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JUAN PABLO II
HOMILÍA
domingo 28 de noviembre
1. "Vigilad..., velad" (Mc 13, 35. 37).
Esta insistente llamada a la vigilancia y esta invitación urgente a estar
preparados para acoger al Señor que viene, son característicos del tiempo litúrgico
de Adviento, que comenzamos hoy. El Adviento es tiempo de espera y preparación
interior para el encuentro con el Señor. Por tanto, dispongamos nuestro espíritu
para emprender con alegría y decisión esta peregrinación espiritual que nos
llevará a la celebración de la santa Navidad.
Este año, además, existe una ulterior razón que hace más fuerte y profunda
la llamada a emprender con empeño el itinerario del Adviento. En efecto, en la
Nochebuena y en el día de Navidad se realizará la apertura tan esperada de la
Puerta santa en las basílicas de San Pedro y de San Juan de Letrán.
Por eso, este Adviento constituye, en cierto sentido, una preparación inmediata
para el tiempo especial de gracia y perdón que es el gran jubileo, durante el
cual conmemoraremos con gratitud y gozo el bimilenario del nacimiento de nuestro
Señor y Salvador Jesucristo.
Queridos hermanos y hermanas, iluminados por la palabra de Dios y sostenidos por
la gracia del Señor, pongámonos en camino hacia el Señor que viene. Pero, ¿para
qué "viene Dios" o, como dice a menudo la Biblia, "nos
visita"? Dios viene para salvar a sus hijos, para hacer que entren en la
comunión de su amor.
2. Me alegra iniciar este tiempo de espera junto con vuestra comunidad
parroquial. Además, esta ocasión me permite agradecer a vuestra parroquia, y a
todas las de Roma, el esfuerzo realizado para la preparación del Año santo,
especialmente mediante la misión ciudadana. ¡Cuántos fieles, sacerdotes,
religiosos, religiosas y laicos han participado activamente en el anuncio y en
el testimonio del Evangelio! Así, el anuncio de Cristo ha llegado a todo hombre
y a toda mujer de nuestra ciudad. Prosigamos esta obra, que ha de interesar a
todos los creyentes, y hagamos que Roma se prepare para vivir plenamente la
gracia del acontecimiento jubilar.
A este propósito, deseo repetir hoy lo que he escrito recientemente a todos los
romanos: "Roma cristiana, no dudes en abrir las puertas de tus
hogares a los peregrinos. Brinda con alegría hospitalidad fraterna" (Carta
a los romanos con miras a la preparación inmediata para el gran jubileo del año
2000, n. 4: L'Osservatore Romano, edición en lengua española,
12 de noviembre de 1999, p. 23). La ciudad y la diócesis de Roma sólo podrán
acoger adecuadamente a los peregrinos que vengan de todas las partes del mundo
para el jubileo si son las primeras en abrir su mente y su corazón al misterio
inefable del Verbo que se hizo carne.
El compromiso de este Adviento consiste en abrir las puertas del alma al gran
misterio de la Encarnación, acogiendo en la vida al Hijo de Dios que viene al
mundo. También para las comunidades cristianas presentes y operantes en la
capital ésta es la condición indispensable para realizar el camino de conversión
propuesto por la celebración del Año santo y para reconocer en Jesucristo al
único Salvador del mundo: ayer, hoy y siempre.
3. Amadísimos hermanos y hermanas de la parroquia de San Inocencio I Papa
y San Guido Obispo, con estos sentimientos y deseos, ya en la inminencia del
comienzo del Año jubilar, os saludo a todos con gran afecto. Mi saludo cordial
va, ante todo, al cardenal vicario, a monseñor Enzo Dieci, obispo auxiliar del
sector, a don Maurizio Milani, vuestro celoso párroco, y a cuantos colaboran
con él de diferentes maneras en las múltiples actividades parroquiales. Saludo
a los jóvenes y a las familias, a los ancianos y a los enfermos, a quienes
recuerdo de modo especial.
En nombre de la diócesis de Roma, deseo dar las gracias a la fundación Guido y
Bice Schillaci Ventura, que hizo posible la realización de este nuevo complejo
parroquial. Construido dieciocho años después de la formación de la
comunidad, que comenzó en una situación bastante precaria, hoy permite una
acción apostólica más eficaz y permanente.
Por desgracia, aún existen muchas otras zonas privadas de un centro parroquial
adecuado, y abrigo el vivo deseo de que también esos barrios tengan cuanto
antes, como vosotros, una digna y acogedora casa de oración, un lugar de reunión
donde los feligreses puedan encontrarse, cuidar la formación cristiana y humana
de los jóvenes, así como brindar asistencia a las familias y compañía a los
ancianos y a las personas solas. Me lleva a poner de relieve esta exigencia, que
se siente con fuerza, el hecho de que hoy se celebra en Roma el Adviento de
fraternidad para la construcción de nuevas iglesias, especialmente en las zonas
periféricas.
4. Queridos hermanos, demos gracias al Señor por cuanto se ha realizado
hasta ahora. Ojalá que las infraestructuras de que disponéis os ayuden a
realizar una labor eficaz de evangelización, respondiendo a los desafíos de la
secularización y de un cierto desapego de los valores tradicionales del
cristianismo. Ojalá que las experiencias espirituales que viváis aquí os
estimulen a intensificar vuestro esfuerzo por anunciar el Evangelio, dispuestos
a dar razón de vuestra fe ante todos.
Frente a la actual crisis de valores, vuestro testimonio cristiano en las
familias ha de ser claro y generoso; sed los primeros custodios de la pureza de
los niños y los jóvenes; esforzaos para que se abran de par en par las puertas
de los corazones, y Cristo pueda entrar en la existencia de todos los habitantes
de vuestro barrio.
No os desaniméis ante las dificultades inevitables. Dios os sostiene con su
gracia y hará que vuestras iniciativas pastorales den fruto. Juntos, animados
por un mismo espíritu, preparaos para las grandes citas del Año santo,
especialmente para el jubileo de la diócesis, el Congreso eucarístico
internacional y la XV Jornada mundial de la juventud. Estoy seguro de que esos
acontecimientos constituirán un momento fuerte de crecimiento de vuestra
comunidad, infundiendo nuevo impulso misionero en cada miembro de vuestra
familia parroquial.
5. "¡Ojalá rasgaras el cielo y bajaras!" (Is 63, 19).
Esta intensa invocación del profeta Isaías expresa de modo eficaz cuáles
deben ser los sentimientos de nuestra espera del Señor que está a punto de
venir. ¡Sí! El Señor ya vino a nosotros hace dos mil años, y nos preparamos
para celebrar, en la próxima Navidad, el gran acontecimiento de la Encarnación.
Cristo cambió radicalmente el curso de la historia. Al final, volverá en su
gloria, y nosotros lo esperamos, esforzándonos por vivir nuestra existencia
como un adviento de esperanza confiada. Es lo que queremos pedir con esta
celebración litúrgica.
Que Dios nos asista con su gracia, para que iniciemos con impulso y buena
voluntad el itinerario del Adviento, saliendo al encuentro de Cristo, nuestro
Redentor, con las buenas obras (cf. Oración colecta). María, Hija de Sión,
elegida por Dios para ser Madre del Redentor, nos guíe y acompañe; haga
fecunda y llena de alegría nuestra preparación para la Navidad y para el gran
acontecimiento del jubileo.
¡Alabado sea Jesucristo!
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