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VIAJE
APOSTÓLICO A POLONIA
HOMILÍA DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II
Capilla de san Estanislao de la catedral de Wawel Jueves
17 de junio de 1999
«En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de
estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25, 40).
Estas palabras de Cristo, con las que la liturgia de hoy nos introduce en el
misterio de la memoria de san Alberto, cobran una elocuencia particular en la
catedral de Wawel. En efecto, al igual que las tumbas de los santos reyes y
héroes nacionales, encierra una historia de amor, que convierte la vida por los
hermanos en una entrega a Cristo.
Doy gracias a la divina Providencia por haberme
concedido venir de nuevo a la capilla de san Estanislao, para ofrecer aquí el
sacrificio de alabanza por esta comunidad eclesial, que mons. Szczepanów
consolidó por muchos milenios mediante su ministerio pastoral y su martirio. En
cierto sentido, dio inicio a la historia de amor al hombre y a Cristo que se
realiza incesantemente en medio de este pueblo. Esa historia de amor ha marcado
también nuestra vida, nuestra búsqueda, nuestro camino, individual y
comunitario, hacia el encuentro con Cristo. Bendigo a Dios porque en este gran
patrimonio espiritual he participado, especialmente como obispo de Cracovia, y
porque esa riqueza me proporciona fuerza e inspiración como Obispo de Roma.
Quiero saludar cordialmente a todos los que
participan en esta eucaristía. Sería difícil nombrarlos a todos. Son personas
muy queridas para mí, miembros del Gobierno, representantes de varios ambientes
con los que estaba relacionado y que desempeñan importantes funciones
culturales, científicas y sociales en la vida de la nación.
En particular quiero saludar a los alumnos del
seminario mayor de la archidiócesis de Cracovia, del cual yo también salí,
aunque de una manera poco común. Me refiero al período de la ocupación y al
sucesivo: el tiempo del seminario en clandestinidad. Después se fue
normalizando gradualmente la situación y comenzó mi actividad científica en
la facultad teológica de la universidad Jaguellónica. Me alegra ver que hay
muchas vocaciones.
Os agradezco vuestra presencia y doy gracias a Dios
por el don de la vocación, que os ha concedido. Durante esta santa misa quiero
encomendaros a Dios a cada uno, pidiendo todos los dones del Espíritu Santo,
tan necesarios a fin de conservar la vocación, realizarla con sabiduría y amor
en el sacerdocio, y a fin de que se transforme en luz para el mundo en el tercer
milenio. Os pido que transmitáis mi cordial saludo y mi bendición a vuestros
hermanos en todos los seminarios mayores polacos, diocesanos y religiosos.
Saludo cordialmente a todas las personas aquí
reunidas: tanto a aquellas con las que, desde hace muchos años, me unen
vínculos de amistad como a las que, tal vez, no conozco personalmente, pero que
me brindan su benevolencia. Les agradezco de corazón su presencia, por la que
formamos una comunidad en torno a este sarcófago, en la capilla de San
Estanislao, el primer patrono de Polonia.
¡Alabado sea Jesucristo!
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