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VIAJE PASTORAL A ANCONA (ITALIA)
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Solemnidad de la Santísima Trinidad Domingo
30 de mayo de 1999
1. «Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu
Santo. Al Dios que es, que era y que vendrá» (Aleluya; cf. Ap 1,
8).
Alabamos a Dios por la providencial coincidencia de
las dos fiestas, diversas en su contenido pero convergentes en su significado,
que estamos viviendo en esta jornada: la solemnidad de la Santísima Trinidad y
las celebraciones del milenario de vuestra iglesia catedral.
El espléndido edificio, que desde lo alto de la
colina domina la ciudad, es efectivamente el símbolo del pueblo de Dios que, en
esta tierra de Ancona, se ha reunido, según una sugestiva expresión de san
Cipriano, «por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo» (De
Orat. Dom., 23: PL 4, 536). Así pues, al celebrar el milenario de la
catedral, celebramos también los prodigios de gracia y amor que, durante diez
siglos de historia, la santísima Trinidad ha realizado en favor de las generaciones
cristianas que en este territorio han creído en el Evangelio y se han esforzado
por vivirlo.
Consciente de esto, nuestra asamblea litúrgica,
reunida hoy en este estadio engalanado, aclama con alegría: «¡Bendito sea
Dios Padre y su Hijo unigénito y el Espíritu Santo, porque es grande su amor a
nosotros!».
2. Verdaderamente es grande el amor que Dios nos
tiene a cada uno. Es grande, amadísimos hermanos y hermanas de Ancona, el amor
que Dios os tiene a cada uno de vosotros, y vuestra hermosa catedral, dedicada a
san Ciríaco, es signo tangible de ese amor.
Vista desde fuera, destacando sobre la ciudad,
simboliza bien la presencia tranquilizadora de Dios trino, que desde las alturas
orienta y protege la vida de los hombres. Al mismo tiempo, la catedral
constituye una fuerte invitación a mirar hacia lo alto, a elevarse por encima
de las cosas ordinarias y de todo lo que hace pesada la vida terrena, para fijar
la mirada en el cielo, con una continua tensión hacia los valores espirituales.
Es, por decirlo así, el punto de encuentro entre dos movimientos: el
descendente del amor de Dios revelado a la humanidad, y el ascendente de las
aspiraciones del hombre a la comunión con Dios, fuente de alegría y paz.
3. «¡Bendito eres en el templo de tu santa gloria.
A ti gloria y alabanza por los siglos!». Con esta invocación del Salmo
responsorial me alegra saludaros a todos vosotros, amadísimos hermanos y
hermanas, recordando con gratitud a la Providencia divina los mil años de
vuestra magnífica catedral. Conmemoramos un milenio rico en historia, en
tradiciones religiosas y culturales, y en activa vida cristiana, entrelazada con
los acontecimientos de la ciudad y de la región.
Os saludo con afecto a todos, comenzando por vuestro
pastor, el querido arzobispo Franco Festorazzi, a quien agradezco las amables
palabras que me ha dirigido en vuestro nombre al principio de la celebración.
Saludo, asimismo, a los prelados marquesanos, al arzobispo de Zara y a los
demás obispos presentes. Saludo cordialmente al vicepresidente del Consejo de
ministros, que ha venido en representación del Gobierno italiano, al alcalde de
Ancona, al prefecto, al presidente de la región y a las autoridades civiles y
militares, que han querido honrar con su presencia esta solemne celebración.
Mi afectuoso saludo va también a los sacerdotes, a
los religiosos y las religiosas, así como a los laicos que se dedican
activamente al apostolado. Saludo a los peregrinos que han venido de otras
localidades para celebrar con nosotros esta histórica circunstancia y, de modo
particular, al grupo de fieles croatas y bosnios.
A todos, amadísimos fieles de la archidiócesis de
Ancona-Ósimo, os abrazo espiritualmente y os agradezco la exquisita acogida que
me habéis dispensado, manifestando así la sensibilidad y el calor típicos de
la tradición marquesana.
4. Acabamos de escuchar las palabras del apóstol
san Pablo: «Hermanos: alegraos, trabajad por vuestra perfección, animaos;
tened un mismo sentir y vivid en paz» (2 Co 13, 11). Estas mismas
palabras, amadísimos hermanos y hermanas, os las dirijo a vosotros con afecto y
viva cordialidad.
Ante todo, a vosotros, los jóvenes. Con san Pablo
os digo: «Trabajad por vuestra perfección». Una invitación tan exigente
supone en los destinatarios la capacidad de entusiasmo. ¿No es ésta una
característica típica de vuestra edad? Por eso, os digo: ¡pensad en grande!
¡Tened la valentía de ser atrevidos! Con la ayuda de Dios, «trabajad por
vuestra perfección». Dios tiene un proyecto de santidad para cada uno de
vosotros.
Hoy está aquí, en medio de vosotros, la «cruz de
los jóvenes» que, a partir del Año santo de 1984, ha acompañado las citas
eclesiales más importantes de la juventud. La cruz os invita a testimoniar con
valentía la fe que habéis heredado de san Esteban, san Ciríaco y san
Leopardo, patronos de vuestras comunidades. Estad dispuestos a proseguir por el
camino de la nueva evangelización, entrando con la cruz victoriosa de Cristo en
el tercer milenio.
5. «Tened un mismo sentir». Queridas familias, y
especialmente vosotros, queridos esposos jóvenes, aceptad esta invitación a la
unidad de los corazones y a la comunión plena en Dios. ¡Es grande la vocación
que habéis recibido de él! Él os llama a ser familias abiertas a la vida y al
amor, capaces de transmitir esperanza y confianza en el futuro ante una sociedad
que a veces carece de ellas.
«¡Alegraos!», os repite hoy a vosotros el
apóstol san Pablo. Para el cristiano la razón profunda de la alegría interior
se encuentra en la palabra de Dios y en su amor, que jamás falla. Con esta
firme certeza, la Iglesia prosigue su peregrinación y proclama a todos: «El
Dios del amor y de la paz estará con vosotros».
6. Mi mirada se extiende ahora hacia toda vuestra
ciudad que, asomada al mar Adriático, constituye desde siempre, por decirlo
así, una «cabeza de puente» hacia Oriente. La historia de Ancona está
impregnada de celo apostólico y espíritu misionero. Basta pensar en san
Esteban protomártir, a quien se dedicó la primera catedral, y en Primiano,
griego de origen y primer obispo de la ciudad. Luego viene san Ciríaco, a quien
recordamos de modo especial en estas celebraciones del milenario de la catedral
dedicada a él: venía de Jerusalén. Liberio era armenio, y los mártires de
Ósimo -Florencio, Sisinio y Dioclecio- también provenían de Oriente. En
verdad vuestra ciudad se asoma a un horizonte vastísimo.
Ancona, lugar de tránsito para comerciantes y
peregrinos, ha conocido a lo largo de los siglos la serena convivencia de
comunidades griegas y armenias, que han construido aquí sus propios templos y
han entablado relaciones de respeto recíproco y de colaboración con la
comunidad católica. Demos gracias a Dios porque la Iglesia de Ancona ha
adquirido durante los siglos una índole cosmopolita y ha madurado un ardiente
impulso misionero, como testimonia de modo elocuente la actividad de los obispos
Antonio María Sacconi en China y Giacomo Riccardini en Oriente Medio.
Esta herencia espiritual no se ha interrumpido y
sigue dando sus frutos. Lo prueba, entre otras cosas, la cooperación misionera
que la diócesis presta a la comunidad eclesial de Anatuya, en Argentina. Estoy
seguro de que vuestra Iglesia se abrirá a nuevas y prometedoras perspectivas,
imprimiendo a todo el pueblo cristiano de Ancona un renovado impulso apostólico
al servicio del Evangelio. Éste será uno de los resultados más significativos
de las celebraciones jubilares de vuestra catedral.
7. «Vivid en paz», recomienda san Pablo. Queridos
hermanos, la catedral es símbolo de la unidad de la Iglesia. También aquí, en
Ancona, como en la cercana Ósimo, ha sido el lugar donde toda la ciudad ha
rendido alabanza a Dios, la sede de la recuperada armonía entre los momentos
del culto y de la vida cívica, y el punto de referencia para la pacificación
de los espíritus.
Impulsados por la memoria, queréis vivir la
actualidad de la historia. Y como vuestros padres supieron construir el
espléndido templo de piedra, para que fuera signo e invitación a la comunión
de vida, os corresponde a vosotros hacer visible y creíble el significado del
edificio sagrado, viviendo en paz en la comunidad eclesial y civil.
Recordando el pasado y atentos al presente, pero
también proyectados hacia el futuro, vosotros, cristianos de la diócesis de
Ancona-Ósimo, sabéis que el progreso espiritual de vuestras comunidades
eclesiales e incluso la promoción del bien común de las comunidades civiles
exigen un trabajo arduo y la inserción cada vez más vital de vuestras
parroquias y asociaciones en el territorio. Ojalá que el camino recorrido hasta
ahora y la fe que os anima os den valentía y os impulsen a continuar.
8. «La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor
del Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros» (2
Co 13, 11-13): éste es el saludo que el apóstol san Pablo dirigió a los
cristianos de Corinto. Este mismo saludo, de estructura trinitaria, el Sucesor
de Pedro desea dirigirlo hoy a vuestra comunidad que está de fiesta por el
milenario de la catedral.
Cristianos de Ancona, emulando a vuestros
antepasados, sed una Iglesia viva al servicio del Evangelio. Una Iglesia
acogedora y generosa, que con su testimonio perseverante sepa hacer presente el
amor de Dios a todos los seres humanos, especialmente a los que sufren y a los
necesitados. Sé que éste es vuestro compromiso. Lo testimonia, entre otras
cosas, la iniciativa que, como recuerdo de las celebraciones del milenario, ha
querido realizar la Iglesia de Ancona: la reestructuración del complejo de la
Anunciación de la Virgen, que se destinará a los servicios de solidaridad y a
la pastoral juvenil. El Papa os felicita por esto y os alienta.
María, a quien veneráis en vuestra catedral con el
hermoso título de «Reina de todos los santos», vele desde lo alto de la
colina por cada uno de vosotros y por la gente de mar.
Y tú, Reina de los santos, Reina de la paz, escucha
nuestra oración: haz que seamos testigos creíbles de tu Hijo Jesús y
artífices incansables de paz. Amén.
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