuestro para la salvación del hombre y vendrás en la gloria a juzgar
el mundo al final de los tiempos.
Tú, Cristo, fin de la historia humana, eres el centro de las expectativas de
todo ser humano.
A ti te pertenecen los años y los siglos. Tuyo es el tiempo, oh Cristo, que
eres el mismo ayer, hoy y siempre. Amén.
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